Aron Black
Así se siente, ¿no? El miedo y el desespero de saber que la persona a la que amas está perdida, y lo peor: saber que, en parte, fue tu culpa.
Yo no entendía ese dolor en el pecho que a veces derrumbaba a Eliot cuando discutía con Emile, o la angustia destructiva de Eros cuando Emma lo alejaba. No sabía lo que era sentirse roto hasta hoy. Claire estaba en algún lugar, sola, y frente a mí tenía a una Zafara furiosa recordándome que fui un idiota por dejarla cuando más me necesitaba.
—¿Qué tienes que decir al respecto, Aron? —me espetó ella.
No podía responder. Tenía razón. Mi egoísmo me hizo olvidar que, para el mundo, Claire seguía siendo frágil.
—Eres un maldito hipócrita —siguió Zafara, pateando una cubeta con frustración—. Me pediste que estuviera para ella, que hiciéramos esto juntos. Entiendo si arruiné el primer encuentro para protegerla, ¡pero no tenías que ser tan imbécil con ella!
—No fui el único idiota aquí —le devolví la mirada, tratando de no descontrolarme—. Ella es mi Igual, pero tú eres su guardiana. Ella no sabe que mi existencia depende de su felicidad, Zafara. Para ella, soy un extraño que la intimida. Es tan pequeña, tan indefensa... —suspiré, sintiendo el peso de mis palabras—. Soy un imbécil, sí. Pero no soy el único que falló.
—Mierda, odio que tengas razón —admitió ella, calmándose un poco—. Solo quiero encontrarla. Me aterra pensar que salga de su trance en un lugar que no conoce.
—Dijiste que siempre regresaba a casa antes de despertar —le recordé.
—Sí, pero esta vez fue diferente. La Claire que vi esta noche no era la habitual. Sus ojos brillaban en gris, su piel tenía marcas azuladas con relieves hermosos y sus orejas... sus orejas eran puntiagudas. Su naturaleza de Ondina la dominó por completo, Aron. Parecía una pequeña hada victorial, delicada y espectacular.
—¿Es así de hermosa? —pregunté, imaginando la escena con una mezcla de fascinación y temor.
—Lo es. Su madre era igual. A los cuatro años, su padre decía que era la cosa más bella que jamás vio, pe... —Zafara se detuvo en seco. Sus ojos entraron en ese trance clarividente que ya conocía. Diez segundos después, regresó con un grito de guerra—. Sé dónde está. Claire está en peligro.
El dolor en mi pecho se duplicó. Caminamos por calles solitarias, siguiendo un rastro que parecía desvanecerse. Al llegar a un callejón oscuro, mi visión de depredador captó una silueta al fondo.
—¿Aron? —esa voz me devolvió el alma al cuerpo.
Me acerqué y la vi abrazándose a sí misma, temblando. Al tomarla por los hombros, mis dedos rozaron su cuello y noté unas marcas violáceas que me hicieron gruñir de rabia. Claire se estremeció ante mi contacto, pero sus fuerzas la abandonaron y se desplomó. La atrapé antes de que tocara el suelo.
—Te tengo, pequeña. No te dejaré caer —le susurré al oído. Zafara llegó a mi lado, respirando con alivio al ver que estaba a salvo.
—Hay que llevarla a casa —sentencié. No dejaría que volviera a ese departamento. No dejaría que Mijaíl, ni nadie, volviera a ponerle una mano encima.
Mientras caminábamos hacia el territorio de la manada, el silencio fue nuestro único compañero hasta que Zafara habló con voz ahogada.
—Hay que decirle la verdad, Aron. No puede pasar de mañana.
—Tengo miedo, Zafara —confesé con una sonrisa amarga—. Para mis hermanos fue fácil; sus iguales sabían lo que eran. Pero ella... ella piensa que es humana. ¿Cómo le explicas a una chica frágil que su "amigo" es un león de tres metros y que ella misma es un ser sobrenatural que apenas puede controlar? Sé que es valiente, pero esto podría destruirla.
Llegamos a la entrada de la manada. Dos centinelas se cuadraron ante mi presencia.
—El Rey ha estado muy preocupado por usted, señor Aron —dijo uno de ellos. Puse cara de pocos amigos; odiaba que me llamaran "señor".
—Tranquilos, ya está aquí —la voz de Emir surgió de entre las sombras. Nos había seguido de cerca para asegurarse de que estuviéramos a salvo.
Zafara se detuvo, preparándose para marcharse.
—Mañana no la dejes ir, Aron. Mantenla aquí aunque llore. Yo tengo cosas que arreglar —se dio la vuelta, pero antes de desaparecer, me lanzó una última mirada—. A ella le gustas. Tal vez no sea de tu misma naturaleza, pero te amará con la misma intensidad que tú a ella.
Y con un parpadeo, se esfumó.
—¿Seguro que esa chica no es un fantasma? —preguntó Emir, incrédulo.
—Te hacen falta más vacaciones, cuñado —reí entre dientes mientras me internaba en el bosque con Claire en brazos.
—Aron, escucha —Emir se puso serio mientras caminábamos bajo la luz de la luna—. No pienses que tus hermanos te odian. Se preocupan. La familia siempre estará de tu lado, especialmente ahora. No permitiremos que el pasado se repita.
Miré los cabellos rojos de Claire, que brillaban bajo la penumbra, y apreté el agarre.
—¿Y si se repite, Emir? ¿Y si esta vez es diferente?
—Entonces lo enfrentaremos juntos. No lo dudes —respondió él con firmeza.
Entré en la casa de la manada sabiendo que, a partir de mañana, nada volvería a ser igual. Claire despertaría en un mundo de monstruos y reyes, y yo tendría que ser el ancla que la mantuviera a flote.
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Editado: 22.04.2026