Este capítulo es el corazón de la historia: el momento en que el velo se cae y la realidad de los Black choca con la humanidad de Claire. He pulido la narrativa para que el asombro y el miedo se sientan palpables, manteniendo la esencia de los personajes.
Claire
Abrí los ojos lentamente, intentando adaptarme a la claridad de la habitación. Tenía las manos entumecidas y las extremidades adoloridas; no recordaba casi nada de las últimas horas, una sensación que, por desgracia, se estaba volviendo costumbre.
Al intentar estirarme, un dolor agudo me comprimió el pecho, obligándome a quedarme quieta. Mi vista se fijó en el techo color vinotinto. Era un detalle peculiar que me resultaba familiar, pero mi memoria jugaba conmigo, escondiendo los fragmentos del pasado reciente.
Me incorporé de golpe, ignorando la protesta de mis músculos, pero terminé soltando un grito ahogado. El dolor me hizo caer de la cama. Inhalé y exhalé durante lo que me pareció una eternidad hasta que la agonía se apaciguó. Solo entonces detallé el lugar: las paredes eran altas, con estantes repletos de libros y películas viejas. Era la habitación de un hombre; lo rústico y el aroma a bosque me lo confirmaban.
Llevaba puesta una pijama que no era mía. El pánico empezó a escalar por mi garganta cuando alguien aclaró su garganta a mis espaldas. Pegué un salto que casi me devuelve al suelo.
—Así que ya despertaste —dijo una voz varonil. No lograba identificarla, aunque me resultaba conocida—. Me daba intriga saber cuánto tiempo podías durar inconsciente. Zafara dijo que…
—¿Zafara? ¿Dónde está ella? —lo interrumpí, dándome la vuelta.
Caminé hacia él con las pocas fuerzas que me quedaban. El hombre me miró con las cejas fruncidas y una mueca extraña en los labios.
—Acaba de irse. Dejó a tus hermanos en la sala; ahora deben estar jugando en el patio con mis sobrinos —me quedé helada. ¿Mis hermanos? ¿Cómo estaban aquí si Mijaíl había jurado que no los vería más?—. Ella tenía asuntos que resolver.
—¿Cómo llegué aquí? —pregunté, pero la puerta se abrió antes de que pudiera obtener respuesta.
—Emir, sal de aquí. Zafara dijo que a veces… —la voz se cortó—. Claire, estás despierta.
Miré al recién llegado y sentí que mis rodillas cedían al conectar con sus ojos ámbar. Era Aron. Se aproximó a mí con rapidez, sujetándome antes de que cayera por la debilidad.
—Emir, búscale agua y un analgésico. Zafara dijo que le dolería el cuerpo.
Aron rozó sus dedos por mi cuello, donde Mijaíl me había lastimado, y un escalofrío me recorrió la columna. Me cargó al estilo nupcial y me llevó de vuelta a la cama. En cuanto mi cabeza tocó la almohada, un sueño abrumador intentó arrastrarme.
—No puedes dormirte, pequeña —susurró Aron, sosteniendo mi rostro para que no apartara la vista—. Ya es hora de que enfrentes al mundo que te rodea. Me asusta que cierres esos preciosos ojos grises y no los vuelvas a abrir.
Sentí mis mejillas arder.
—No estoy acostumbrada a esto, Aron... se me hace raro. ¿Cómo llegué aquí?
—Yo te traje. Ayer me llamaste y no pude atenderte —suspiró con una mezcla de culpa y urgencia—. Luego Zafara me dijo que habías desaparecido. Hay muchas cosas que tienes que saber, Claire, y me compete a mí decírtelas.
Me dejó ropa limpia y me indicó dónde estaba el baño. Poco después, Emir regresó con el agua.
—A mi esposa le agradarás —dijo Emir con una sonrisa radiante—. Le encantará tenerte como cuñada.
—Aron y yo no somos...
—Claire, por favor —me interrumpió—. Están a un beso de ser algo más. Aron nunca traería a una chica cualquiera a dormir en su cama. Él es muy territorial, y tú eres especial.
Se marchó dejándome con el corazón acelerado. Estaba en la cama de Aron. Me apresuré a ducharme, sintiendo que el agua caliente borraba parte del cansancio. Al salir, renovada pero nerviosa, Aron entró a la habitación. Parecía un chiquillo esperando un regaño.
—Tenemos que hablar de algo muy importante, Claire. Pero no puede ser aquí —entrelazó su mano con la mía. Su toque era firme, seguro.
Me sacó de la casa, pasando de largo por el patio donde su familia parecía celebrar una gran reunión. Nos adentramos en el bosque hasta llegar a un estanque que me resultaba inquietantemente familiar.
—Antes de decirte algo que pueda perturbarte —dijo Aron, soltando mi mano y retrocediendo unos pasos—, quiero que sepas que jamás te haría daño. Confía en mí. Si quieres correr, hazlo; si quieres gritar, te escucharé. Pero primero... ¿crees en aquello que jamás has visto?
—No entiendo... ¿hablas de fantasías? ¿Fantasmas? —pregunté, sintiéndome pequeña bajo la sombra de los árboles.
—No, precisamente —respondió él, alejándose más—. No entiendo nada, Aron...
No pude terminar la frase. Lo que vino después fue una pesadilla hecha realidad. Su cuerpo se fracturó y se expandió en una danza de huesos y pelaje. Frente a mis ojos, el hombre que me hacía sonreír desapareció, dejando en su lugar a una bestia imponente, un león de proporciones míticas y ojos dorados.
Aron
Al acabar la transformación, el terror en sus ojos me partió el alma. Claire estaba petrificada; sus piernas querían correr, pero su mente estaba en blanco. Solté un pequeño rugido, intentando ser suave, pero ella se sobresaltó tanto que me hizo sentir el peor de los monstruos.
Me eché sobre el suelo, escondiendo la cabeza entre mis patas para parecer menos amenazante.
—A... ¿Aron? —su voz fue un susurro roto. Solté un maullido amortiguado en respuesta—. Oh, Dios santo...
Empezó a caminar de un lado a otro, procesando lo imposible. Se alejaba de mí cada vez que intentaba acercarme, así que guardé una distancia segura. No corrió, pero sus ojos conectaban con los míos cargados de una confusión profunda.
Llegamos de vuelta al patio de la mansión. Mi familia se calmó al verla ilesa, pero antes de que alguien se acercara, solté un rugido de advertencia: no era el momento.
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Editado: 22.04.2026