Sol De Medianoche... Luna De Sangre - Libro ll

15

Claire

Me senté tras la puerta, escuchando cómo Aron se deslizaba del otro lado hasta el suelo. Sus palabras de paciencia me partían el corazón, pero el terror de ver su transformación seguía vibrando en mis huesos.

—Tengo tanto miedo... —susurré, apoyando la frente en la madera—. No entiendo nada de esto. Verte convertirte en esa criatura... confío en ti, Aron, pero tengo miedo.

—Puedo esperar todo el tiempo necesario —respondió él, y pude sentir la vibración de su voz contra la puerta—. Lo que nos une es más fuerte que tu miedo, Claire. Quisiera contártelo todo ahora mismo, pero me aterra mirar tus ojos y ver rechazo.

Iba a responder, a decirle que nunca podría rechazarlo, pero un movimiento en el ropero me heló la sangre. Mis nervios estaban a flor de piel. Me puse de pie, incapaz de articular palabra, cuando un hombre envuelto en una túnica negra emergió de las sombras. Se movió con una velocidad inhumana y, antes de que pudiera gritar, puso una mano sobre mi pecho.

Arberas tu freír —masculló.

Sus palabras desencadenaron un dolor volcánico que me recorrió entera. Sentí que mi cuerpo se encogía, que mis músculos se reorganizaban. Retrocedí hacia la cama y miré mis manos: ya no eran normales. Un relieve azulado, brillante y complejo como filigrana victoriana, comenzó a brotar de mi piel. Mi corazón latía como un tambor de guerra.

—¡Claire! ¡Ábreme de inmediato! —el grito de Aron y sus golpes en la puerta retumbaban en mis oídos.

El hombre de aspecto decadente me sonrió con malicia, disfrutando de mi agonía.

—Volveré por ti, pequeña Claire —dijo, y con un salto sobrenatural atravesó el ventanal, destrozando el cristal en mil pedazos.

Me miré al espejo del tocador. Mis manos, mis pies e incluso mi abdomen bajo la camisa irradiaban una luz propia, intensa y mística. Mis orejas se habían vuelto puntiagudas y mis ojos... mis ojos eran pozos de un gris eléctrico.

—¡Tumbaré la puerta si no respondes! ¡Aléjate! —rugió Aron.

Quería gritarle que entrara, que me salvara de mí misma, pero el shock me había robado la voz.

Aron

El olor que salía de la habitación cambió bruscamente, cargándose de una energía ancestral y peligrosa. El sonido de los cristales rompiéndose fue la señal final. Olvidé la paciencia y cargué contra la madera. Al quinto golpe, la puerta cedió.

Entré esperando encontrar un atacante, pero la habitación estaba vacía... o eso creí hasta que vi el rincón junto a la cama.

Me quedé petrificado. Claire estaba allí, pero no era la misma. Su estatura se había reducido drásticamente; se veía pequeña, casi etérea. Su piel irradiaba una luz azulada y esos relieves victorianos marcaban sus brazos y piernas como una armadura de seda. Sus orejas puntiagudas y sus ojos de un gris brillante la hacían parecer una visión majestuosa, una criatura de leyenda que me hizo sentir pequeño ante su belleza.

—¿Qué me está sucediendo, Aron? —preguntó. Al hablar, una capa de energía naranja envolvió su cuerpo y su cabello rojo pareció encenderse en llamas vivas. Era una mezcla fascinante de fuego y agua.

—Tengo miedo —susurró. Su olor era una mezcla de jazmín y ozono antes de la tormenta.

—Mierda... —Zafara entró en la habitación como un torbellino—. ¿Cómo sucedió esto? Su sello está roto.

Antes de que pudiera responder, los ojos de Claire se volvieron totalmente blancos. Su cuerpo se tensó y una voz que no era la suya comenzó a recitar con una cadencia robótica:

«Cerca del último eclipse de sangre, todo lo que aún tenga bondad caerá ante las manos del tirano que derrocó al legítimo rey y lo envió al exilio. El fin será evitado por el Rey Cambiaforma y sus ejércitos, acompañados del Rey Exiliado. Se crearán alianzas nunca antes vistas... Pero si antes de caer la luna de sangre el traidor sigue con vida, la existencia humana y sobrenatural caerá ante el odio.»

Claire parpadeó, volviendo en sí, pero la profecía no terminó ahí. Me miró fijamente, con una sabiduría antigua y aterradora en su mirada.

—Prepárate para una guerra que quizás no puedas ganar, Aron. Prepárate para perder a la mujer y a los seres que amas si no te preparas ahora.

Sacudió la cabeza, aturdida, y el brillo de sus ojos volvió a ser el de mi Claire, la chica asustada que buscaba refugio. Me tomó de las manos, que ahora se sentían pequeñas en las mías.

—Aron... dime que eso no pasará. Dime que lo que acabo de ver no es verdad.

En algún lugar...

—La profecía ha sido dictada, mi Rey —dijo Hera. Su aspecto de anciana de ochenta años ocultaba sus trece siglos de vida, pero el miedo en su voz era muy real.

El hombre que miraba hacia el horizonte desde el gran ventanal de su rascacielos soltó un suspiro tosco. Se dio la vuelta, emanando una maldad que hacía que las sombras de la habitación se retorcieran.

—Hera, querida amiga, la inmortalidad no te ha favorecido —se burló con sorna—. Los años te han pasado por encima.

—Así es, mi Rey —respondió ella bajando la cabeza—. Tenemos que encontrar al Exiliado. Si une su destino con el del Rey Cambiaforma, serán imparables y vuestro futuro será eliminado.

El hombre se acercó a ella, acorralándola. Extendió su mano y comenzó a absorber la vitalidad de la mujer, cuya piel se marchitó aún más ante el contacto.

—Haz que eso no suceda, Hera. Solo tenías un trabajo: matar a esa mocosa antes de que despertara.

—Si lo hacía, el trono que deseáis no estaría marcado en el destino.

—Pues tráela ante mí —rugió él, sus ojos brillando con una oscuridad insondable—. Tráela antes de que mi reinado caiga.




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