Aron
Caminaba por mi apartamento con desespero. Ellos lo sabían todo: dónde estábamos, cada movimiento que daríamos, incluso las discordias dentro de mi familia. Mi hogar estaba en ruinas y ahora tenía que hallar la manera de sacarnos de aquí sin dejar rastro.
Mire a Claire. Se notaba decaída, con esa misma sombra de tristeza que vi en Emile antes de marcharme. Frené mi caminata y fui directo hacia ella; al verme llegar con tanta prisa, se asustó. Ver ese miedo en sus ojos me dolió como un tajo en el pecho. Me alejé tres pasos y me desplomé en el sillón.
—¿Qué sucede, pequeña? —pregunté, forzando la suavidad en mi voz.
—Todo esto es mi culpa, Aron —dijo ella, frustrada, pasándose las manos por el cabello—. Si tan solo me hubiera largado de tu vida, nada de esto habría pasado. Lastimé a tu cuñada, me lastimé a mí misma...
—No es tu culpa, Claire. Yo debí decirte la verdad antes, pero no quería perderte. La simple idea de que te alejaras, como advirtió Zafara, me aterró. Estaba asustado y fui egoísta.
—¿A qué te refieres con no perderme? Apenas nos conocemos de hace un mes.
Suspiré, sintiendo que el secreto me quemaba la garganta. Me acerqué a ella con cautela y me arrodillé a sus pies, buscándole la mirada. Pude ver su confusión y el rastro de temor que aún persistía.
—No tienes por qué temerme. Soy el que menos daño te haría en este mundo; mi vínculo no me lo permitiría —le dije, rozando su mejilla con la punta de los dedos—. Los cambiaformas somos distintos, pero todos compartimos algo: un vínculo con alguien específico. Llámalo alma gemela o pareja predestinada. Nosotros les llamamos Iguales. Y tú eres la mía.
Sus ojos se abrieron de par en par y un leve sonrojo tiñó sus mejillas.
—Eres la persona con la que estoy destinado a pasar mi vida.
—¿Por obligación? —preguntó ella, y tragué en seco. Su mirada buscaba una salida.
—No. Ningún Igual está obligado a quedarse. Ese vínculo se puede romper, Claire... pero si lo haces, jamás vuelve a repararse. Los de mi especie solo amamos una vez. Si me rechazas, me volvería loco, desertaría de mi manada y... moriría. Estoy listo para que me dejes, pero no estoy listo para dejarte yo a ti.
En ese momento, Claire tocó mi mejilla. Una luz cegadora brotó de su mano y la sensación de la transformación me invadió con una violencia incontrolable. Corrí hacia mi habitación intentando contener a la bestia, pero el cambio ya estaba en marcha.
Cuando terminé, mi habitación se sentía minúscula. Me senté en el suelo para no destrozar los muebles y miré hacia la puerta. Allí estaba ella, observándome. Pero esta vez, su mirada era distinta.
—Es hermoso... —susurró. Se acercó sin dudarlo y tocó uno de mis dedos, donde se ocultaban mis garras—. ¿No puedes hablar? ¿Eres un león mitad humano o un humano mitad león?
Solté un gruñido suave que terminó pareciendo un ronroneo cuando ella soltó una risa cristalina. Guardé ese sonido en mi memoria para siempre.
—Me gusta tu pelaje, parece nieve —dijo con total naturalidad, a pesar de que yo medía más de tres metros. Se sentó en mi pierna flexionada y tocó mi pecho, retirando la mano al sentir la vibración—. ¿Es tu corazón?
Asentí, mi corazón latía a mil por hora de pura emoción. Ella comenzó a acariciar mi rostro, pasando sus manos por mis mejillas, mis bigotes y mi melena. Era una satisfacción que me hacía rugir por dentro.
—Eres tan majestuoso... —murmuró.
La tomé entre mis brazos, levantándola del suelo con una delicadeza extrema. Era tan pequeña y frágil comparada conmigo.
—No sé si pensar que eres un feroz león o un gran y tierno gatito —bromeó.
No pude evitar reírme internamente, lo que provocó que recuperara mi forma humana. Caí sentado en el suelo con ella sobre mi regazo, rodeando su cintura para sentir su calor.
—Para ti puedo ser lo que tú quieras, Claire —le dije, cautivado por sus labios rosados—. ¿Ya no tienes miedo?
—No, Aron. Puedo sentir muchas cosas por ti ahora mismo, pero miedo no es una de ellas.
Le sonreí, pero ella se puso de pie de golpe, señalándome con un gesto de sorpresa.
—¡Aron, no tienes ropa!
Miré hacia abajo. Mi torso estaba desnudo y mis pantalones eran poco más que jirones de tela. Me puse de pie y busqué rápidamente un pantalón de pijama entre el desastre.
—Ponte una camisa, por favor —pidió ella dándome la espalda, con el cuello y el rostro encendidos.
—Lo haré, pero antes... —me acerqué por detrás y la giré hacia mí. Quedamos a centímetros—. Tengo que hacer algo que deseo desde hace mucho tiempo.
Uní mis labios con los suyos en un beso lento y suave. Claire se aferró a mi nuca, tirando un poco de mi cabello, lo que me arrancó un gemido de placer. Sus labios eran suaves, un bálsamo para toda la tensión de los últimos días. Cuando el oxígeno nos obligó a separarnos, apoyé mi frente contra la suya. Sus ojos estaban dilatados, perdidos en los míos.
—Saldremos de esto, Claire. Te lo prometo. Solo hay que encontrar el cómo.
Ella asintió, y en ese momento supe que, mientras ella confiara en mí, no habría tirano ni profecía capaz de destruirnos.
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Editado: 22.04.2026