Sol De Medianoche... Luna De Sangre - Libro ll

18

Claire

Estábamos en una de las suites de los hoteles Blaskov. El lujo del lugar me recordaba a cada segundo el abismo que nos separaba: ellos eran reyes, príncipes de un mundo oculto, y yo... yo sentía que era la grieta que amenazaba con romper su estructura. Sabía que sus hermanos pronto nos encontrarían, y aunque eso significaba que Aron podría sanar las heridas con su familia, a mí me invadía una amargura difícil de digerir.

No les agradaba. No era culpa de Aron, pero el hecho de ser su Igual nos ponía a todos en la mira. Si alguien venía por mí, no quería que Aron fuera el escudo que terminara destrozado.

—Claire, estás muy pensativa —su voz, cálida como el sol, me trajo de vuelta.

Miré sus ojos miel y esa sonrisa que me hacía olvidar que el mundo se estaba cayendo a pedazos. Me olvidé de mis hermanos, de la sombra que nos perseguía y de la guerra que se avecinaba.

—Lo lamento, Aron. Es solo que todo esto es como una montaña rusa —me dejé caer en la cama, agotada—. Glenda ha desaparecido, mis hermanos están lejos... esta situación me sobrepasa.

—Todo saldrá bien, hermosa. Solo tenemos que mantenernos unidos.

"Unidos". Esa palabra dolía porque yo ya había tomado una decisión. Cuando llamaron a la puerta, Aron me pidió que fuera a la otra habitación. Me concentré en los sonidos, percibiendo las presencias afuera gracias a mis nuevos sentidos. Pasaron veinte minutos hasta que la puerta se abrió y me encontré cara a cara con la cuñada de Aron.

—Tenemos que hablar, pequeña —dijo ella, cerrando con seguro.

La decisión estaba tomada. Aron dormía plácidamente, ajeno a la nota que dejé sobre su almohada. Mi visión tras el trance había sido clara: mi destino no era ser protegida por los Black, sino descubrir quién soy realmente. Toqué la mano de Aron y sentí el flujo de energía; poco a poco, mi cuerpo se expandió y mis rasgos cambiaron hasta que el espejo me devolvió la imagen de Aron.

Salí de la habitación con su caminar seguro. En el lobby, los empleados —miembros de la manada— me saludaban con respeto. Gracias a mi naturaleza, no solo robaba la apariencia, sino la esencia; mi olor era el de él, engañando incluso a los olfatos más agudos.

—Príncipe Aron, ¿en qué puedo ayudarlo? —preguntó la recepcionista.

—Saldré un momento. La chica necesita descansar, no la molesten ni envíen servicio hasta que ella llame —ordené con la voz firme de Aron.

Al darme la vuelta, me topé con un muro de músculos. Un hombre de cabello negro y ojos azules profundos me observaba. Dominik O’Connor.

—Señor Aron Sanabria, por fin conozco a uno de los hermanos Blaskov —dijo con una elegancia que ocultaba algo peligroso—. Mi nombre es Dominik O’Connor y...

—Sé quién es, señor O’Connor —lo corté, imitando la impaciencia de Aron—. Pero tengo un asunto urgente. Lo veré después.

Él asintió, pero antes de dejarme pasar, se inclinó y susurró algo que me heló la sangre:

—Espero que valga la pena lo que hace... nos veremos más adelante, Señorita.

Caminé sin mirar atrás hasta llegar a mi apartamento en ruinas. El aire se sentía pesado, como si el tiempo se hubiera detenido entre los escombros. Entonces, lo vi. El hombre de la túnica negra estaba allí, esperándome.

—¿Tú? ¿Por qué me sigues? —pregunté, ya en mi forma original, mientras buscaba mis ahorros.

—Te dije que volvería por ti, pequeña Claire —se puso de pie y se acercó, rozando mi mejilla con una familiaridad que me hizo estremecer—. Alguien tiene que ayudarte a controlar ese poder. Te había extrañado tanto... —esa última frase resonó directamente en mi mente.

—¿Qué eres? —pregunté con un hilo de voz.

—Un híbrido, como tú. Como tu prima Zafara.

—¿Zafara... mi prima? Eso es imposible —balbuceé, confundida—. La conocí hace años, no somos familia.

—Es mi culpa que tu vida haya sido una mentira —dijo él con un lamento real en sus ojos—. Pero es mejor que lo veas por ti misma.

El hombre comenzó a transformarse. Su estatura aumentó, su cabello tomó un tono cobrizo y su presencia se volvió abrumadora, emanando una mezcla de poder elemental y autoridad antigua. Cuando la transformación terminó, el aire se escapó de mis pulmones. Sus rasgos, su mirada... eran una versión más vieja de lo que yo veía cada mañana en el espejo.

—¿Papá?... —susurré, mientras las lágrimas comenzaban a nublar mi vista ante lo imposible.




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