Este capítulo es un golpe demoledor. La traición se manifiesta de la forma más retorcida posible, revelando que el "Eliot" que golpeaba a Emile no era el verdadero, sino un impostor que ha vivido entre ellos por siete años. El encuentro con Claire en Grecia, lejos de ser el alivio esperado, se convierte en una pesadilla de frialdad y aparente odio.
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El Descenso a los Infiernos
Claire: Algunos años atrás
Cada breve respiración que daba se sentía como un salto al vacío, alejándome de todo lo que amaba. Estaba sentada a la mesa con seres que me asqueaban; sus mentes eran un hervidero de ambición, muerte y sed de poder. Intentaba bloquear el bullicio de sus pensamientos, pero el eco de su crueldad mermaba mi resistencia.
—¿Así que Dominik encontró a uno de los grandes Alfas? —La pregunta de aquel hombre rompió el murmullo mental—. Si no empezamos a aniquilarlos ahora, él cobrará demasiada fuerza.
Mencionó a mi hermano, y eso me obligó a concentrarme. Un hombre de traje se puso de pie, su presencia irradiaba una autoridad gélida.
—¿Qué nos garantiza que no tenga ya la fuerza suficiente? Conocen la fama de la última manada de leones, de los descendientes de su rey muerto. Los dioses los bendijeron por ser los últimos. Si no fuera por la Gran Purga que el Clan Tirintio lanzó contra ellos, no serían tan privilegiados... y esa profecía jamás habría visto la luz.
El hombre notó mi confusión y sonrió con superioridad.
—Por lo que veo, querida, no sabes nada de tu propio clan. Hace casi ciento sesenta años, el Clan Tirintio tomó la forma de lobos. Nuestro objetivo era simple: aniquilar a nuestro mayor obstáculo, los leones. Pensamos que lo habíamos logrado, pero una pequeña manada en Italia sobrevivió. Una loba descendiente de los dioses se casó con el Rey León y bendijo a toda su estirpe. El día de la Luna de Sangre, ese poder los hará invencibles.
Sentí una punzada en el pecho. Estaban hablando de los Sanabria. Estaban hablando de la familia de mi Aron.
—Esa loba debe morir —sentenció el hombre—. Al igual que el gran león y todos sus hermanos. Ese día, el Clan Tirintio reclamará el mundo.
Aron: Tiempo Presente (4 Días)
Llegamos a Grecia bajo un manto de cautela. El clan de Dominik, conocidos como "Los Coleccionistas", era legendario aquí, y el aire se sentía cargado de una historia que nos era ajena. Dominik estaba visiblemente tenso; pisar su antiguo hogar lo estaba desmoronando.
—Perfil bajo. Tenemos que camuflar lo que somos —ordenó él, acariciándose la barba que se había dejado crecer para alterar su apariencia.
Fuimos recibidos por un hombre llamado Santiago. Su actitud me irritó desde el primer segundo; no me inspiraba ni una pizca de confianza.
—¿Y Sam? —preguntó Dominik.
—Salió en la mañana y no ha regresado —respondió Santiago con un desinterés que me hizo hervir la sangre. Me miró de arriba abajo—. ¿Qué tanto miras, niño bonito?
Lo acorralé contra la camioneta en un movimiento veloz, gruñéndole directamente en la cara. —No me toques los nervios, imbécil.
Eros me susurró que me calmara, pero mis sentidos estaban en alerta máxima. Ese tipo miraba a Emile con una lascivia que me revolvía el estómago. No fue hasta que llegamos a la zona boscosa, un antiguo asentamiento de su clan, que la sensación de peligro se volvió insoportable.
Todo estaba demasiado silencioso. Las casas parecían abandonadas por décadas.
—Algo anda mal —murmuré, cubriendo a las chicas mientras avanzábamos hacia la última cabaña—. Mis sentidos no detectan nada, pero el ambiente está... muerto.
—Lo sé —coincidió Dominik—. Nada puede ser tan tranquilo si no está muerto.
Entramos en la cabaña, pero antes de que pudiera reaccionar, sentí un pinchazo agudo en el cuello. El mundo se inclinó y la oscuridad me reclamó.
El Despertar del Impostor
Desperté con náuseas y la sensación de mil agujas clavándose en mi cráneo. Estábamos fuera, sentados y atados a troncos. El sabor metálico de la sangre llenaba mi boca.
—No, no... otra vez no —escuché la voz de Emile. Estaba a mi lado, respirando de forma errática.
—Emile, princesa, respira. Estoy aquí —dije, aunque mi propia voz sonaba pastosa.
—Aron, está sucediendo de nuevo. Vendrá y me golpeará —su voz era un torbellino de trauma—. ¡ELIOT! —gritó con una desesperación que me desgarró el alma—. ¡Ayúdame, no me dejes sola!
Eros y Emma también estaban despertando. Dominik intentó hablar, pero fue interrumpido por pasos que se acercaban.
—En algo tienes razón, Dominik —dijo una voz familiar—. No debieron venir.
Ante nosotros apareció... Eliot. Pero no era nuestro Eliot. El hombre sonrió y, ante nuestros ojos horrorizados, su forma cambió ligeramente.
—Siete años —se burló el impostor—. Siete años siendo su espía. Y la idiota de Emile nunca se acostó conmigo. Siete años de abstinencia sacan lo peor de un hombre.
Se acercó a Emile y le propinó una bofetada estruendosa. Forcejeé contra las cuerdas, quemándome las muñecas, pero algo en mi sangre —una droga— impedía mi transformación.
—Intenté obligarla —siguió el impostor, ahora revelándose como Rodrigo—, pero la perra se defendía. Me clavó un cuchillo en la mano una vez. Mi único consuelo era desquitarme con ella mientras el verdadero Eliot sufría como prisionero.
—¡Basta, Rodrigo! —Una voz gélida y autoritaria resonó desde las sombras.
Un hombre tétrico, Erick, apareció seguido de un séquito. Pero no fue él quien nos robó el aliento. Fue la figura que caminaba a su lado: una piel grisácea, un vibrante cabello rojo y una mirada que no reconocí.
—Claire... —susurré.
Ella ni siquiera parpadeó al oír mi voz. —Dijiste que no los lastimarías hasta el eclipse, Erick. No me gusta que rompan sus promesas —su voz era dulce, pero el tono era de puro hielo—. Además, es una mujer.
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Editado: 22.04.2026