Sol De Medianoche... Luna De Sangre - Libro ll

25

esperté de golpe con una puntada feroz en la base del cráneo. Al enfocar la vista, el panorama era desolador: Emile estaba aferrada a una figura demacrada, Emma y Eros montaban guardia a un lado, y Dominik permanecía sentado al otro, con la mirada perdida en el suelo de piedra.

—Hasta que despiertas. Por un momento pensé que preferías no hacerlo —dijo Emma, acercándose para ayudarme. Su voz era firme, pero sus ojos estaban inyectados en sangre—. Estamos todos en estas celdas, Aron. Nos emboscaron a todos. Nos inyectaron un supresor para anular la transformación.

Mi vista viajó de Emma hacia el hombre que sostenía a Emile. Al levantar el rostro, me encontré con una versión marchita y castigada de mi hermano mayor.

—¡Eliot! —Me abalancé hacia él, envolviéndolos a ambos en un abrazo desesperado. La confirmación de que el impostor del bosque era una farsa me dio un breve respiro de cordura—. Dios, hermano... dime que eres tú o te romperé la cara ahora mismo por hacernos pasar por esto.

—Soy yo, Aron... —la voz de Eliot era un susurro rasposo—. Y me alegra verte, pero apártate, que estás aplastando a Emile.

Me alejé un poco, observando a mi cuñada refugiada en el pecho de su verdadero esposo.

—Aron, ¿estás bien? —insistió Emma. Sabía que no preguntaba por el golpe en la cabeza—. Hablo de lo que pasó con Claire.

Sentí que los músculos de mi mandíbula se tensaban hasta doler. —No quiero hablar de eso, Emma. Todos vieron a esa mujer. Esa no es mi Claire. No tiene nada de ella.

—Cálmate, hermano —intervino Eros—. Tienes un sedante en el torrente sanguíneo. Si tus pulsaciones suben por la agresividad, el químico te noqueará. Solo respira. Tienen que haberle lavado el cerebro; esta gente es experta en manipulación.

Dominik alzó la vista, sombrío. —Aunque deteste admitirlo, Eros tiene razón. Ella solo te miraba a ti, Aron. No reconoció a nadie más. Quizás aún quede un fragmento de ella ahí dentro.

No pudimos continuar. La puerta de hierro se abrió con un estrépito violento.

—¡No quiero estar aquí, Sasha! —Ese grito me heló la sangre.

¡Chris! ¡Dylan! Un guardia empujó a los chicos dentro de nuestra celda. El mundo se me vino abajo al verlos allí; el plan de dejarlos a salvo había fallado estrepitosamente. Chris se lanzó a mis brazos llorando, seguida de Dylan.

—Aron, se fueron y ellos llegaron por nosotros... tenía tanto miedo —sollozó la pequeña.

—¿Papá? —Sasha se quedó paralizada al ver a Eliot. Las dos niñas miraron a su padre, a quien creían libre (o al impostor), y la confusión dio paso a un llanto silencioso cuando Eliot las rodeó con sus brazos, rompiéndose por completo al ver cuánto habían crecido en su ausencia.

La reunión familiar fue interrumpida por un carraspeo. Un guardia se mantenía firme en la entrada. —Nuestro señor exige la presencia de la señorita Emile.

Eliot se puso de pie, interponiéndose entre la puerta y su esposa. —Si tu señor quiere verla, que venga él. Por encima de mi cadáver ella sale de aquí.

El guardia no respondió, pero se retiró. Momentos después, el aroma que había intentado ignorar desde que recuperé el conocimiento inundó la estancia. Claire entró con paso firme, su presencia irradiaba una autoridad gélida.

—Das mucho trabajo, León Gris —dijo Claire, mirándome con desprecio—. No estoy para sentimentalismos estúpidos. El señor quiere hablar con tu patética mujer.

—Te odio, perra sádica —le gruñó Eliot.

Claire soltó una risa seca, casi divertida. —Trevor oír verde —murmuró ella. Eran palabras sin sentido para mí, pero Emile reaccionó con una violencia inesperada, lanzándose hacia los barrotes y tomando a Claire del cuello.

—¡No vas a hacer eso! —gritó Emile.

Claire se soltó con una fuerza sobrenatural, empujando a Emile hacia atrás. —Pruébame. Llevo seis años torturándolo de todas las formas posibles. ¿Crees que no puedo terminar el trabajo ahora?

"Asesina", pensé. Claire clavó sus ojos en mí, como si leyera el insulto directamente de mis neuronas. Esbozó una mueca burlona, un simulacro de puchero. —Lamento decepcionarte, querido.

De pronto, su mirada se desvió hacia Chris. Por un milisegundo, vi un rastro de algo —un jadeo contenido—, pero se recuperó al instante.

—León Gris, te salvas por hoy. Me siento misericordiosa. Dejaré que tú y tu patética familia recuperen el tiempo perdido antes del eclipse.

Se dio la vuelta y salió, dejándonos en un silencio sepulcral.

—Nos vencieron, Aron —susurró Dominik, hundiéndose en un rincón—. Tomarán el mundo. Los humanos serán esclavos y nosotros nos extinguiremos.

Nadie lo contradijo. Me deslicé por la pared, envolviendo a Chris y Dylan en mis brazos. Faltaban tres días. Y por primera vez en mi vida, sentí que la luz no volvería a salir.

Lejos de las celdas, en un salón fastuoso, Erick celebraba con los líderes de los clanes aliados. Claire permanecía a su lado, observando el festín con una máscara de indiferencia.

—Mi pequeña sobrina... nada de esto habría sido posible sin ti. Has aniquilado a cada uno de nuestros enemigos —dijo Erick, alzando su copa.

—Los humanos no merecen regir nada. Solo cumplo con mi deber —respondió ella, tomando un sorbo de vino con elegancia gélida.

—Querida, estás muy tensa —intervino uno de los aliados, un hombre cuya mirada lasciva recorría el cuerpo de Claire—. Deberías buscar compañía. Alguien que sepa apreciar tu... talento.

—Prefiero la soledad —sentenció ella, poniéndose de pie—. Si me disculpan, iré a alimentarme.

Salió del salón sin mirar atrás. En el pasillo, frente al banquete preparado para los guardias, sus ojos recorrieron las bandejas de comida. Su rostro no mostraba emoción, pero sus dedos rozaron ligeramente uno de los platos que sería enviado a las celdas de los Black.




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