Sol de Medianoche... Luna en Pedazos - Libro 3

1

EMILE

Cada minuto que se desgranaba en la asfixiante penumbra de aquel sótano se sentía como una condena perpetua, una tortura silenciosa que amenazaba con quebrantar mi cordura antes que mi cuerpo. La noción del tiempo se había diluido en una niebla de dolor y agotamiento. Ignoraba cuántas horas, o quizás días, llevaba confinada en este agujero infecto. El aire era pesado, rancio, cargado del olor a moho, a suciedad antigua y a mi propio miedo. Mi garganta era un desierto de arena; la sed me abrasaba, convirtiendo cada respiración en un suplicio. Me sentía patéticamente débil, una sombra de la guerrera que solía ser.

Lo peor no era el cautiverio en sí, sino la impotencia. La droga que Mark había inyectado en mi torrente sanguíneo seguía circulando, una toxina persistente que mantenía a mi loba encadenada en lo más profundo de mi ser. Podía sentirla, arañando desesperadamente las paredes de mi consciencia, aullando de furia y frustración, pero era incapaz de responder a su llamado. Lo había intentado. Siete veces. Siete intentos agónicos de forzar la transformación, de romper las ataduras químicas a través de la fuerza de voluntad pura. Cada fracaso había sido una puñalada de desesperación, dejándome el doble de agotada que antes, con los músculos temblando por el esfuerzo inútil y el espíritu cada vez más fragmentado. Estaba al límite de mis fuerzas, tanto físicas como mentales.

Un sonido sutil, casi imperceptible, me puso en alerta máxima. Pasos. Pasos pesados y deliberados resonando en el piso de madera sobre mi cabeza. A pesar de que no me atrevía a mover ni un solo músculo, temiendo que cualquier vibración alertara a mi captor, mi mente se disparó, analizando cada sonido con una agudeza nacida del instinto de supervivencia. Mi corazón martilleó contra mis costillas, un tambor frenético que parecía resonar en todo el sótano.

La puerta de madera, vieja y chirriante, fue abierta de golpe, estrellándose contra la pared húmeda. El estruendo me hizo sobresaltar, arrancándome un jadeo involuntario. No necesitaba verlo para saber quién era. Su olor, esa mezcla nauseabunda de loción barata, sudor rancio y un rastro metálico de crueldad, impregnó instantáneamente todo el mugriento sótano, asfixiando el poco aire respirable que quedaba. Era Mark. Mi pesadilla personal hecha carne.

—Mi preciosa Emi, estás sencillamente radiante el día de hoy —su voz, untuosa y cargada de una falsa amabilidad, goteaba sarcasmo por cada sílaba—. Realmente, el cautiverio te sienta de maravilla.

Se adentró en el sótano, su silueta recortada contra la luz que se filtraba desde arriba, pareciendo más una bestia que un hombre.

—Hoy he tenido el inmenso placer de ver a tu hermosura de hermana, a Emma —continuó, regodeándose en su propia maldad—. Tenías que haber visto su cara, Emi. Y la cara de todos los presentes en ese momento, cuando vieron mi paquete. Fue… glorioso. Un espectáculo que no olvidaré fácilmente. El pánico en sus ojos, la confusión… era delicioso.

—No… te acerques… a ella —mis palabras salieron como un susurro arrastrado, bajas y sin fuerzas, una súplica patética que odiaba pronunciar. A pesar de que mi cuerpo me traicionaba, por dentro mi ira era descomunal, un volcán a punto de entrar en erupción que, lamentablemente, no tenía cómo manifestarse. Si hubiera tenido una pizca de mi fuerza habitual, le habría arrancado la garganta en ese mismo instante.

Sentí sus pasos acercándose a mí, cada uno resonando como una sentencia. El pánico, ese frío paralizante, intentó apoderarse de mí nuevamente. De un momento a otro, sentí un jalón brutal y repentino en mi cabello. Un grito de dolor quedó atrapado en mi garganta seca. Si seguía de esa manera, me dejaría calva pronto, o me arrancaría el cuero cabelludo. Mientras más jalaba, con una fuerza sádica destinada a infligir el máximo dolor posible, mi cuerpo se iba incorporando, obligado a seguir la tracción. Terminé quedando sentada en el suelo de tierra y cemento, en vez de acostada en la posición fetal en la que había intentado protegerme. Mis brazos y pies, atados con cuerdas gruesas que se clavaban en mi piel ya lastimada, no me permitían sentarme por mí misma, así que a pesar de que cada movimiento dolía como el mismísimo infierno, una pequeña y retorcida parte de mí se alegraba muy en el fondo de permanecer sentada, de no estar tan indefensa. Era una victoria pírrica, pero era todo lo que tenía.

Mark se arrodilló frente a mí, su rostro a escasos centímetros del mío. Podía oler su aliento fétido, ver la locura bailando en sus ojos oscuros.

—Eres una hipócrita, mi querida Emi. Una actriz consumada —susurró, su voz ahora baja y amenazante—. Tú fuiste quien la lanzó a mis brazos. Tú creaste esta situación. ¿Realmente crees que algo de lo que hagas en este momento, cualquier acto de falsa rebelión, va a ser que ella te perdone? No seas ingenua. Ni siquiera te está buscando. Nadie te busca. Tu hermano, el gran Emir, se alegra de por fin haberse liberado de ti, de tu carga. O bueno, eso fue exactamente lo que escuché al ver lo que contenía mi paquete. Su alivio era palpable.

Sus palabras eran puñales, cada una diseñada para golpear donde más dolía. Y lo peor de todo es que tenía razón. Tenía mucha razón. Eso lo tenía muy claro desde el principio. Mi traición había sido imperdonable. Y lo que más claro tenía era que ellos no me perdonarían jamás, ni en esta vida ni en la siguiente. Mis actos habían sido monstruosos, y el peso de la culpa era una carga más pesada que cualquier cadena. Ni siquiera me molestaba el hecho de que no me estuvieran buscando. ¿Por qué lo harían? Yo no merecía ser salvada. Yo merecía esto.

Aun así, la mención de Emma y su seguridad encendió una chispa de resistencia que ni siquiera la droga había podido apagar. Reuní las pocas fuerzas que me quedaban, forzando las palabras a través de mis labios agrietados.

—Tienes razón, soy una maldita hipócrita. Una traidora —dije, mirando directamente a sus ojos, infundiendo todo el veneno que pude en mi voz—. Soy una mierda por haberle hecho eso a Emma, por haber sido tu cómplice. Pero aun así, a pesar de todo, es mi hermana. Y si me rebelé contra ti, si decidí detener esta locura, fue por esa misma razón. No lo hice por buscar la redención, Mark. Sé que eso es imposible para mí. Lo hice porque ella es mi sangre, mi familia, y no iba a cooperar más contigo en tus planes retorcidos. No iba a permitir que la siguieras dañando.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.