Julia ya había coordinado con sus padres el envío de sus cosas desde Estados Unidos y, como el apartamento que había alquilado estaba completamente amueblado, apenas tuvo que preocuparse por lo básico.
Los detalles vendrán después, pensó mientras dejaba la última caja sobre la pequeña mesa del comedor.
El lugar era mucho más pequeño que su antiguo apartamento en Boston, pero no le molestó. Después de todo, no había viajado hasta Corea buscando comodidad.
Había ido buscando silencio.
El departamento tenía una habitación, una cocina integrada y un balcón diminuto donde apenas entraban dos macetas. Aun así, Julia se encontró imaginando plantas allí afuera mientras observaba las luces de Seúl encenderse una a una.
Era extraño.
Todo era distinto.
El idioma.
Los edificios.
Los olores.
Hasta el aire parecía diferente.
Y, por primera vez en mucho tiempo, eso no le disgustó.
Decidió acostarse temprano. Al día siguiente comenzaría oficialmente en Gasu Talent y necesitaba dar una buena impresión.
Aunque la idea casi le causó gracia.
Había ocupado un cargo más alto que el de Park Hyun durante años. Técnicamente estaba sobrecalificada para aquel empleo y ambos lo sabían perfectamente.
Pero nadie allí conocía el verdadero motivo por el que había aceptado bajar de puesto, mudarse a otro continente y empezar de cero. Y si dependía de ella, nadie lo descubriría. Lo último que necesitaba era volver a soportar miradas de compasión.
“Pobrecita Julia.”
“Todavía no supera lo de Peter.”
“Cinco años y sigue sola.”
Cerró los ojos con fuerza. Incluso a miles de kilómetros de distancia, aquellas frases seguían persiguiéndola.
Instintivamente llevó una mano a la cadena plateada que descansaba bajo su camiseta. El anillo seguía allí. Siempre estaba allí.
Peter jamás había llegado a aquella cena. Jamás había podido pedirle matrimonio.
Y aun así, Julia llevaba el anillo consigo como si desprenderse de él significara perderlo por segunda vez.
Suspiró cansada y finalmente se obligó a dormir.
A la mañana siguiente, cuando sonó la alarma, ella ya estaba despierta.
Había elegido un vestido negro sencillo y elegante. Su traje blanco había quedado inutilizable después del episodio con las fanáticas el día anterior, y sinceramente no tenía ganas de recordar cómo había terminado dentro del automóvil de un completo imbécil.
Porque sí, aquel hombre era un imbécil. Uno absurdamente atractivo, pero imbécil al fin.
Terminó de recogerse el cabello en un moño prolijo y observó su reflejo en el espejo.
El maquillaje era discreto. Aún así el azul titanio de sus ojos sobresalía, lo mismo que sus delicadas facciones pero sabía que no usar maquillaje hacía que pareciera una muchacha recién salida del secundario.
Desde la muerte de Peter, había comenzado a vestirse de manera más sobria. Menos color. Menos accesorios. Menos todo. Como si reducirse a sí misma hiciera más soportable el vacío. Y aun así, los hombres seguían acercándose.
Colegas, clientes, amigos de amigos.
Sus padres incluso habían intentado organizarle citas más veces de las que podía recordar. Pero ella nunca aceptaba.
No era que estuviera esperando que regresara, como al principio cuando no pudiendo asimilar la noticia, creyó que Peter iba a volver. Que todo se trataba de un error. Que no era cierto. Que probablemente él estaba en algún hospital imposibilitado de regresar.
Tampoco era el miedo que vino después, el miedo a iniciar una nueva relación y que volviera a suceder lo mismo..
Era culpa. Una culpa inmensa y sofocante que seguía instalada dentro de ella como una habitación cerrada con llave.
Tomó aire profundamente antes de apartarse del espejo.
-No voy a pensar en eso, hoy no- dijo en voz alta mientras cerraba la puerta del apartamento.
El clima era cálido y luminoso cuando salió del edificio, así que decidió caminar hasta la empresa. Las calles de Seúl estaban impecables. Todo parecía moverse con rapidez y precisión, incluso el ruido de la ciudad sonaba ordenado.
Cuando llegó a Gasu Talent todavía faltaba casi una hora para el inicio de la jornada, así que compró café y algo para desayunar en un pequeño local frente al edificio, y regresó.
Al entrar,los guardias de seguridad la reconocieron de inmediato y la dejaron pasar, no sin antes darle los buenos días y decirle que lucía muy bella esa mañana.
Julia sonrío amablemente y subió al ascensor rumbo al piso cincuenta y cuatro.
Las oficinas estaban casi vacías, a no ser por un par de pasantes y empleadas de la limpieza, el lugar era prácticamente un desierto.
Julia dejó su bolso sobre el escritorio y comenzó a trabajar de inmediato. Encendió la computadora, revisó la agenda de Park Hyun, activó el redireccionamiento de llamadas y ordenó algunos documentos que Minji había dejado preparados para facilitarle el primer día.
Quince minutos después, ya se sentía cómoda en el lugar. Lo suficiente como para empezar a planear qué clase de planta podía comprar para adornar su escritorio, tanto como para salir a investigar ni bien escuchó ruido proveniente de una de las oficinas.
Aumió que Park había llegado temprano por lo que tomó la tablet y avanzó sin pensar demasiado. Primero abrió la oficina de Park pero allí no había nadie, por lo que intentó con una puerta lateral.
Al entrar se dio cuenta que esa oficina era mucho más grande que la de ella y que evidentemente pertenecía a otra secretaria.
Frunciendo el ceño, avanzó hasta la siguiente puerta. Y ahí fue donde entendió que había cometido un error. La oficina frente a ella era enorme.
El ventanal ocupaba prácticamente toda la pared y ofrecía una vista tan absurda de la ciudad que el despacho de Park en comparación, parecía un cubículo.
Julia apenas tuvo tiempo de procesarlo.
-Buenos días, Jiho.