Kiran dejó caer la mochila sobre el sofá desgastado de su pequeño departamento. El reloj de pared marcaba las 11:50 a. m.
—Feliz cumpleaños a mí —murmuró con sarcasmo.
22 años y sentía que su vida era una secuencia gris donde él solo figuraba de extra. Trabajos temporales, carreras universitarias abandonadas a la mitad y una sensación constante en el pecho de no pertenecer a ese lugar.
Se acercó a la ventana. La ciudad de Seattle estaba inusualmente silenciosa. Las noticias llevaban semanas anunciando el Gran Eclipse Solar. Sería total; un evento histórico.
—A ver si por lo menos el cielo se pone interesante.
Un calor repentino brotó en su pecho. No era la temperatura ambiente; se sentía como metal ardiendo directamente contra la piel. Se llevó la mano al cuello y extrajo el viejo medallón que siempre llevaba consigo.
Era la única herencia de sus padres biológicos, o al menos eso le habían explicado sus padres adoptivos antes de fallecer. Una pieza de oro opaco, con un sol grabado en el centro y runas indescifrables.
Pero en ese instante, el oro comenzó a latir con un brillo propio.
Afuera, la luna devoró al sol. En el segundo exacto en que la oscuridad cubrió la ciudad, el medallón emitió un destello cegador.
—¡A la mierda! —exclamó, soltando el metal que le quemaba los dedos.
El objeto no cayó. Quedó suspendido a la altura de sus ojos, girando con violencia. El aire en la habitación comenzó a vibrar, empujando los libros de los estantes y reventando las bombillas.
Kiran intentó retroceder, pero sus piernas no respondían. Una fuerza de atracción invisible tiraba de él hacia el centro del cuarto.
—¡¿Qué carajos está pasando?!
El medallón proyectó un haz de luz vertical, conectando el suelo con el techo y rasgando la realidad misma.
En lugar del techo de yeso, Kiran vio estrellas y llamas arremolinadas. Antes de que pudiera pedir ayuda, la luz se expandió y lo engulló.
Experimentó una caída vertiginosa, una mezcla entre el descenso de una montaña rusa y el impacto de entrar a un horno en medio de una tormenta. Su cuerpo parecía estirarse y comprimirse al mismo tiempo.
Una caída.
El silencio regresó de inmediato. El suelo debajo de él ya no era la alfombra sintética de su departamento, sino piedra fría y pulida.
Kiran abrió los ojos con dificultad. Un zumbido sordo le llenaba los oídos. Se incorporó tambaleándose y observó su entorno.
Se encontraba en el centro de un patio monumental, flanqueado por torres de piedra blanca muy altas.
El cielo no era azul, sino de un tenue tono violeta. Y estaba rodeado.
Cientos de personas vestidas con túnicas rojas, azules, verdes y grises lo observaban atónitos. Parecía haber interrumpido una ceremonia solemne; estandartes colgaban de los muros en medio de un mutismo absoluto.
Frente a él, sobre un estrado, un hombre de unos 60 años con tez oscura, facciones afiladas y una impecable túnica blanca lo examinaba detrás de unas gafas. Su expresión no reflejaba ira, sino un interés profundo, como quien analiza un enigma complejo.
Kiran, mareado y con el medallón nuevamente opaco sobre su pecho, alzó la mano en un saludo torpe.
—Este... ¿disculpen? Creo que me pasé de parada. ¿Saben cómo llegar a la estación de autobús? ¿Tengo que ir hacia Pike Place?
Nadie emitió un sonido. El hombre del estrado descendió un escalón. Su voz resonó con potencia, sin necesidad de amplificadores.
—Un forastero que cae del cielo durante el Eclipse... —pronunció el anciano—. Atrápenlo. Quiero saber cómo logró cruzar la Barrera.
Antes de que Kiran pudiera reaccionar, dos guardias con armaduras que parecían forjadas en roca viva golpearon el suelo con sus lanzas. La piedra bajo los pies de Kiran cobró vida, trepando por sus tobillos y anclándolo firmemente al suelo.
—¡¿Me están jodiendo?! —gritó Kiran, forcejeando inútilmente contra la roca que lo apresaba—. ¡¿Magia?!
La piedra seguía apretando los tobillos de Kiran. El dolor era sordo, pero muy real.
—A ver, tranquilo, esto es un sueño —murmuró Kiran, cerrando los ojos con fuerza—. Seguro me cayó mal la hamburguesa de anoche y me dio pesadillas. Uno, dos, tres... ¡Despierta!
Se pellizcó el brazo con tanta fuerza que se dejó una marca roja.
—¡Auch!
Abrió los ojos. La academia seguía ahí. Los magos seguían mirándolo como si fuera una bestia de circo. El cielo seguía siendo violeta.
—Mierda. No es un sueño. Estoy bien jodido.
Los guardias de piedra levantaron sus lanzas, listos para atacar ante cualquier movimiento brusco, pero una voz grave los detuvo en seco.
—¡Alto! —ordenó el Director desde el estrado.
El hombre descendió flotando —literalmente, las suelas de sus zapatos no tocaban los escalones— hasta quedar frente a Kiran.
De cerca, el Director imponía aún más. Sus ojos eran oscuros y analíticos, ocultos tras unos lentes de armazón negro. Parecía capaz de leer las intenciones de Kiran y desnudarle el alma antes de que siquiera abriera la boca.
—Libérenlo —dictaminó.
La roca que atrapaba las piernas de Kiran se deshizo al instante en arena suave. El joven cayó de rodillas, jadeando.