Sol, Luna y Sangre

Capítulo 2

El aula de Fundamentos Elementales parecía más un pequeño coliseo que un salón de clases convencional.

Las gradas de piedra rodeaban una arena central donde el profesor Varen —un hombre calvo, de postura rígida y con cicatrices en los brazos que recordaban a quemaduras antiguas— esperaba junto a un pedestal.

Sobre el pilar de mármol descansaba la Esfera del Origen, un orbe de cristal puro del tamaño de un melón.

—La Esfera del Origen no miente —anunció Varen con una voz rasposa que resonó en todo el recinto—. Reacciona a su flujo de energía y revela su afinidad exacta. Pasen al frente cuando escuchen su nombre.

Varios estudiantes bajaron a la arena.

La mayoría resultaron ser afines al Fuego, haciendo que la esfera se tornara de un rojo incandescente; o al Agua, llenando el cristal de un líquido azul arremolinado.

Hubo apenas un par de Tierra, en cuyo caso la esfera se volvía de un tono oscuro y ganaba un peso evidente.

—Altair Valerius —llamó Varen.

Altair se levantó de su asiento con una elegancia fríamente ensayada. Caminó hacia el centro y colocó la mano sobre el cristal. De inmediato, una corriente de aire azotó el salón, alborotando las túnicas de los presentes. La esfera se volvió completamente transparente, casi invisible, y comenzó a levitar un par de centímetros sobre el pedestal, rodeada de minúsculos tornados.

—Afinidad al Aire —dictaminó Varen, asintiendo con una rara muestra de aprobación—. Muy puro. Difícil de ver hoy en día. Vuelva a su lugar.

Altair regresó a su asiento, con una sonrisa de absoluta suficiencia en el rostro.

—Suerte con eso, provinciano —le susurró a Kiran al pasar por su lado.

—Kiran Spencer —leyó Varen en su pergamino—. Al frente.

Kiran sintió que el estómago se le encogía. Todo el salón clavó los ojos en él. Era el forastero misterioso que había aparecido en el patio principal de la nada. Se acercó al pedestal con pasos pesados.

La esfera parecía vibrar levemente.

Por favor, que tenga magia. Por favor, que tenga algo —pensaba Kiran a toda velocidad.

Puso la palma sobre la superficie de cristal. Estaba fría.

Durante unos segundos eternos, no ocurrió absolutamente nada.

Se escucharon un par de risitas ahogadas desde la fila donde estaba sentado Altair.

Pero entonces, el suelo bajo los pies de Kiran comenzó a retumbar. Un sonido profundo llenó el aire. La esfera se tornó de un color marrón intenso y sólido; su masa aumentó tan rápido que el pedestal crujió, hundiéndose un par de milímetros en la arena de piedra.

Varen asintió, anotando el resultado en su libreta.

—Fuerte y estable. Afinidad a la Tierra.

Kiran soltó todo el aire que no se había dado cuenta de que estaba conteniendo. ¡Tierra! Era un elemento común, lógico, normal. Tenía magia, no era un simple adorno en esa escuela.

—¡Perfecto! —susurró para sí mismo, esbozando una sonrisa de alivio—. Soy un tanque, nada mal.

Comenzó a retirar la mano del orbe, listo para volver a su lugar y pasar desapercibido por el resto del día.

—Espera —ordenó Varen de golpe. Su voz, por primera vez, sonó genuinamente alarmada.

Kiran se quedó congelado a medio paso.

—¿Qué pasó? ¿La rompí?

La esfera, que seguía de un tono marrón oscuro, comenzó a agrietarse... o al menos eso parecía. Pero no eran fisuras en el cristal, eran haces de pura luz intentando escapar. El color tierra se disolvió en un segundo, siendo reemplazado por un estallido dorado tan violento y deslumbrante que el profesor Varen tuvo que cubrirse el rostro con el antebrazo. La temperatura en el coliseo se disparó de golpe. No era el calor sofocante del fuego; era una energía salvaje y primordial. Era como tener el fragmento de una estrella viva latiendo sobre el pedestal.

El resplandor cegador obligó a todos los estudiantes en las gradas a apartar la mirada. La luz calcinó cada rincón de sombra que quedaba en el aula.

Kiran intentó apartar la mano instintivamente, pero estaba adherida al cristal. Sentía un calor denso y reconfortante recorriéndole las venas del brazo; no lo quemaba, pero la presión de ese poder era abrumadora.

Poco a poco, la explosión lumínica se estabilizó, convirtiéndose en un aura dorada, majestuosa y pulsante.

El profesor Varen bajó el brazo lentamente, con los ojos muy abiertos. Se acercó al pedestal con pasos cautelosos, como si temiera que la esfera fuera a detonar en cualquier segundo. Miró al chico, luego a la luz pura atrapada en el cristal, y nuevamente al chico.

—Esto... esto es muy raro —balbuceó el profesor, perdiendo toda su compostura militar—. Tienes una segunda afinidad.

El silencio que cayó sobre el salón fue absoluto. Ni siquiera se escuchaba la respiración de las decenas de alumnos presentes.

—Afinidad Solar —anunció Varen, con un temblor casi imperceptible en la voz—. Eres un afín al Sol.

Kiran tragó saliva con dificultad. El silencio se rompió como un cristal pisado. Murmullos frenéticos y exclamaciones ahogadas inundaron las gradas.

—¿Solar? ¿Dijo Solar?

—¡Nadie ha nacido con la afinidad del Sol en años!

—¿Quién diablos es este tipo?

Kiran miró hacia los asientos.

Jorel estaba de pie, con la mandíbula desencajada.

Altair lo miraba fijamente, como si de repente le hubieran puesto enfrente a un fantasma.

—Profesor... ¿Eso es algo bueno o malo?

El profesor Varen se aclaró la garganta, recuperando su rígida postura militar, aunque sus ojos seguían traicionando su asombro.

—Es... complicado, muchacho —respondió Varen finalmente, rompiendo la tensión del coliseo—. Tener una afinidad Solar es un regalo histórico. Serás capaz de generar y controlar la luz más pura. Pero ser un faro en medio de la noche tiene su precio: atraes a los barcos perdidos, sí, pero también a los monstruos. Por ahora, vuelva a su asiento. Tenemos mucho que discutir con el Director.



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En el texto hay: mundoparalelo, gemelos, magia acción

Editado: 08.06.2026

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