Sol, Luna y Sangre

Capítulo 3

Al día siguiente, antes de las clases Kiran decidió ir a la biblioteca. Necesitaba entender qué significaba realmente tener una "Afinidad Solar" leyendo algo que no fuera la cara de pánico de sus compañeros.

La biblioteca de Aetheria era un laberinto colosal de estanterías de roble que parecían reordenarse solas cuando nadie las miraba.

Kiran se adentró en un pasillo alejado, buscando la sección de historia.

Allí, sentada en una mesa rinconera y parcialmente oculta tras una pila de volúmenes sobre Teoría de Flujos Mágicos, había una chica. Estaba sumergida en la lectura. Llevaba el uniforme estándar de la academia, pero no lucía ninguna insignia visible que delatara su elemento.

Kiran se acercó, fingiendo buscar un lomo en la estantería detrás de ella.

—Disculpa —susurró—, ¿sabes dónde están los libros sobre... el Sol?

La chica levantó la vista. La luz tenue de las lámparas flotantes iluminó su rostro. Tenía el cabello castaño suelto, cayendo en ondas suaves y un tanto desordenadas. Su rostro estaba limpio de maquillaje, revelando unas pecas diminutas que salpicaban su nariz. Tenía una belleza natural. Sus ojos eran grandes y de un tono oscuro, profundos e inusualmente calculadores.

No pareció en absoluto impresionada por tener enfrente al forastero del que todos hablaban.

—Tercer estante a la izquierda, sección de Mitos y Leyendas Caídas —respondió chica—. Aunque la mayoría son exageraciones poéticas. Si quieres aprender de verdad, busca los tratados de física mágica, no los cuentos de hadas.

—Gracias... soy Kiran, por cierto.

—Lo sé. Todo el campus lo sabe. Eres el tema de conversación en la cafetería y en los pasillos.

Cerró su libro de golpe. Kiran alcanzó a ver el título de reojo, grabado en letras doradas y casi borradas sobre cuero viejo, antes de que ella lo deslizara rápidamente dentro de su mochila: Historia de las Artes Prohibidas: Tomo I.

—Un consejo, anomalía —dijo ella, poniéndose de pie y colgándose la mochila al hombro—. No creas todo lo que te dicen los profesores. Aetheria tiene demasiadas sombras para ser un lugar tan iluminado.

Sin decir más, dio media vuelta y se perdió entre los pasillos, caminando con una elegancia silenciosa, como si sus pies no tocaran el suelo.

Kiran se quedó parado, dándole vueltas a sus palabras.

Definitivamente, este lugar está loco, pensó, tomando el volumen que ella le había indicado. Al menos ya tenía por dónde empezar.

En la tarde, después de terminar sus clases normales, Kiran tenía clases de su Elemento Solar con Decana Thorne.

Kiran llegó al Invernadero Sur cinco minutos antes. No quería hacer enojar a la Decana Thorne.

El lugar estaba repleto de plantas exóticas que parecían retorcerse por cuenta propia.

Las instrucciones de Evelyn habían sido claras: "Busca la puerta de roble negro detrás de las enredaderas de plata".

La encontró. Era una puerta antigua, pesada y sin manija. Al acercarse, las runas talladas en la madera oscura brillaron con un tenue destello dorado y la puerta se abrió hacia adentro con un gemido.

Kiran entró y se quedó boquiabierto.

No era un invernadero. Era un santuario.

La sala era colosal y de forma circular, coronada por un techo abovedado de cristal que permitía ver el cielo crepuscular.

Pero lo más impresionante era el suelo: un mosaico inmenso dividía el salón en dos mitades perfectas. A la izquierda, un sol dorado forjado en ámbar y topacio. A la derecha, una luna plateada hecha de nácar y obsidiana.

En el centro exacto de la sala, justo sobre la línea donde el Sol y la Luna se tocaban, aguardaba Evelyn Thorne, de pie y con las manos cruzadas.

—Llegas a tiempo —dijo ella, su voz resonando en el eco de la sala vacía—. Bienvenido al Salón del Equinoccio.

—¿Qué es este lugar? —preguntó Kiran, caminando con cautela, sintiendo la solemnidad casi religiosa del ambiente.

—Era el recinto de entrenamiento para los estudiantes de las afinidades superiores —explicó Evelyn, paseando la mirada por los muros de piedra pulida—. Hace cuarenta años, este lugar vibraba con energía constante. Aquí entrenaban los afines al Sol y a la Luna juntos. Se dice que el equilibrio entre el día y la noche forja la magia más perfecta. Pero... ha estado cerrado por años. Hasta hoy.

Kiran desvió la vista hacia el lado de la Luna. Se sentía extrañamente desolado, como si a la habitación le faltara la mitad de su alma.

—¿Y por qué solo estoy yo? Digo, no hay nadie de Luna en la academia, ¿verdad?

—Por ahora, solo eres tú y tu propia luz —cortó Evelyn, cambiando su tono a uno estrictamente marcial—. Vamos a trabajar. Tu afinidad a la Tierra es tu escudo, Kiran. Pero tu afinidad Solar es tu espada.

La Decana dio un paso hacia él, acortando la distancia.

—Es imperativo que domines este poder al cien por ciento —continuó—. No solo por disciplina, sino por la seguridad de quienes te rodean. Tu elemento no fluye ni empuja; incinera. Si pierdes el control en medio de un grupo, podrías reducir a cenizas a tus propios compañeros antes de darte cuenta. Tu afinidad es un don extraordinario, pero en la práctica es un arma letal. Tienes una responsabilidad enorme de mantenerla bajo control.

Kiran frunció el ceño, asimilando el peso de la advertencia.

—Entiendo lo de proteger a los demás —asintió—. ¿Pero qué tiene que ver mi propia seguridad en eso? ¿Acaso puedo quemarme a mí mismo con mi propia luz?



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En el texto hay: mundoparalelo, gemelos, magia acción

Editado: 08.06.2026

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