A pesar de haber dormido apenas unas horas, Kiran se sentía extrañamente eléctrico. Era una mañana despejada y brillante; la luz del sol parecía inyectarle cafeína directamente en las venas. Su cuerpo entero vibraba con una energía inagotable.
La clase de Combate Táctico se llevaba a cabo en una Arena, un círculo de tierra batida rodeado por pesadas gradas de piedra.
—Bien, reclutas —ladró el instructor Garrick, un hombre de baja estatura pero complexión maciza—. Hoy practicaremos con proyectiles en movimiento. Nada de quedarse plantados como estatuas de jardín. Quiero ver puntería y evasión. ¡Valerius! ¡Spencer! Al centro.
Un murmullo expectante recorrió a los estudiantes.
Altair Valerius sonrió de medio lado, ajustándose los guantes de cuero fino con parsimonia.
Ambos llevaban el equipo reglamentario de duelo de la academia: un chaleco táctico de cuero endurecido cubierto por un entramado de finos hilos de plata. Estas armaduras rúnicas estaban diseñadas específicamente para absorber y disipar impactos elementales básicos —fuego, escarcha, roca o fuerza cinética—. Cuando un estudiante recibía un golpe crítico, el chaleco brillaba en rojo intenso y absorbía la letalidad del ataque, simulando el daño para declarar un punto sin poner en riesgo la vida de los alumnos.
—Espero que estés bien despierto, Solecito —se burló Altair en voz baja al pasar junto a él—. O vas a necesitar una siesta larga en la enfermería.
Kiran apretó la mandíbula. —Cállate y pelea.
—¡Comiencen! —ordenó Garrick.
Altair se movió de inmediato. No corría, parecía deslizarse sobre la arena. Usaba ráfagas cortas de aire bajo sus botas para impulsarse en direcciones erráticas, convirtiéndose en un blanco casi imposible.
Kiran levantó las manos, desesperado por canalizar esa energía que le desbordaba. Recordó las instrucciones de Evelyn sobre la concentración, pero estaba demasiado ansioso por callarle la boca a su rival.
Sun Beams (Rayos Solares).
De sus palmas salieron disparados proyectiles de luz condensada y brillantes. Cortaron el aire con silbidos agudos, viéndose espectaculares, pero su trayectoria era un desastre. Uno impactó contra el muro de piedra a tres metros de Altair, otro contra un parche de pasto a la izquierda, y el tercero simplemente se perdió hacia el cielo.
—¿A qué le apuntas? ¿A las nubes? —rio Altair a carcajadas.
Con un giro rápido de muñeca, Altair lanzó una hoja de aire comprimido. Kiran intentó esquivarla, pero fue demasiado lento. La ráfaga lo golpeó de lleno en el pecho. Su chaleco rúnico brilló en rojo, absorbiendo el daño, pero la fuerza del impacto lo derribó de espaldas y le sacó todo el aire de los pulmones.
—Lento. Torpe. Predecible —canturreaba Altair, bailando alrededor de él sin sudar una gota—. ¿Este es el legendario poder del Sol? Me das lástima.
Kiran se puso de pie a tropezones. La vergüenza le quemaba el rostro más que el propio sol. Volvió a disparar sus proyectiles dorados. Uno tras otro. Nada. Altair simplemente ladeaba la cabeza o el torso, y la luz pasaba de largo sin siquiera rozarlo.
—¡Quédate quieto, maldita sea! —rugió Kiran.
Altair respondió lanzando un torbellino a ras de suelo que golpeó los tobillos de Kiran, haciéndolo tropezar de bruces.
Las risas crueles de los secuaces de Altair resonaron desde las gradas.
La frustración y la humillación se mezclaron en un cóctel tóxico en el pecho de Kiran. Ya no le importaba "marcar" a su oponente para ganar puntos. Quería que dejara de moverse. Quería aplastar su arrogancia.
Kiran dejó de pensar en proyectiles o en técnicas básicas. Su mente viajó instintivamente a la sensación de poder puro y aterrador que había sentido el día anterior en el Salon de Equinoccio. A esa fuerza letal e implacable.
—¡Te dije que te quedaras quieto!
Bajó la mano derecha con violencia, señalando con el índice el punto exacto donde Altair estaba a punto de aterrizar tras un salto evasivo.
El aire se rasgó con un chillido agudo, como si la atmósfera misma se estuviera partiendo en dos. En una fracción de segundo, un pilar colosal de luz solar pura y devastadora descendió desde la estratosfera.
—¡Mierda! —gritó Altair, perdiendo por completo su máscara de superioridad.
En un acto reflejo impulsado por el pánico animal, el chico de Aire se lanzó hacia un lado con todas sus fuerzas, rodando torpemente por la tierra.
El Sunstrike (Golpe Solar) impactó.
El estallido fue ensordecedor. La arena de combate explotó hacia arriba. Una columna ardiente vaporizó la zona exacta donde Altair había estado flotando hace apenas un segundo.
En la zona del impactó quedó un cráter humeante con los bordes cristalizados por la temperatura extrema. Ningún chaleco de práctica habría resistido eso.
Altair estaba tirado a dos metros de la orilla, pálido, mientras miraba el agujero que casi se convierte en su tumba.
El silencio en la arena era absoluto.
—¡¡Alto!! —el grito aterrorizado del instructor Garrick rompió el trance. Corrió a toda velocidad hacia Kiran y lo sujetó del brazo con fuerza—. ¡¿Estás demente, muchacho?! ¡Eso es artillería de guerra, no un maldito hechizo de duelo! ¡Casi lo desintegras!
Kiran bajó la mirada hacia el cráter, y luego hacia sus propias manos. Le temblaban espantosamente.
—Yo... yo no quería... se me salió de las manos.
Veinte minutos después, en la oficina del Director. Eldrin estaba sentado tras su escritorio, frotándose el puente de la nariz con cansancio.
Evelyn Thorne permanecía de pie junto a la ventana, observando a Kiran con una expresión fría e insondable.
—Un Sunstirke—repitió Eldrin, rompiendo el largo silencio—. En una práctica de primer año. Contra un estudiante desarmado.
—Fue un accidente. Me provocó y... perdí el control. Nunca había usado ese hechizo, solo sabía lanzar Sun Beams, no sé cómo pasó esto...