A la mañana siguiente, Kiran despertó con una sensación distinta. La plática en el bosque con el "Escuadrón Desastre" le había quitado un peso enorme de encima, pero sabía que la camaradería no iba a controlar sus poderes por arte de magia. Necesitaba técnica. Necesitaba entender qué pasaba en su cabeza antes de explotar.
Aprovechando que estaba suspendido de las clases de combate, se dirigió a la biblioteca.
El lugar estaba tranquilo a esa hora. La luz de la mañana se filtraba por los altos vitrales, creando patrones de colores sobre el piso de madera pulida.
Kiran caminó directo a la sección de Teoría Mágica Avanzada, repasando con los dedos los lomos de cuero desgastado.
—Control emocional... Meditación para pirómanos... Cómo no matar a tus amigos... —murmuraba para sí mismo, leyendo los títulos—. Nada de esto sirve.
—Si buscas Cómo no matar a tus amigos, estás en la sección equivocada. Eso está en Etiqueta Social.
Kiran se giró de golpe. Ahí estaba ella, la chica misteriosa del otro día. Estaba sentada en el alféizar de una ventana amplia, con un enorme tomo sobre el regazo.
Kiran se sintió un poco tonto parado ahí, usando todavía una sudadera de su viejo mundo.
—Ah, hola. Eh, gracias por recomendarme el libro la vez pasada. Por cierto, ¿cómo te llamas?
Ella cerró su volumen con suavidad y bajó de la ventana.
—Soy Miranda. Y tú eres el chico Sol que hace cráteres en la arena deportiva, Kiran, ¿verdad? Lo vi todo desde aquí arriba. Fue... impresionante. Y terrorífico.
—Sí, bueno, intento que no se repita —dijo Kiran, rascándose la nuca—. Por eso busco algo sobre control. Mi instructora dice que mi magia reacciona a mi ira, pero no sé cómo frenarlo.
Miranda caminó hacia él. Se movía con un silencio absoluto, con una elegancia casi depredadora. Se detuvo a un metro de distancia y lo miró fijamente con esos ojos oscuros y calculadores.
—El problema no es la ira, Kiran. La ira es solo combustible. El problema es que tu mecha es muy corta. Tu afinidad Solar es expansiva, quiere salir, quiere brillar. Si la reprimes a la fuerza, estalla. Tienes que aprender a enfriarla, no a encerrarla.
Ella metió la mano en su mochila y sacó un libro pequeño de tapas negras, sin título ni autor visible. Parecía muy antiguo.
—Toma.
Kiran lo recibió. El cuero estaba inusualmente frío al tacto.
—¿Qué es esto?
—Es un tratado sobre la Mente de Hielo. Lo usan los magos que lidian con energías altamente volátiles. No está en el plan de estudios oficial porque... digamos que el autor no era muy querido por la academia.
—¿Por qué me ayudas? —preguntó Kiran, genuinamente confundido—. Apenas nos conocemos. La mayoría me tiene miedo o envidia.
Miranda se encogió de hombros. Una leve sonrisa apareció en sus labios, apenas el fantasma de un gesto.
—Digamos que sé lo que se siente tener algo dentro de ti que el mundo considera peligroso. Y sería una lástima que te consumieras antes de tiempo. Lee la página 42. La Técnica del Vacío. Y no le digas a nadie de dónde sacaste ese libro. Especialmente a la Decana Thorne.
Dio media vuelta, lista para marcharse.
—Oye, ¿te puedo hacer otra pregunta? —la detuvo Kiran.
Miranda se detuvo y asintió levemente.
—Parece que sabes mucho de magia —dijo Kiran—. ¿Cuál es tu afinidad?
—Agua —contestó Miranda con brevedad, y retomó su camino.
—Espera —insistió Kiran, dando un paso tras ella—. ¿Te veré luego?
Miranda se detuvo de nuevo y lo miró por encima del hombro.
—Es una biblioteca, Kiran. Siempre estoy aquí.
Kiran se quedó solo en el pasillo, sosteniendo el libro negro entre las manos. Lo abrió en la página 42. El texto estaba escrito a mano, con una caligrafía elegante y muy angulosa. En los márgenes, había notas escritas con una tinta roja y seca que corregían al autor original: "No luches contra la corriente, sé el cauce".
—Sé el cauce... —repitió Kiran en un susurro.
Guardó el libro en su mochila, con la certeza de que acababa de recibir un arma secreta, y salió de la biblioteca con una nueva misión.
***
El Salón del Equinoccio estaba en silencio absoluto. Solo se escuchaba la respiración rítmica de Kiran.
Estaba de pie frente a un nuevo objetivo: una pequeña moneda de cobre que Evelyn había hecho levitar a diez metros de distancia. Un blanco minúsculo.
Kiran cerró los ojos. En lugar de buscar la furia o el miedo que había usado para el Sunstrike, buscó el consejo de la página 42 del libro negro. "No luches contra la corriente, sé el cauce. Vacía la mente. Deja que la luz fluya como agua fría".
Visualizó un glaciar. Silencio. Calma. Oscuridad. Y en medio de esa inmensidad helada, una sola chispa.
Abrió los ojos. Sus pupilas brillaron con un dorado intenso, pero estable. Su pulso no temblaba. Levantó el dedo índice y apuntó.
—Sun Beam.
No hubo gritos ni explosiones. De la yema de su dedo salió un haz de luz finísimo, no más grueso que un lápiz, pero increíblemente denso. El rayo cruzó el aire con un zumbido suave e impactó el centro exacto de la moneda de cobre. El metal salió volando hacia atrás y cayó al suelo con un tintineo.
Kiran bajó la mano. No se sentía agotado; se sentía afilado, preciso.
—¡Eso es! —susurró para sí mismo, sonriendo.
—Interesante.
La voz de Evelyn Thorne rompió su celebración. La Decana salió de las sombras de las columnas, caminando lentamente hacia él. No aplaudía. Su rostro era una máscara de sospecha clínica.
—Hace dos días casi vuelas la arena deportiva por falta de control emocional. Hoy, tu pulso es el de un cirujano y tu flujo mágico es... frío.
Evelyn se detuvo frente a él, invadiendo su espacio personal. Sus ojos oscuros lo evaluaron con una intensidad implacable.
—La magia Solar se alimenta de pasión, Kiran. De calor. Pero lo que acabas de hacer... eso fue desapego. Fue vacío.