Kiran apenas tuvo tiempo para invocar su Sun Shield. Sus reservas de maná estaban casi vacías por haberlo utilizado dos veces seguidas. La esfera de energía dorada y sólida lo envolvió de inmediato.
El Lucent Beam impactó contra la esfera dorada con la fuerza demoledora de un mazo de acero. El escudo crujió y se hizo añicos en un segundo. Aunque la barrera había logrado absorber la mayor parte del daño, la fuerza cinética del impacto arrojó a Kiran varios pasos hacia atrás.
El doble ni siquiera se había movido de su lugar. Lo observaba desde la distancia con esos abismos oscuros y sin vida.
—Patético —dijo el gemelo lunar—. ¿Eso es todo lo que te han enseñado? ¿A esconderte adentro de una burbujita?
—¡Cállate! —bramó Kiran, lanzando una ráfaga rápida de Sun Beams.
Tres proyectiles de luz dorada salieron disparados directos al pecho de su doble.
Su doble ni se inmutó. Con un suspiro de aburrimiento absoluto, su cuerpo brilló con un tono plateado y se volvió translúcido al instante, activando la Lunar Phase (Fase Lunar). Los tres rayos de Kiran lo atravesaron limpiamente, como si golpearan a un fantasma, y se perdieron en la bruma del bosque marchito sin hacerle el menor rasguño.
—Lento —bostezó él, volviendo a su estado material.
Antes de que Kiran pudiera siquiera preparar otro ataque, el chico de cabello plateado ya estaba frente a él. Le apoyó la palma de la mano en el pecho.
—Ahora, duerme.
Una descarga de energía oscura, densa y corrupta estalló desde su mano. No fue un hechizo estilizado; fue pura fuerza bruta. Kiran salió disparado diez metros por el aire, chocando brutalmente contra el tronco de un árbol.
Cayó al suelo, escupiendo sangre, sintiendo cómo le crujían las costillas. Su visión se llenó de manchas negras. Sentía que el aire y la vida se le escapaban.
El doble caminó tranquilamente hacia él, pero se detuvo a escasos cinco metros de distancia.
—Esperaba más de mi otra mitad. Qué decepción.
Kiran cerró los ojos, incapaz de levantar los brazos, esperando el golpe final.
Pero entonces, un silbido afilado cortó el aire.
Un proyectil rojo, denso y oscuro como sangre coagulada, pasó volando por encima de Kiran y aterrizó exactamente a los pies de su doble.
El chico lunar, que ya había retomado su marcha para capturarlo, se detuvo y miró hacia abajo, arqueando una ceja.
—¿Mmm?
En el suelo negro, rodeandole por completo, se trazó instantáneamente un inmenso círculo rúnico de seis metros de diámetro. Brillaba con un color carmesí intenso. El aire del bosque se impregnó de golpe con un olor espeso a hierro y óxido.
El doble, hundido en su propia arrogancia, ni siquiera intentó saltar fuera del área. Se quedó mirando las runas con genuina curiosidad.
—¿Magia de Sangre? —murmuró, esbozando una sonrisa torcida—. Qué retro. A ver qué hac...
El Blood Rite (Rito de Sangre) detonó. El gigantesco emblema carmesí que se había dibujado en el suelo estalló hacia arriba en un violento géiser de sangre y energía roja. El doble hizo una leve mueca de dolor cuando la erupción de daño puro lo barrió de golpe desde abajo, quemándole los bordes de la túnica y chamuscando un poco su piel pálida antes de disiparse en el aire en forma de niebla. Pero el dolor físico no era el verdadero objetivo del hechizo.
El chico abrió la boca para lanzar un contraataque. Sus ojos oscuros intentaron brillar para invocar la energía de la luna... y no pasó absolutamente nada.
Silencio total.
El ritual acababa de asfixiar su maná, cortando por completo su conexión con la magia.
Se miró las palmas de las manos, luciendo genuina y profundamente irritado por primera vez desde que empezó el combate.
—¡Kiran! ¡Levántate!
Kiran abrió los ojos con pesadez. La visión le daba vueltas. Miranda corría hacia él; ya no lucía como la chica tranquila de la biblioteca. Tenía el rostro pálido por el esfuerzo y sostenía una pequeña daga en la mano derecha.
—¿Miranda...? —balbuceó Kiran.
Ella no se detuvo a explicar. Lo tomó por debajo del brazo y lo levantó casi a rastras, echándose su peso al hombro.
—¡El Silencio del ritual solo dura treinta segundos! ¡Vámonos, ahora!
El doble, con el rostro desfigurado por la furia al darse cuenta de que su magia seguía bloqueada, corrió hacia ellos a zancadas largas, dispuesto a atraparlos físicamente y despedazarlos con sus propias manos. Era letalmente rápido, incluso sin hechizos.
Miranda se giró a medias. Atacó directamente su flujo biológico.
—¡Coagulación!
La maldición invisible lo golpeó al en pleno sprint. El gemelo trastabilló, sintiendo de pronto que sus extremidades pesaban toneladas. Su sangre se espesó como brea dentro de sus venas, reduciendo drásticamente su velocidad de movimiento y volviendo sus pasos torpes y pesados.
Aprovechando la ventaja, Miranda sacó un cristal tallado de su bolsillo, lo estrelló violentamente contra el suelo y gritó una palabra de activación en un idioma antiquísimo.