Kiran yacía en su cama, envuelto en vendajes que Jorel había conseguido. Cada vez que respiraba, sentía como si tuviera vidrios rotos frotándose contra sus pulmones.
—Tienes que ir a la enfermería, amigo —susurró Jorel, genuinamente preocupado, mientras le cambiaba un paño húmedo de la frente—. Estás hirviendo en fiebre.
—No... —jadeó Kiran—. Si voy... van a hacer preguntas.
La pesada puerta de la habitación se abrió de par en par. No fue una entrada normal; el seguro metálico simplemente cedió, destrozado por una voluntad invisible.
Jorel dio un salto hacia atrás. Kaida, que estaba sentada en el suelo, se puso de pie con ambas manos encendidas en llamas.
Pero el fuego se extinguió al instante en cuanto vieron la figura en el umbral.
La Decana Evelyn Thorne entró. No caminaba, marchaba. Su rostro era una máscara de furia contenida y llevaba un maletín de cuero negro en la mano derecha.
—Fuera —ordenó a Jorel y Kaida. Su tono era bajo, pero no admitía réplica.
—Pero, Decana, él está... —intentó intervenir Jorel.
—Dije fuera.
Los amigos de Kiran intercambiaron una mirada de alarma, pero no se atrevieron a desafiarla. Salieron de la habitación y cerraron la puerta a sus espaldas.
Evelyn se acercó a la cama. No preguntó cómo se sentía ni qué había pasado. Simplemente agarró los vendajes caseros y los rasgó con un movimiento brusco.
Kiran soltó un grito sordo.
Evelyn examinó la piel amoratada del pecho. Las venas alrededor del impacto se marcaban de un color negruzco, como si tinta oscura se hubiera filtrado bajo la epidermis.
—Daño necrótico —dictaminó con frialdad—. Residuos de sombra y luz lunar corrupta. Esto no te lo hiciste cayéndote de las escaleras, Kiran.
Abrió su maletín y extrajo un frasco de cristal que contenía un líquido verde y espeso. Se lo hizo beber casi a la fuerza. Sabía a menta podrida y a tierra, pero el dolor punzante en las costillas de Kiran disminuyó a los pocos segundos.
—Habla —exigió ella, tomando asiento en la silla junto a la cama y cruzando las piernas—. Y te sugiero que no intentes mentirme. Sé reconocer perfectamente cuando un alumno lo hace.
Kiran tragó saliva. El alivio del dolor físico le permitió pensar con más claridad. Sabía que tenía que confesar una parte de la verdad, pero debía proteger a Miranda a toda costa.
—El pasillo del Ala Norte... —empezó, midiendo sus palabras—. Pasé por la Sala de los Espejos. No estaba cerrada. Sentí algo, como un tirón. El espejo se abrió y... entré.
Evelyn cerró los ojos, como si intentara contener una migraña repentina.
—Continúa.
—Aparecí en un bosque marchito, lleno de niebla. Había bestias de sombra. Las eliminé. Y luego... apareció él.
Kiran buscó la mirada de su instructora.
—Era igual a mí, Decana. Idéntico. Pero tenía los ojos negros. Completamente vacíos. Me llamó "hermano" y me atacó con magia de luna, pero su luz era oscura, violeta.
Evelyn se levantó y caminó hacia la ventana de la habitación, dándole la espalda. Kiran notó cómo la tensión endurecía sus hombros.
—¿Y cómo escapaste? —preguntó, sin voltear—. Si ese chico era quien creo que es, no deberías estar aquí en este momento.
Kiran apretó las sábanas con los puños. Aquí venía la mentira.
—Su poder me superaba. Me iba a matar o capturar. Pero creo que su propia arrogancia lo distrajo. En un descuido, le lancé un Solar Flare directo a la cara y lo cegué. No me quedé a ver qué pasaba; corrí hacia la vibración del portal y me arrojé de regreso a la academia justo antes de que se cerrara.
Evelyn se giró lentamente y lo analizó unos largos segundos. Kiran le sostuvo la mirada, usó la Mente de Hielo para no parpadear.
—Suerte de principiante. Y agradece que las runas automáticas de la academia sellaran el espejo tras de ti —murmuró Evelyn finalmente, comprando la historia a medias, o tal vez decidiendo no presionar más por el momento.
Dejó escapar un suspiro pesado y su expresión perdió algo de dureza, revelando una genuina preocupación que Kiran no le había visto antes.
—Kiran, lo que viste allá afuera es real. Tienes un hermano gemelo, se llama Dorian. Y es afín a la Luna.
—¿Es en serio? —Kiran sintió un nudo en la garganta—. ¿Cómo es posible? ¿Por qué mis padres adoptivos nunca me dijeron nada?
—Tal vez para protegerte. Vorath, el hechicero oscuro del que te hablaron tus amigos, busca una sola cosa para completar su obra: el equilibrio perfecto. Sol y Luna. La sangre de dos gemelos.
Evelyn se acercó de nuevo y apoyó una mano firme sobre su hombro.
—Pero esos ojos negros que describiste... son la prueba de la Esencia de las Sombras. Es un parásito mágico que Vorath utiliza para corromper y controlar a sus generales. Tu hermano no actúa por voluntad propia, Kiran. Es una marioneta. Una marioneta inmensamente letal.
—¿Y quiénes son nuestros padres biológicos? ¿Usted los conoce?
—Solo sé lo que dictan los viejos registros —respondió Evelyn, apartando la mirada con un deje de evasión—. Sé que tienes un hermano, y sé que Vorath los busca a ambos por encima de cualquier cosa.