Esmeraldas, 25 de abril de 2024. El reloj marcaba las 15:24 y el calor de la tarde se sentía como un peso físico sobre mis hombros. Pero ese día, el calor ambiental no era lo único que agobiaba a la ciudad. Ecuador atravesaba una de sus crisis más oscuras. Una sequía severa, la peor que habíamos visto en décadas, había reducido nuestros ríos a hilos de agua, dejando a las hidroeléctricas —el corazón de nuestra energía— latiendo a duras penas. La falta de inversión y la suspensión de energía desde Colombia nos habían sumido en apagones programados que llegaban a durar hasta 14 horas.
En medio de ese silencio eléctrico, donde el único ruido era el de mis propios pensamientos, yo estaba ahí: una "niña de casa", la menor de mis hermanas, refugiada en la pantalla de mi celular.
Había descargado una aplicación para conocer gente. No buscaba un drama épico, ni una historia que me destrozara el alma; simplemente buscaba amistad, alguien con quien hablar en medio de esa soledad conectada. Llevaba casi una semana navegando entre perfiles vacíos, pero a esa hora exacta, ella apareció en mi pantalla.
Al primer momento que la vi, algo en mi interior cambió de ritmo. Fue una frecuencia distinta, un interés que no había sentido con nadie más. Quise escribirle de inmediato, pero la aplicación me detuvo con un mensaje frío: “Has alcanzado el límite de mensajes por hoy”.
Sentí una urgencia extraña. No quería perderla en el mar de perfiles que el algoritmo devora cada segundo. Recordé que la app otorgaba monedas por ciertas acciones y, por suerte, tenía justo lo que necesitaba. Sin dudarlo, gasté mis monedas, ese pequeño tesoro virtual, solo para poder enviarle cuatro palabras que, sin saberlo, marcarían el resto de mi existencia:
—Hola, ¿qué tal? —escribí, con el corazón latiendo rápido.
No pensé que ese saludo sería el inicio de mi caída y mi ascenso. Hasta ese día, mis conversaciones con extraños eran un ciclo repetitivo y aburrido: “Hola, ¿cómo estás?”, “¿Qué haces?”, “Ah, qué bien, me alegro”. Mis charlas solían morir ahí, o la gente llegaba a pensar que yo era una especie de detective por mis preguntas cortas y directas.
Pero con ella, todo fluyó.
Empezamos hablando de lo que nos unía a todos los ecuatorianos en ese momento: la falta de luz. Le conté cómo los cortes de energía exponían nuestras vulnerabilidades y cómo las plantas termoeléctricas no daban abasto. Ella me escuchaba, respondía con interés, y la conversación se volvió un refugio contra la oscuridad que nos rodeaba.
Le pregunté si era de aquí, de Ecuador. Me confesó que apenas llevaba dos meses en el país. Yo, por mi parte, le conté que apenas tenía un mes de haber regresado a Esmeraldas, la ciudad donde nací, después de haber estado estudiando en otra ciudad. Éramos dos personas reubicándose en el mundo, encontrándose en un chat mientras el país se apagaba.
Hablamos por horas sin parar. Me contó que practicaba fútbol, pero que lo había dejado a los 15 años. Me sorprendió saber que conocía ocho idiomas; su mundo parecía tan vasto comparado con el mío.
Esa misma tarde, el vínculo se trasladó a otro escenario: el campo de batalla de Free Fire. —Juguemos —le propuse.
Ella ya estaba en un grupo con sus amigos, en medio de su propio círculo social. Pero entonces ocurrió lo impensable para mí: los dejó. Abandonó a su escuadra solo para entrar en una partida conmigo. En ese instante, sentí un vuelco en el pecho. "Nunca nadie había hecho esto por mí", pensé, tratando de convencerme de que no debía imaginar cosas donde no las había.
Yo siempre me había considerado una buena jugadora, pero con ella… con ella me volvía "manca". Mis dedos no respondían igual, me distraía, perdía la puntería. No sé qué tenía su presencia virtual, pero me ponía nerviosa. Ella, en cambio, era impecable. Me salvaba una y otra vez, cubriéndome las espaldas en el mapa mientras yo intentaba recuperar el aliento.
Aquel 25 de abril, entre bromas, disparos y el conteo de las horas para el próximo apagón, mi "corazón de pollito" empezó a latir por alguien que solo conocía en píxeles. Ignoraba que estaba entregando mi paz a una persona que, meses después, me haría entender por qué los lobos prefieren la soledad.