Después de aquel 25 de abril, mi realidad se dividió en dos: el mundo físico de Esmeraldas, sumido en el sopor del calor y la incertidumbre de los apagones, y el mundo digital donde ella era el único sol que no se apagaba.
En apenas cinco días, el contador de la aplicación de citas registró una cifra que hoy me parece un grito de auxilio o de esperanza: 558 mensajes. No eran textos vacíos. Eran párrafos donde desnudábamos nuestras rutinas, donde hablábamos de lo que hacíamos a cada minuto. Yo le contaba mis días como la "hija menor", esa niña de casa que siempre debía estar bajo el radar familiar, y ella me hablaba de sus días, de sus intereses, de su vida que me parecía tan fascinante y lejana.
Fluíamos. Esa es la única palabra. Con otros, mis conversaciones eran desiertos de "holas" y "cómos estás" que terminaban en el abandono. Con ella, cada respuesta generaba una nueva pregunta. Mi timidez, que en persona era una muralla de piedra, en el chat se convertía en una curiosidad insaciable.
Llegó el 30 de abril. La noche había caído sobre Esmeraldas y, con ella, la oscuridad de un nuevo corte de luz. En la penumbra de mi cuarto, recibí el mensaje que tanto esperaba: me pidió mi número para hablar por WhatsApp. Sentí un vuelco en el estómago. Dar el salto de la app a WhatsApp era como dejar la seguridad de una balsa para lanzarse al océano abierto. Era darle acceso a mi vida privada, a mi disponibilidad, a mi intimidad.
Le di mi número. Ya era tarde, pero la adrenalina no me dejaba dormir. Me escribió casi de inmediato. Intercambiamos unas pocas palabras esa noche, una conversación nocturna que se sentía como un susurro en medio de la nada. Sin embargo, noté algo que no me gustó: ella tenía activa la duración de mensajes temporales.
Esa opción me generaba una incomodidad profunda. Ver cómo las palabras se desvanecían después de un tiempo me hacía sentir que lo que estábamos construyendo era desechable, que no tenía derecho a guardar un recuerdo de lo que sentíamos. Yo soy de las que atesora, de las que guarda cada detalle, así que, movida por un impulso de propiedad y transparencia, quité la opción de los mensajes temporales.
Quería que todo quedara ahí. Quería pruebas de que existíamos.
Debido a ese cambio, la pequeña charla de la noche del 30 se borró, pero a partir del 1 de mayo, cada palabra, cada punto y cada coma quedaron grabados para siempre. Me fui a dormir con una sonrisa, sintiendo que había ganado una pequeña batalla contra el olvido.
Al día siguiente, el 1 de mayo, mi primer pensamiento fue para ella. Le escribí preguntándole si al fin y al cabo se había tenido que quedar en casa. Me respondió que sí, que se sentía malita. En ese momento, mi "corazón de pollito" se desbordó. No sabía qué era, pero sentía una necesidad física de cuidarla. Empecé a darle consejos, a decirle qué podía tomar, cómo podía descansar, qué podía hacer para sentirse mejor.
—Tienes que cuidarte —le decía, mientras ella recibía mis mimos digitales con una aceptación que me alimentaba el alma.
Ella mencionó que estaba buscando nana, ahí es donde entro yo, le digo sin persarlo dos veces — ya no busques más, yo puedo se su nana — le dije eso a lo que ella respondió —interesante, bueno entonces contratada— al ver esa respuesta sonreí mirando el mensaje.
Seguíamos con la plática, saltando de un tema a otro. Ella me contaba de sus 8 idiomas y yo me preguntaba cómo alguien tan capaz podía fijarse en una chica de Esmeraldas que apenas estaba redescubriendo su propia ciudad. Pero ahí estábamos, rompiendo la barrera del tiempo y el espacio.
Esa tarde, mientras navegaba por TikTok intentando distraerme del calor, me topé con un video de esos que parecen predestinados: "Si su nombre empieza con esta inicial, te tiene que invitar a un café". Se lo envié, casi como un juego, sin esperar mucho.
—¿Cuándo vamos por un cafecito? —me soltó ella de repente.
El aire se me escapó de los pulmones. —Cuando guste —respondí, tratando de sonar casual, aunque por dentro mis manos temblaban sobre el cristal del celular. —¿Segura? —insistió. —Por mí sí, pero debería de pedirle permiso a mi mamá. Ella no me deja salir con desconocidos.
Esa era mi realidad. La "niña de casa" que no podía cruzar la puerta sin un interrogatorio. Así que, por primera vez, me vi obligada a tejer una red de mentiras por ella. Le dije a mi mamá que saldría con una amiga del colegio, alguien que ellas ya conocían y en quien confiaban. Fue la primera grieta en mi transparencia familiar, el primer sacrificio que hice para ponerla a ella por delante de todo.
Antes de que ese encuentro se concretara, ella me comentó que tendría que irse de la ciudad en algún momento. La idea de perderla me dolió antes de haberla tenido. —Si algún día vuelves por acá, andamos en bici —le dije, intentando proyectar un futuro. —No digas "algún día" —me corrigió ella con esa seguridad que me desarmaba—. Eso suena a que nunca va a pasar.
Corregí mis palabras, buscando refugio en la letra de una canción: “Tal vez lo nuestro era solo para divertirse, pero este tonto suele confundirse y es triste…”. —¿Qué fue eso? ¿Romántica? —preguntó ella, divertida. —Es que soy romántica, jejeje. Nah, mentira —respondí rápido, usando el humor para ocultar que, en realidad, ya estaba empezando a quererla con una fuerza que me aterraba.
Ella se rió, me dijo que me había delatado solita. Seguimos hablando, explorando los gustos de la otra. Le pregunté si le gustaba el chocolate y su respuesta fue un "Claro, ¿a quién no?". —A mí no, jejeje —le mentí primero, solo para jugar—. Es broma, sí me encanta. Pero... tú me encantas más que el chocolate. Estás pasa'. Todo es tan normal, pero contigo es anormal.
Me quedé mirando la pantalla, asustada de mi propio atrevimiento. Nunca me había comportado así. Nunca había sido tan lanzada. Ella me respondió que la estaba confundiendo "bien feo". Y en ese momento, bajo el sol de mayo, entendí que ya no había vuelta atrás. La confusión era el preámbulo de la atracción, y el café que planeábamos ya no era solo una bebida; era el inicio de un incendio.