Soldado de su Propio Destino

Capítulo 3: El Contraste de la Verdad

Llegó el día. Aquella jornada de mayo no era una tarde cualquiera en Esmeraldas; para mí, era el día en que los píxeles debían convertirse en piel, y la voz de los audios en una presencia real. Pero el camino hacia ese encuentro estuvo pavimentado con la angustia de la traición a los míos. Como "niña de casa", el peso de la mentira me quemaba. Había usado el nombre de mi amiga del colegio como un escudo, una coartada perfecta porque mi familia confiaba en ella. Sin embargo, el corazón me latía con una culpa sorda mientras buscaba entre mis perchas la ropa adecuada. Quería verme bien, pero sin que pareciera que me había esforzado demasiado.

Ella, fiel a la seguridad que proyectaba en sus mensajes, fue la puntualidad personificada. Yo, por el contrario, no lo fui. Los nervios me jugaron una mala pasada y los minutos se me escaparon entre los dedos mientras terminaba de alistarme.

Cuando finalmente llegué al lugar acordado y mis ojos la encontraron, el mundo se detuvo. Fue un impacto visual que ninguna foto de la app había logrado transmitir. Había algo en su postura, en su forma de mirar, que me confirmó lo que tanto temía y deseaba: no era solo una amistad. Era una atracción real, física y abrumadora.

Pero la burbuja de ese primer momento estalló casi de inmediato. Mi mamá y mi hermana estaban ahí. El secreto se desmoronó frente a sus ojos. La mentira sobre la "amiga del colegio" quedó expuesta en un segundo de silencio gélido. Vi el enojo en el rostro de mi madre, una mezcla de decepción y furia que me hizo querer desaparecer. Tenían razón en estar enojadas, yo lo sabía, pero en ese instante mi mente estaba dividida: una parte de mí pedía perdón, y la otra solo quería confirmar si lo que sentía por la chica frente a mí valía el riesgo.

Y sí, lo valía.

Mi timidez, que siempre había sido mi sombra, se volvió impresionante. Traté de ocultar el temblor de mis manos y el nudo en mi garganta diciendo que "esto sucede cuando recién conozco a alguien", pero la verdad era más profunda. Tenía miedo. Miedo de ser demasiado evidente, miedo de ir directo y declararme ahí mismo, rompiendo todas las reglas de la prudencia. Me repetía a mí misma que el amor que sale deprisa siempre termina mal, que debía contenerme, que debía actuar con la madurez que todos decían que yo tenía.

Fuimos a comer. La conversación fluía con esa mezcla extraña de incomodidad y fascinación de la primera vez. En un momento de descuido, bajo la mesa, ella me pisó el pie. Fue un gesto juguetón, una chispa que rompió el hielo. —¡Nooo! Mis lonas son blancas —dijo ella con una sonrisa traviesa cuando yo le devolví el pisotón. —Disculpa —le dije, pero mi risa era nerviosa y genuina.

Verla sonreír por algo tan pequeño me hizo olvidar por un segundo el juicio que me esperaba en casa. Cuando llegó la cuenta, intenté devolverle lo que yo había consumido, pero ella fue firme. No me recibió el dinero. Fue un gesto de generosidad que me hizo sentir pequeña y cuidada a la vez.

El regreso a casa fue un calvario de silencios cortantes y reclamos de mi madre y mis hermanas. Estaban molestas por la mentira, por el riesgo, por lo desconocido. Pero mientras ellas hablaban, yo solo podía pensar en ella. En sus ojos, en el pisotón de sus lonas blancas, en la forma en que el aire cambiaba cuando ella hablaba. Ahí, en medio del regaño familiar, tuve la certeza absoluta: me gustaba.

Poco después de llegar, mi teléfono vibró. Era ella. —Me avisas cuando estés en tu house —escribió. Mi "corazón de pollito" saltó de alegría, pero mi orgullo y mi timidez me hicieron responder con una de mis bromas: —¿Pa' qué o qué? No soy nada suyo. Es broma, sí ya llegué jajaja.

Le pregunté si ella seguía en el lugar, y cuando me respondió con un toque de misterio —no le voy a decir más nada, mejor olvide lo que dije—, yo, sintiéndome quizás demasiado valiente por el éxito del encuentro, fui un poco dura. —Jejeje no se me enoje lo siento, ¿si? —le escribí cuando vi que no respondía—. Oiga, no me deje en visto.

Su respuesta fue una de esas frases que se me quedarían grabadas por meses: —Jajaja amo tu inocencia. A pesar de que eres de Esmeraldas, te faltan cosas que aprender. Usted se delató solita hoy.

Aquella noche, mientras mis hermanas dormían y el calor de mayo seguía pegado a las paredes, entendí que me había metido en un laberinto. Ella veía mi inocencia como algo tierno, pero también como una debilidad. Y yo, que me creía tan madura para mi edad, estaba a punto de empezar un curso intensivo de dolor, alegría y confusión que duraría hasta el 2026.



#5247 en Novela romántica
#2011 en Otros
#352 en Novela histórica

En el texto hay: crecimientopersonal, darkromace

Editado: 26.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.