Si el 21 de mayo fue la cúspide de mi felicidad, los días que siguieron fueron el inicio de una caída lenta hacia la ansiedad. En mi casa, el aire se volvió denso. Ser la "niña de casa" tenía un precio: mi privacidad era un concepto inexistente. Mi hermana mayor sabía de lo nuestro, pero mi mamá, con ese instinto detector de secretos, empezó a notar que mi sonrisa no era la de siempre. No aceptaba que su hija menor estuviera vinculada sentimentalmente con otra mujer. Para ella, no era solo una relación; era un problema que debía ser analizado, cuestionado y, de ser posible, disuelto.
Ese rechazo familiar empezó a filtrarse en mi relación como un veneno silencioso. Yo intentaba protegerla a ella, intentaba que no sintiera la hostilidad de mi hogar, pero ella no era ajena a la tensión. El estrés de su vida privada, sus estudios y su trabajo ya eran una carga pesada, y sumarle el juicio de mi familia terminó por provocar su primer cambio brusco de actitud.
Ella siempre fue una persona reservada, de esas que no andan contando su vida a la ligera. Yo respetaba su misterio, pero mi madre y mi hermana mayor me presionaban constantemente. Querían saber quién era, de dónde venía, qué hacía. Me decían que era una persona mala, que solo quería hacerme daño. Yo la defendía con uñas y dientes, con el valor que solo da el primer amor, pero el desgaste era inmenso.
—Ella me quiere —les repetía una y otra vez, sintiendo cómo el nudo en mi garganta se hacía más grande.
La situación llegó a un punto de quiebre cuando mi familia decidió tomar cartas en el asunto por su cuenta. No se quedaron tranquilas con mis respuestas evasivas y decidieron buscar su nombre y apellido completo en bases de datos. Querían "información real". En un descuido, o quizás por exceso de confianza, mi hermana le pidió permiso a una página para descargar un documento, y fue en ese trámite que ella se dio cuenta de que la estaban investigando.
Me enteré por un amigo de ella. Me llamó para decirme que estaba furiosa, que se sentía invadida y vigilada. Cuando finalmente pude hablar con ella, su voz ya no era la de mi "Solecito". Era una voz fría, cortante, cargada de una decepción que me dolió más que cualquier regaño de mi madre.
—Si en tal caso esta relación no llegara a ningún lado —me escribió en un mensaje que se me quedó grabado en el alma como una sentencia—, y por algún motivo terminamos, solo te puedo decir esto: haz como que nunca fuimos nada. Mantengamos la distancia. Si nos llegamos a encontrar en la calle, solo haz que nunca supiste de mi existencia. Te lo digo porque siempre que termino con alguien hago eso, no me gusta tener contacto con el pasado.
Esas palabras fueron un golpe seco a mi "corazón de pollito". Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Ella ya estaba planeando el olvido mientras yo todavía estaba intentando construir un presente. Me di cuenta de que no estaba cómoda conmigo, que mi entorno la estaba asfixiando y que, en lugar de unirse más a mí para enfrentar la tormenta, ella empezaba a levantar muros de hielo.
Mi relación se volvió un campo de batalla psicológico. Había días en los que se mostraba amorosa, pero eran cada vez más escasos frente a los días de frialdad extrema. Mi mamá y mi hermana no ayudaban; cada vez que me veían triste, repetían el mismo mantra: "Ella no te quiere, date cuenta". Esa frase me sofocaba. Empecé a temblar físicamente por los pensamientos que invadían mi cabeza. La ansiedad me devoraba por dentro.
Un día, no pude más y enfrenté a mi madre con toda la rabia que había acumulado: —¡Ella sí me quiere! La única que no me quiere como soy es usted. Solo porque me gusta una chica no me acepta. Si me quisiera un poco, intentaría entenderme.
Me vio mal, me vio rota, pero el alivio duró poco. Mi novia, lejos de ser mi refugio, empezó a tratarme con una formalidad dolorosa. A veces me decía "señora", otras veces "abuelita", burlándose de mi forma de ser o de mis valores de "niña de casa". Yo, sin embargo, ahí seguía. Le enviaba mensajes de ánimo, celebraba nuestros meses con detalles que ella recibía con sequedad, y me esforzaba por ser la fuente de desahogo que ella no quería usar.
Yo quería que ella viera en mí a alguien en quien confiar, alguien que no la juzgaría. Pero ella prefería el silencio. Y mientras mi familia seguía investigando y ella seguía alejándose, yo empezaba a entender que amar a alguien que no quiere ser encontrado es la forma más rápida de perderse a una misma.