Soldado de su Propio Destino

Capítulo 6: El Círculo de la Desconfianza

A medida que avanzaba el 2024, mi mundo dejó de ser una burbuja de dos. La presión en mi casa por parte de mi madre y mis hermanas no cesaba, pero ahora se sumaba un nuevo elemento: mi círculo de amistades empezó a entrelazarse con mi relación de una manera que yo no supe prever. En mi timidez, yo buscaba aliados, personas que me dijeran que todo estaría bien, pero terminé abriendo puertas que habrían sido mejor dejar cerradas.

Todo comenzó con un gesto de confianza que hoy reconozco como un error. Le di el número de teléfono de mi novia a una de mis amigas cercanas. Mi intención era simple, casi ingenua: quería que se conocieran, que ella tuviera a alguien más con quien hablar, quizás que mi amiga le diera "dos que tres confirmas" de lo mucho que yo la quería. Pero la respuesta de mi novia fue el silencio. Cuando finalmente nos reunimos y ella me preguntó quién le había dado su número, el ambiente se puso tenso. Le explicamos la situación y, aunque pareció quedar ahí, la semilla de la incomodidad ya estaba plantada.

Poco después, ocurrió lo que terminó por quebrar mi seguridad. Yo siempre estaba dispuesta a verla, siempre tomaba la iniciativa para salir, pero ella siempre parecía estar al límite de su tiempo entre el trabajo y el estudio. "Estoy ocupada", "surgió algo", eran las frases que yo aceptaba con resignación. Hasta que me enteré de la invitación.

Ella había invitado a mi amiga —la misma a la que yo le había dado su número— a comer un encebollado.

Cuando me enteré, el mundo se me vino abajo. No era por el plato de comida, era por el tiempo. Me dolió en lo más profundo de mi "corazón de pollito" porque ella siempre me decía que no tenía tiempo para mí, que si le sobraba un momento algo siempre pasaba. Sentir que ella encontraba espacio para otros, pero no para la persona que la defendía de todo el mundo, fue una puñalada a mi autoestima.

Cuando la cuestioné, el "mal genio" del que tanto me habían advertido estalló. Se enojó conmigo, se cerró en banda. Justo en ese momento ella también se había peleado con su propia madre, y yo, en lugar de priorizar mi dolor, terminé cediendo para que ella estuviera bien. Logramos superarlo, o al menos eso creía yo, y volvimos a salir. Pero las salidas ya no eran iguales. Ahora siempre íbamos acompañadas de mi amiga y mi hermana. Yo me sentía como una espectadora de mi propia relación, viendo cómo ella interactuaba con los demás mientras yo me quedaba en un rincón, luchando con mi timidez y mi falta de palabras.

Fue en esa época cuando mi "mejor amigo" de aquel entonces, quien también era mi ex-cuñado, empezó a tener un papel más activo. Él era la única persona con la que yo me desahogaba de verdad. Sabía que me gustaban las chicas y, al principio, me dijo que me apoyaba. Pero la gente cambia de cara muy rápido. Un día me decía que el amor era libre, y al siguiente me atacaba usando la religión, diciéndome que "Dios creó al hombre y a la mujer" y que lo que yo hacía estaba mal.

—Estoy dispuesta a pagar cualquier castigo que Dios me dé —le respondí una vez, con lágrimas en los ojos, pero con la convicción de que mi amor por ella era real.

Lo que yo no sabía era que este "mejor amigo" también tenía sus propios planes. Él conocía la historia de cómo le había quitado la novia a su anterior mejor amigo (mi hermana), pero yo, en mi afán de no estar sola, ignoré las señales. Confié en él, le conté mis miedos, mis debilidades y lo mucho que me afectaba que mi familia no me aceptara. No me daba cuenta de que le estaba entregando las herramientas para destruirme.

A veces, para escapar de todo ese ruido, me refugiaba en la playa. Esmeraldas tiene esa magia; el sonido de las olas parece llevarse los problemas por un momento. Salíamos las dos solas después de mucho insistir a mi familia. Esos eran mis momentos favoritos: cuando ella se acostaba en mi regazo frente al mar. Se sentía tan bien que me daba miedo moverme. Me daba miedo incluso poner mi mano sobre su brazo o su abdomen; no quería ser atrevida, no quería invadirla sin permiso. Así que simplemente dejaba mi mano sobre el césped o la arena, sintiendo su calor cerca de mí, deseando que el tiempo se detuviera ahí, donde mi madre no gritaba y donde los amigos no traicionaban.

Pero la paz duraba poco. Al llegar a casa, ella subía estados a WhatsApp que me hacían sentir insegura. Eran frases o fotos que parecían no incluirme, o peor aún, que parecían invitar a alguien más. Mi mamá y mis hermanas, que siempre revisaban mi celular a mis espaldas, usaban esos estados para machacarme: —¿Ves? Ella no te quiere. Ya se está viendo con otros y tú aquí de boba confiando.

La diferencia de madurez y de vida nos separaba: ella era independiente, dueña de su tiempo y de su dinero; yo era dependiente, atrapada en una casa donde no se me permitía crecer. Me encerraba en mi cuarto a llorar, sintiendo que la ansiedad se volvía una compañera constante. Empecé a sobrepensar todo, a responder sus estados con reclamos que nacían del miedo, y sin querer, empecé a dañar lo poco que nos quedaba.

No sabía que el verdadero peligro no estaba en sus estados de WhatsApp, sino en ese "mejor amigo" que ya estaba pidiéndole su número de teléfono para empezar a tejer la red que terminaría por asfixiarnos a las dos.



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En el texto hay: crecimientopersonal, darkromace

Editado: 26.01.2026

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