Soldado de su Propio Destino

Capítulo 7: El Filo de la Desesperación

El aire en Esmeraldas se volvió irrespirable para mí a mediados de aquel año. La traición no siempre llega con un grito; a veces se filtra en el silencio de una conversación que creías segura. Mi "mejor amigo", aquel ex-cuñado que conocía mis secretos más profundos y que había sido testigo de mi lucha por ser aceptada, decidió que era momento de jugar sus propias cartas.

Yo confiaba en él. Le contaba cómo me dolía que mi madre me llamara "boba", cómo me afectaba que mi novia se volviera cortante, y cómo mi "corazón de pollito" se desmoronaba cada noche. No imaginé que él usaría esa misma vulnerabilidad para acercarse a ella. Durante una de nuestras salidas grupales, él le pidió su número de teléfono. Yo no dije nada; en mi mente ingenua, pensé que era solo por amistad, una extensión del cariño que me tenía a mí.

Pero la envidia tiene un lenguaje venenoso. Pronto, él empezó a escribirle a ella, no para hablar de videojuegos o de la vida, sino para sembrar la duda. —¿Por qué estás con ella? —le decía a mi novia—. Déjala. Ella no tiene nada para darte. Es una niña de casa, no tiene futuro para ofrecerte. Mejor quédate conmigo.

Saber que la persona que yo consideraba mi confidente me estaba destruyendo por la espalda fue una puñalada que me dejó sin aire. Él intentaba imitar mi forma de ser, actuaba como yo, hablaba como yo, tratando de reemplazarme en el afecto de ella. Me llené de una rabia sorda, una impotencia que no podía descargar porque no tenía una comunicación abierta con mi novia. Ella nunca me permitía cuestionarla; si lo hacía, su "mal genio" estallaba y me dejaba en visto por días.

Esa falta de comunicación se volvió una tortura. Yo veía sus estados de WhatsApp, la veía salir, divertirse, y luego desaparecer por horas. Yo seguía ahí, firme, enviándole los "buenos días", deseándole lo mejor, regalándole besitos virtuales y recordándole lo orgullosa que me sentía de ella. Incluso le regalé un Stitch, ese muñequito que tanto deseaba. Ella me lo dio a mí después, y se convirtió en mi único refugio. Por las noches, me abrazaba a ese peluche imaginando que era ella, comprimiendo el sonido de mi llanto contra la felpa para que nadie en casa me escuchara. Dicen que cuando el llanto sale del alma, hace mucha bulla, y yo no podía permitirme que mi madre me viera así.

La presión llegó a un punto de quiebre absoluto. Entre el acoso de mi "mejor amigo" diciéndome que mi amor estaba mal ante Dios, y las palabras constantes de mi madre asegurando que yo no era nada para ella, mi mente se fracturó. La ansiedad se convirtió en una sombra negra que me susurraba que ya no valía la pena seguir.

Llegué al borde. Grabé notas de voz para todos mis seres queridos, despidiéndome, pidiendo perdón por no ser lo suficientemente fuerte. Tenía el plan, tenía la intención y tenía el dolor suficiente para dar el paso final. Pero en el último segundo, algo me detuvo. Fue el pensamiento de mi hermana, la que siempre estaba ahí, y la imagen de la chica que amaba. Pensé que, si me iba, nunca más tendría la oportunidad de ver si nuestra historia podía cambiar.

Decidí vivir, pero el precio fue el aislamiento. Me alejé de mi supuesto mejor amigo, corté los lazos que me unían a su toxicidad y me refugié en el único lugar donde nadie podía juzgarme: TikTok. Fue allí donde conocí a una chica de ojitos verdes. Nunca pensé que tendríamos una conexión tan bonita. Éramos como los "tres mosqueteros" junto a otro chico que se sumó al grupo. Ella era un amor, un bálsamo para mis heridas, aunque yo me esforzaba por no dar demasiado cariño. Tenía miedo de volver a encariñarme y que mi madre, al notar mi cercanía con ellos, empezara a atacarme de nuevo y yo terminara dañando a gente inocente con mi frustración.

Mi relación con mi novia seguía en un hilo. Ella decía que me amaba y que lucharía por nosotras a pesar de mi familia, pero sus acciones decían lo contrario. Se volvía más distante, más misteriosa. Un día, una de mis amigas le quitó el celular en broma para revisar sus mensajes y ella reaccionó con una desesperación defensiva, tratando de recuperarlo a toda costa. —Oculto algo —me dijo mi amiga después. —No importa —respondí yo, con la ceguera de quien no quiere perder su última esperanza—. Ella dice que me lo contará cuando esté lista.

Yo estaba dispuesta a perdonar lo que fuera, a ignorar cualquier señal, con tal de que ella no se fuera. No sabía que estaba alimentando una obsesión que me consumiría dos años más de vida, y que mi "corazón de pollito" estaba a punto de enfrentarse a la prueba más dura: ver cómo ella y mi ex-mejor amigo se encontraban a mis espaldas, mientras yo seguía esperándola con un girasol en la mano y una carta que ella nunca terminaría de leer con el corazón.



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En el texto hay: crecimientopersonal, darkromace

Editado: 26.01.2026

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