Dicen que el presente es solo el resultado de las batallas que no supimos ganar en el pasado. Para entender por qué me aferraba con tanta fuerza a la chica de la app, primero debo abrir una gaveta que mantuve cerrada con llave: mi vida antes de 2024. Aunque soy la menor de tres hermanas, siempre se me ha cargado con el peso de ser la "madura", la que cuida, la que asume los errores ajenos para que el golpe no sea tan duro para los demás. Pero esa madurez nació del dolor.
Antes de esta historia, ya había conocido el sabor amargo de la distancia. Tuve una relación que se rompió varias veces por culpa de la presión de nuestros padres. Recuerdo un día en que el dolor fue tan físico que mi cuerpo se quedó sin color; perdí el sentido de la realidad y mi tía, asustada, tuvo que subirme a un carro para llevarme a un lugar donde el aire me devolviera la vida. El amor ganó esa batalla momentáneamente, pero perdió la guerra contra la inseguridad. Ella me dejó por miedo a decepcionar a sus padres, y ese vacío me empujó a un abismo que casi me cuesta la carrera.
En ese entonces, estaba en la universidad, lejos de casa. Un día, tras recibir la noticia final del quiebre, busqué refugio en el alcohol con mis compañeros de clase. No medí la cantidad; quería apagar el incendio que llevaba dentro. Cuando mi madre regresó a la ciudad dejándonos solas por el estudio, perdí el control.
Tenía una hora de clase pendiente y, en mi estado de embriaguez, cometí el error de presentarme. Corrí hacia el aula, riendo para no llorar, mientras el mundo daba vueltas. Una amiga se acercó a ayudarme con una presentación de PowerPoint y susurró lo que yo ya sabía: —Hueles a puro alcohol.
Terminé el trabajo como pude, entregué mi deber apenas minutos antes de la hora límite y me desplomé. Mi hermana tuvo que correr desde lejos para recogerme. Ese día aprendí que podía estar destruida por dentro y aun así cumplir con mis responsabilidades. Me convertí en la cuidadora de mis dos hermanas mayores, asumiendo sus errores para evitarles problemas, sofocándome a mí misma y quedándome sin tiempo para ser, simplemente, una chica de mi edad.
De vuelta al 2024, esa misma dinámica de sacrificio se repetía. Mi "mejor amigo", el ex-cuñado que me traicionaba, empezó a decirme que ella me dejaría porque él se comportaba "mejor" que yo. Él sabía que yo no tenía una comunicación abierta con mi novia y usaba eso para llenarme de rabia e inseguridad.
Yo intentaba ser detallista para compensar lo que sentía que me faltaba. Le enviaba mensajes de buenos días, le deseaba éxitos y abrazaba al Stitch que ella me dio, llorando en silencio para no romper mi imagen de "hermana fuerte". Me sentía orgullosa de ella, pero ese orgullo me cegaba. No quería ver que mi mejor amigo le estaba pidiendo el número para convencerla de que yo "no tenía nada para darle".
A veces, ella desaparecía. El silencio era su respuesta favorita. Yo le escribía mandándole besitos virtuales, diciéndole que la amaba pase lo que pase, mientras ella se distanciaba más y más. En una de esas desapariciones, ella se fue de viaje y ocurrió lo que mi ansiedad ya había predicho: se vio con él, mi supuesto mejor amigo.
Vi el estado en su WhatsApp. "La pasamos muy rico", "Buen viaje". El mundo se me vino abajo. Sentí que lo había hecho para provocarme, para ver hasta dónde aguantaba mi "corazón de pollito". Exploté. —Sé que estuviste con el supuesto mejor amigo —le escribí, con las manos temblando—. Sé que él quiso que me dejaras y tú te apegaste más a él. Bonita foto tienen ahora. Me alegro por ustedes.
Su respuesta fue un balde de agua fría: —Buen día. Si no sabes cómo son las cosas, no hagas comentarios absurdos. Yo sé diferenciar la amistad de lo amoroso. Ya estás grande para dejarte llevar por todo lo que ves. Madura un poquito.
Me sentí pequeña, humillada y confundida. Ella me decía que "era la misma cosa conmigo", mientras yo solo pedía un poco de la comunicación que ella le regalaba a otros de "casualidad". Me pidió disculpas después, pero la grieta ya estaba ahí. Antes de eso ella empezó a hacerme bromas crueles, como decirme que lo nuestro se había acabado solo para ver mi reacción, y si la broma iba bien lo publicaría en el grupo de sus amigos en donde ella estaba, teniéndome una semana en vilo antes de decir que era "una broma", esos días fue de tormento, ella me dijo todo eso pero nunca la dejé sola, le dije que si va a terminar así que nos veamos y la volvía a volver a conquistar de forma presencial que no la quería perder.
Entendí entonces por qué me gustaban tanto los lobos. No era por su ferocidad, sino por su capacidad de sobrevivir solos. Mi obsesión con ellos era un presagio: mi destino estaba empezando a escribirse lejos de la gente que me rodeaba, lejos de las puñaladas por la espalda y de los amores que se esconden tras un emoji de sudor frío. Estaba empezando a transformarme en la loba que no necesita que nadie le diga que es "madura", porque su propia supervivencia es la única prueba que necesita.