Soldado de su Propio Destino

Capítulo 9: El Eclipse de las Luces

Diciembre llegó a Esmeraldas no con la alegría de las fiestas, sino con una frialdad que no tenía nada que ver con el clima. Para mi "corazón de pollito", las festividades siempre habían tenido un significado de unión, pero en 2025, el fin de año se sintió como el fin de una era. Ella estaba cada vez más lejos, sus respuestas tardaban horas —a veces cinco, a veces seis— y mi ansiedad se alimentaba de ese vacío.

El 21 de diciembre cumplíamos un mes más. Un mes de resistencia, de silencios y de pequeñas batallas ganadas al desprecio de los demás. Le escribí un mensaje cargado de todo lo que aún me quedaba por ofrecer: —Feliz mesecito, amor. Otro mes más a tu lado. Aunque no estemos tan bien, te daré otros meses más de felicidad que de tristeza. Te amo mucho.

Su respuesta fue un telegrama de cortesía: —Feliz mes, amor. También te quiero y te amo.

No hubo más. Intenté llamarla, una y otra vez, buscando recuperar la conexión de aquellos primeros días de mayo, pero el tono de llamada se perdía en la red. Cuando finalmente me respondió, hablamos poco. Sentí que estaba cumpliendo con una obligación más que disfrutando de un vínculo.

Llegó la Nochebuena. El 24 de diciembre, mientras mi familia se reunía y el ruido de la ciudad intentaba ocultar mi tristeza, le envié una foto mandándole un besito, deseándole una noche buena. Su respuesta no llegó sino hasta el 25 de diciembre a las 8:56 de la mañana. Me dijo que estaba de "mal genio". Ya me había acostumbrado a que sus emociones dictaran el ritmo de nuestras vidas; si ella estaba mal, el mundo debía detenerse. Si ella estaba ocupada, yo debía esperar.

El 31 de diciembre, mientras el año viejo se quemaba en las calles, le escribí para despedir el año. Ella respondió, pero el 1 de enero de 2026 el silencio fue total. No hubo un "Feliz Año", no hubo un "empecemos mejor este ciclo". El 2 de enero le comenté un estado de WhatsApp, buscando una reacción, cualquier cosa que me confirmara que aún existía para ella. Nada. El 3 de enero, mi desesperación explotó en una pregunta: —¿Todo es falso ahora? Si te escribo, ¿no me vas a responder? ¿Cuándo nos vamos a ver?

Su respuesta fue un golpe seco: —Por el momento, no te quiero ver.

Esas palabras me rompieron. "No te quiero ver". ¿Cómo habíamos pasado de las lonas blancas y el regazo en la playa a este rechazo frontal? Sentí que el 2026 empezaba con una sentencia de muerte para mi relación. Pero, fiel a mi naturaleza de loba que no se rinde, decidí hacer un último acto de fe.

Fui a buscarla a su instituto. La vía estaba hermosa, el sol de Esmeraldas brillaba con una ironía cruel. Le llevé un girasol —una de sus flores favoritas— y una carta donde había volcado mi alma, pidiéndole perdón por mis impulsos, por mis reclamos, por mi necesidad de ser amada. La vi, y para mis ojos, ella seguía siendo la mujer más hermosa, a pesar del dolor. Sin embargo, ella tenía prisa. Tenía una reunión, tenía una vida en la que yo ya no parecía encajar.

—Te escribo cuando llegue a casa —me dijo.

Solo me escribió para preguntar si yo había llegado bien. De ahí en adelante, el silencio se volvió un muro de hormigón. Quedamos en vernos otra vez, pero siempre había una excusa: salió tarde, no pudo, en otro momento será.

Fue entonces cuando comprendí lo que ella me había dicho una vez: "Cuando algo se daña en el primer momento, todo se arruina". Ella creía que nuestra relación estaba rota desde diciembre, desde que mis inseguridades por ese chico que desaparecí de mi vida y de mis redes sociales y por mi familia empezaron a sofocarla. Pero lo que ella no veía era que sus silencios fueron los que pusieron los ladrillos de ese muro.

Me quedé sola con la imagen de que ella se fue con su girasol subiéndose al carro y mi "corazón de pollito" convertido en piedra. Entendí que mi destino era ser una loba solitaria, no porque no supiera amar, sino porque había amado tanto que ya no me quedaba nada para darle a quien no quería recibirlo. Decidí que mi futuro estaría en un uniforme, en la disciplina militar o policial, donde las órdenes son claras y la traición se paga caro. Ya no habría más "abuelitas", ni más "señoras", ni más esperas de cinco horas por un mensaje.

El 2026 me encontraría siendo dueña de mi propio camino, agradeciendo a la chica de la app por haberme enseñado, a través del dolor, que la única persona que nunca me dejaría en visto era yo misma.



#5808 en Novela romántica
#2257 en Otros
#385 en Novela histórica

En el texto hay: crecimientopersonal, darkromace

Editado: 17.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.