Hubo un tiempo, entre la euforia del inicio y la agonía del final, en que mi único consuelo cabía entre mis brazos. Ella sabía que yo siempre había querido un Stitch. Ese pequeño extraterrestre azul, con sus orejas grandes y su mirada curiosa, representaba para mí algo tierno en medio de la dureza de mi realidad. Cuando ella me lo regaló, sentí que me estaba entregando un pedazo de su ternura, una promesa de que, a pesar de su mal genio y su distancia, ella conocía mis deseos más simples.
Ese muñequito se convirtió en mi guardián. En las noches de Esmeraldas, cuando el calor no dejaba dormir y los pensamientos sobre mi supuesto mejor amigo o las críticas de mi madre daban vueltas en mi cabeza como buitres, yo me abrazaba al Stitch. Lo apretaba contra mi pecho imaginando que era ella, buscando en la suavidad de la tela el consuelo que ella no me daba por mensaje.
Pero el Stitch también fue testigo de mi mayor sacrificio: el silencio.
Cuando uno llora desde el alma, el sonido es desgarrador. Es un llanto que busca salir con fuerza, un sollozo que sacude el cuerpo. Pero yo no podía permitirme ese lujo. En mi casa, cualquier señal de debilidad era usada como arma. Si mi madre o mis hermanas me escuchaban llorar, empezarían de nuevo: "¿Ves? Te lo dijimos, ella no te quiere". Así que aprendí a llorar hacia adentro. Hundía mi cara en el muñequito de Stitch, mordiendo la tela para comprimir el sonido, sintiendo cómo las lágrimas calientes empapaban el peluche.
Ese era mi ritual de madurez: sufrir en silencio para no darle la razón a quienes querían verme derrotada.
Mientras tanto, mi relación se mantenía en un equilibrio precario. Yo seguía siendo la detallista, la que enviaba testamentos de amor, la que se sentía orgullosa de cada paso que ella daba en sus estudios o su trabajo. Me decía a mí misma que si yo era lo suficientemente buena, si aguantaba sus tratos secos y sus desapariciones, eventualmente ella cambiaría. Pensaba que el amor, si se daba en cantidades industriales, podía curar cualquier mal genio.
Pero la realidad era que yo estaba vaciando mi propio tanque de reserva.
En esos meses, mi amiga del colegio, la que siempre estuvo para mí, también atravesaba sus propios infiernos. A veces me sentía mal por desahogarme con ella; sentía que era injusto cargarle mis penas cuando ella tenía las suyas propias. Pero ella me escuchaba. Con ella compartía esa atracción que sentimos en el colegio, un vínculo inseparable que nació de la sinceridad. Ella me dijo una vez que lo suyo no era para una relación formal, sino para olvidar a alguien más. Eso me enseñó otra lección dura: a veces las personas nos usan como puentes para cruzar sus propios dolores, y nosotros, por amor, nos dejamos pisar.
Me alejé de mi "mejor amigo", el que me atacaba con la religión y buscaba a mi novia a mis espaldas. Me refugié en mi habitación, con mi Stitch y mi celular. Empecé a valorar más a esa chica de ojitos verdes de TikTok, que sin saber que me gustaban las mujeres, me brindaba una amistad pura, sin juicios, sin presiones familiares. Ella y el otro chico del grupo eran mi escape, mi "lugar seguro" donde no era la "abuelita" ni la "niña de casa" que no sabe nada de la vida, pero no tan seguro porque no sabe nada de mí, saben que les oculto cosas pero me apoyan ahí, atraves de mis mensajes sabe que no estoy bien pero siempre trato de dar lo mejor de mí.
Esas madrugadas, entre mensajes de TikTok y abrazos al peluche, fueron las que me endurecieron. Empecé a entender que si nadie iba a abrazarme sin juzgarme, tendría que aprender a abrazarme yo misma. Mi "corazón de pollito" seguía ahí, pero poco a poco, empezaba a cubrirse de una escarcha fría. Estaba dejando de ser la presa para empezar a entender la naturaleza del lobo: aquel que puede estar en manada, pero que sabe que, al final del día, su única lealtad verdadera es con su propia supervivencia.