Dicen que el cuerpo es el espejo del alma, y si eso es cierto, la mía se está volviendo transparente. En estas últimas semanas del 2026, he descubierto que el dolor no solo se siente en el pecho, sino que tiene un hambre voraz que se alimenta de ti misma. He bajado de peso. No ha sido una elección, ni un plan, ha sido simplemente que el sabor de la vida se esfumó y, con él, las ganas de ingerir cualquier cosa que me mantenga en este plano.
Me miro al espejo de mi habitación en Esmeraldas y no reconozco la silueta que me devuelve la mirada. Mis clavículas están más marcadas, mis manos se ven más delgadas y la ropa que antes me quedaba justa ahora parece colgar de un perchero olvidado. Es como si mi cuerpo, en su infinita tristeza, estuviera tratando de ocupar el menor espacio posible en un mundo donde ya no se siente bienvenido. Cada vez que intento comer, el nudo en mi garganta —ese que se formó el día que me dejó en visto por primera vez— se cierra como un puño de hierro.
—Tienes que comer algo, hija —me dice mi madre, y aunque sé que lo dice desde su forma de quererme, sus palabras suenan huecas.
Ella no entiende que mi estómago está lleno de las mariposas muertas que ella misma ayudó a envenenar con sus comentarios. El hambre desaparece cuando el pensamiento de "ella ya no me quiere" ocupa todo el espacio mental disponible. Es un ayuno voluntario del alma; una huelga de hambre interna contra una realidad que me resulta insoportable.
Esta falta de energía me ha llevado a un estado de letargo. Paso horas acostada, abrazada al Stitch que ahora se siente más pesado que yo, sintiendo cómo la vida se me escapa por los poros. A veces, la chica de ojitos verdes me escribe en TikTok, y aunque trato de responder, mis dedos parecen pesar toneladas. "¿Estás bien?", me pregunta. "Sí, solo cansada", le miento.
Le miento porque no sé cómo explicarle que estoy perdiendo la batalla contra la gravedad. Le miento porque me da miedo que, si le cuento la verdad, ella también se convierta en una víctima de mi naufragio. Siento que me estoy desvaneciendo, y una parte de mí, esa parte oscura que grabó las notas de voz en el pasado, susurra que tal vez sea mejor así. Que si dejo de despertar, dejaré de sentir el vacío de su ausencia.
Pero luego aparece esa idea obsesiva, ese último hilo de esperanza que me mantiene con los ojos abiertos: el ruego.
He estado imaginando el momento. Me veo arrodillándome ante ella, sin importarme quién esté mirando, sin importarme si mi dignidad se termina de romper contra el suelo. Quiero pedirle perdón por todo lo que no fue, por mis impulsos, por mi "corazón de pollito" que no supo ser la loba que ella esperaba. Estoy dispuesta a entregar lo poco que me queda de orgullo —esa moneda que ya casi no tiene valor— con tal de que ella me mire una vez más con la luz de mayo.
Sé que he rogado mucho. Sé que mi madre diría que soy una boba. Pero nadie sabe lo que yo sufrí en silencio mientras estuve con ella. Nadie sabe que mi "mal genio" era solo un escudo para no mostrar que me estaba muriendo de miedo de perderla. Ella nunca se enteró de las noches de insomnio protegiendo su nombre ante mi familia, ni de cómo me alejé de mi propia hermana para que no me siguiera llenando la cabeza de dudas. Lo hice todo por ella, y si el precio final es humillarme una vez más, lo pagaré.
A veces me pregunto: ¿Es amor o es simplemente que no sé quién soy sin ella?
Este cansancio extremo es la respuesta de un cuerpo que ya no sabe cómo sostener tanta melancolía. Si algún día no despierto para dar mi presencia a los que he amado, quiero que este libro sea mi voz. Quiero que entiendan que luché hasta que mis huesos se marcaron en la piel. Que no fue falta de voluntad, sino exceso de entrega.
Este capítulo es para aquellos que han sentido que el aire pesa y que la comida sabe a ceniza. No dejen que el impulso les gane. Yo perdí mi paz por un impulso de terminar algo que no sabía cómo manejar, y ahora estoy aquí, contando mis costillas y planeando un último ruego. Si todavía tienes a esa persona, piénsalo desde el corazón. No hagas como yo, que ahora tengo que buscar en el suelo los pedazos de mi dignidad para ver si puedo reconstruir un "nosotros" que quizás ya solo existe en mis recuerdos.