Sólo Dame Una Razón

CAPÍTULO 1. RAICES COMPARTIDAS

RAICES COMPARTIDAS

Desde que la memoria les alcanza, Luca Radamanthys y Selene Nicolaus han estado presentes en la vida del otro. No eran hermanos, ni primos, ni compartían lazos de sangre, pero sus destinos parecían entrelazados por una historia que comenzó mucho antes de que ellos nacieran. Sus madres, inseparables desde la universidad, habían creado una amistad tan sólida que se convirtió en lazo entre dos familias. Sus padres, con raíces comunes debido a su nacionalidad y recuerdos compartidos desde el kindergarten, reforzaban esa unión que trascendía generaciones.

Por eso, para Luca y Selene, crecer juntos fue inevitable. Se encontraban en cada celebración, en cada reunión, incluso en los cumpleaños de las mascotas, como si el universo se empeñara en recordarles que sus caminos estaban destinados a cruzarse una y otra vez. Entre juegos infantiles, risas inocentes y secretos compartidos bajo la complicidad de la niñez, nació una conexión silenciosa, un vínculo que no necesitaba palabras para existir.

La primera evidencia, de esa chispa que se encendió entre ellos, fue en la adolescencia. Y actualmente, después de años, el rubio lo recuerda como si fuese sido ayer…El patio estaba lleno de risas y globos de colores. Era el cumpleaños de Venus, la gata de Selene, y como siempre, las dos familias habían decidido reunirse para celebrar, cualquier excusa era válida. Selene, con su cabello oscuro recogido en una trenza desordenada, intentaba colocarle un pequeño gorro de fiesta a la felina, que se revolvía con la elegancia de quien sabe que es la reina de la casa.

—¡Venus, quédate quieta! Solo será un segundo —dijo Selene, entre risas. —Creo que prefiere arañarte antes que posar —comentó Luca, desde la sombra del manzano, con una sonrisa que escondía algo más que burla.

Selene levantó la mirada hacia él, con un gesto desafiante. —¿Y tú qué sabes de gatos? Apenas puedes controlar a tu perro. —Al menos mi perro me escucha —respondió Luca, acercándose despacio—. Mira esto.

Con suavidad, acarició el lomo de Venus, que sorprendentemente se dejó poner el gorro sin protestar. Selene abrió los ojos, incrédula. —¡No puede ser! ¿Cómo lo hiciste? —La magia de la paciencia —dijo él, mirándola fijamente.

Por un instante, Luca se quedó en silencio. No era la gata lo que lo sorprendía, sino Selene. Ya no la veía como la niña que corría detrás de los globos o que se ensuciaba jugando en el barro o entre los viñedos con la pelirroja de su prima. Había algo distinto en su sonrisa, en la forma en que sus ojos brillaban al reír.

Selene notó su mirada y bajó la voz. —¿Por qué me miras así? —No lo sé… —respondió Luca, mintiendo con un leve rubor en las mejillas—. Tal vez porque tus ojos son del mismo color de la gata.

El viento movió los globos, Venus saltó del regazo de Selene, y en ese instante, él comprendió que la infancia estaba quedando atrás. Algo nuevo, más profundo y desconocido, comenzaba a despertar...

No fue bien hasta casi la entrada la juventud, apenas después de celebrar uno de sus cumpleaños, cuando aquella chispa de atracción hizo su primer cortocircuito entre Selene y Luca. Ella, con la inocencia aún intacta y la curiosidad propia de quien empieza a descubrir el mundo, vivía sus días en el instituto de España, rodeada de compañeros de estudios, pero solamente una verdadera amiga, Alondra Fuenmayor Vidal, además de los infaltables exámenes y sueños que apenas comenzaban a tomar forma. Él, en cambio, parecía siempre encontrar una excusa para viajar desde Italia y verla, como si cada kilómetro recorrido tuviera sentido únicamente al final de ese trayecto, el instante en que sus miradas se encontraban.

La familiaridad entre ambas familias los mantenía unidos. Mirko y Luna, los padres de Selene, confiaban en Luca como si fuera un hermano mayor, un guardián discreto y atento. Por eso, casi siempre era él quien terminaba siendo el chaperón elegido para acompañarla a fiestas, salidas al cine, tardes en centros comerciales o paseos improvisados por la ciudad. Lo que para los adultos era una garantía de seguridad, para ellos se convertía en un espacio íntimo, un terreno fértil donde la complicidad florecía sin que nadie lo advirtiera.

Selene lo miraba con la mezcla de timidez y fascinación que solo se siente la primera vez que alguien logra desordenar el corazón. Luca, por su parte, se debatía entre la responsabilidad de cuidar de ella y el deseo creciente de permanecer a su lado más allá de las obligaciones familiares.

Cada salida era un pequeño ritual, él esperaba en la puerta, ella bajaba con una sonrisa nerviosa, y juntos se adentraban en un mundo que parecía hecho solo para ellos. El cine se convertía en un refugio donde las luces apagadas les permitían compartir silencios cargados de significado; los paseos por el centro comercial eran excusas para caminar juntos, rozando apenas las manos, como si el contacto accidental escondiera un secreto.

Con el tiempo, esa chispa inicial se transformó en una corriente constante, un vínculo que ninguno de los dos podía ignorar. No era un amor declarado ni evidente, sino más bien una conexión silenciosa, nacida a partir de miradas furtivas, cuando el azul de él se conectaba con el verde de ella, en conversaciones que se prolongaban más de lo necesario, en la certeza de que cada encuentro dejaba una huella imposible de borrar.

Selene empezaba a comprender que a mayor edad, no solo traía consigo responsabilidades y cambios, sino también la magia de descubrir que alguien podía hacerla sentir única. Luca, en cambio, entendía que aquella atracción era más que un capricho pasajero, era el inicio de una historia que, tarde o temprano, reclamaría su lugar en el destino de ambos.




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