Sólo seremos nosotros

Capítulo 4

Las horas pasaron y nadie se quería despegar del hospital. Mucho menos Sara, quien permanecía al pie de la cama de Manuel sin despegarse de su lado y sólo salía para amamantar al bebé. Toño y el Gato fueron a una farmacia cercana a comprar pañales y otras cosas necesarias para el pequeño y aprovecharon para traer café y emparedados para todos.  

El abogado regresó con ellos y habló con los hombres. 

— Todas las denuncias están puestas, sólo hay que esperar que las autoridades den con el culpable pero, honestamente, lo veo muy difícil dado que no hubo testigos. — Empezó a explicar. — Los dueños del rancho se ofrecen a pagar todos los gastos médicos, les dije que se lo agradecíamos pero que no era necesario. Carlos va a absorberlos, igual se va a hacer cargo del traslado del Torito en cuanto los médicos lo autoricen. 

— Gracias abogado. — Respondió Toro con seriedad. 

Los demás sólo asintieron en silencio. 

— Yo ya no tengo nada qué hacer aquí Toro, compré boleto en un vuelo comercial y salgo mañana a primera hora. Pero sabes que cualquier cosa que necesites, basta con que me llames. 

Luego se acercó y palmeó el brazo de Toro. 

— Confío en Dios que tu hijo se va a recuperar, es joven y fuerte, y tiene mucho por qué luchar. 

Toro sólo asintió. 

— Despídanme de las mujeres. — Dijo el abogado y luego se dirigió a la salida. 

— Toño, deberías buscar un hotel para llevar a Sarita a descansar. — Dijo Toro luego que el abogado salió. 

— No la vas a sacar de aquí ni con grúa. — Negó el aludido, luego se fue a donde estaban las mujeres dejando al Gato y a Toro solos. 

— Perdóname todas las pendejadas que te dije cuando estaba enojado. — Dijo el gato apenado. 

Toro sonrió y negó con la cabeza. 

— Te extrañé pinche gato. 

— Y yo a ti pinche toro. — Respondió también sonriendo. Luego se puso serio. — Tu hijo va a estar bien. El abogado tiene razón en lo que dijo. Es joven y fuerte, y tiene mucho por qué luchar. 

Toro sólo asintió en silencio y caminó hacia donde estaba su esposa. 

 

Cuatro largos días habían pasado y el torito seguía en coma. Sara jamás se despegó de su lado por mucho que la familia le insistía. Sólo se tomaba unos minutos para alimentar a su bebé, malcomer ella o darse una ducha rápida. Pero todo el tiempo estaba junto a la cama de su marido, hablándole todo el tiempo, cantándole o simplemente acariciando su mano mientras lloraba en silencio.  

— ¿Te acuerdas mi torito cuando me convenciste de irnos juntos? — Le dijo en voz baja tratando de contener los sollozos. — “Sólo seremos nosotros”, me dijiste y yo acepté. Todo el tiempo estuve de acuerdo en que sólo seremos nosotros pero... ¿Qué voy a hacer si te me mueres? No va a haber un “nosotros” y, créeme, yo también me voy a morir si tú me faltas. 

— ¿Y quién va a cuidar a nuestro torito? — Dijo el joven en un susurro sorprendiéndola. 

— Manuel... — Musitó Sara con los ojos muy abiertos, luego reaccionó. — ¡Dios mío! ¡Despertaste! 

Se levantó de un salto y salió corriendo de la habitación hacia la estación de enfermeras mientras su familia se ponía de pie asustados. 

— ¡Me habló! — Gritó Sara totalmente emocionada apoyándose en el mostrador toda jadeante. — ¡Despertó! 

Dos enfermeras se dirigieron inmediatamente a la habitación mientras Sara corría detrás de ellas. Toro la detuvo abrazándola. 

— Déjalas que hagan su trabajo. — Le dijo. 

Sara se aferró a su camisa y empezó a llorar mientras toro le acariciaba la espalda y cerraba los ojos dando gracias a Dios por el milagro. 

Unos minutos después, salieron las enfermeras sonriendo. 

— Sus signos vitales están firmes y estables. — Dijo una. — El doctor ya viene en camino. El paciente está preguntando por su mujer. 

— ¡Voy! — Exclamó Sara soltándose del abrazo de Toro y corrió a la habitación. 

— ¡Mi Torito! — Dijo al llegar tomando la mano del joven. 

— Mi marcianita. — Respondió él con una débil sonrisa. — ¿Dónde está mi niño? 

— Afuera, con sus abuelas. — Respondió ella acariciando su mano. 

— ¿Qué dijiste? — Preguntó Manuel sorprendido. — ¿Con qué abuelas? 

— Con las dos. — Sonrió Sara. — Nuestros papás han estado aquí todo el tiempo, también el tío Gato. 

Manuel cerró los ojos y soltó un suspiro. 

— Debo haber estado muy mal para que todos vinieran. 

— Estuviste en coma varios días. — Explicó Sara con tristeza. — No nos daban muchas esperanzas. 

— ¿Varios días? —  Preguntó sorprendido. —  ¿Qué fecha es hoy? 

— Catorce de febrero. — Dijo Sara con una sonrisa en los labios. — Mejor día de San Valentín no he podido tener en la vida. 

 

FIN




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