Sólo seremos nosotros

Epílogo

En cuanto los médicos autorizaron su traslado, la familia llevó a Manuel a la capital para ser atendido en una de las mejores clínicas privadas, como le había prometido el señor Lavalle a Toro. 

Mientras estuvo internado, Sara y su bebé se hospedaron en la casa de Sarita y Toño, pero todos los días iba sin falta a ver a su esposo y pasaba todo el día ahí. 

Una vez que lo dieron de alta, Toro les ofreció su casa, pero el joven se negó a aceptar, dijo que iba a buscar trabajo y que él se iba a hacer cargo de mantener a su mujer y a su hijo. 

— Torito no seas orgulloso. — Le dijo su padre con algo de tristeza. — No te estoy diciendo que yo te voy a mantener, pero mientras agarras algo seguro quédense aquí. ¿Para qué gastar en renta, agua y electricidad si aquí tienes tu recámara? 

— Sara y mi hijo son mi responsabilidad, viejo. — Insistió el joven. — Yo me tengo que hacer cargo. 

El hombre sólo negó y soltó un suspiro. Su hijo era igual de terco y orgulloso que él. 

Para su sorpresa, Carlos Lavalle, el dueño de los supermercados y antiguo jefe de su padre lo mandó llamar. 

— Te estaba esperando Torito, quiero que seas el jefe de seguridad de la empresa, quiero a alguien de confianza ahí. — Le dijo el hombre. — Cuando tu papá se jubiló, yo tenía guardado el puesto para ti, desde antes de que te fueras. 

 

Varios meses habían pasado ya desde ese terrible accidente y Manuel se había adaptado ya a su nueva vida. Tenía un buen empleo y había comprado a crédito una casita para su mujer y su hijo. Aunque la familia se había vuelto a unir y se reunían cada fin de semana con ellos, siempre le insistía a Sara: “Sólo seremos nosotros” y ella estaba de acuerdo. 

 

Una noche, estaban recostados en su cama, con el bebé jugueteando entre ellos, tenían la televisión encendida aunque no le ponían atención por estar conversando y jugando con el bebé. 

— ¿Eres feliz Sara? — Le preguntó él de repente. — ¿No te arrepientes de estar a mi lado? 

La joven sonrió. 

— Jamás me he arrepentido. — Dijo con un suspiro. — Te amo y te amaré siempre. 

— Por siempre y para siempre... — Sonrió Manuel antes de inclinarse a besarla. — Sólo seremos nosotros.  




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