—¿Me veo bien? —preguntó un joven, ajustándose la camisa por última vez frente al espejo. Su voz siendo apenas un susurro.
Sus dos amigos lo observaban desde la entrada del establo. La mas joven del grupo abrió la boca para responder, pero el mayor la interrumpió antes de que pudiera decir una palabra.
—Te ves ridícula —senrenció Archie, cruzando los brazos con desdén.
Catherine, sentada junto a él, alcanzó a darle un codazo, mirándolo de mala manera. Archie se encogió de hombros, imperturbable.
—No le hagas caso, te ves lindo —Volvió a decir la menor.
—Linda —corrigió Archie sin cuidado, el eco de sus palabras flotando en el aire como veneno.
El joven bajó la cabeza, pero no dejó de sonreír —lindo— esa palabra lo hizo cosquillas en el estómago. Se giró hacia el espejo mugriento que habían escondido entre pacas de paja y se estudió de arriba abajo con una mezcla de timidez y orgullo.
A pesar de tener un cuerpo pequeño y delgado realmente se sentía feliz con su apariencia; pantalones, lo cuales eran mucho más cómodos que todos los vestidos que era obligada a usar, una camisa blanca delgada, a pesar de que la misma se transparentara en su cuerpo, no se quejaba, es más, le gustaba lo bien que lucía su pecho plano bajo esa misma tela, la boina que tenía junto con la peluca que Catherine había tardado varios meses en confeccionar. Le gustaba.
Se observó desde todos los ángulos posibles. Sonrió.
Era verdad, se veía lindo.
—Te ves muy bien, apuesto —repitió Catherine provocando un ligero rubor en las mejillas de su amigo.
Archie rodó los ojos, exasperado.
—A todo esto —dijo, apoyándose en el marco de la puerta—, ¿qué planeas conseguir saliendo vestida así?
—No lo sé —dijo, y su voz sonó más firme de lo que esperaba—. Quiero salir, conocer... quizá conseguir trabajo, estoy cansada de estar en casa todo el tiempo y sólo salir a eventos especiales.
Por supuesto que omitió la parte importante. La parte en la que odiaba verse femenina. La parte en la que ansiaba caminar por las calles siendo él.
Claro que le encantaban los vestidos, admiraba la elegancia de Catherine, amaba la forma en la que se arreglaban el cabello, para Marianne, todo eso era precioso y amaba mirarlo. Pero no en ella.
En ella lo odiaba.
Odiaba ver si reflejo en el espejo y no encontrar más que una mujer. Odiaba ver su pecho en el espejo y darse cuenta de que no parecía un hombre, y le aterraba decir eso en voz alta incluso con sus amigos, le daba miedo que la consideraran una aberración por desear ser algo que no era.
—Para conseguir un trabajo no necesitas parecer un hombre —dijo Archie con voz firme—, no es sencillo, incluso a mí me costó encontrar uno decente, Marianne, y eso que yo soy un hombre. Hay personas que se aprovechan de la vulnerabilidad de gente indefensa como tú, pueden engañarte y hacerte creer que te ayudarán cuando en realidad tienen pensado hacerte pasar un infierno sólo para conseguir dinero.
—Lo sé —murmuró el joven, aún absorto en sí mismo—, me lo has dicho miles de veces, sé que tú sabes más de esto que yo. Pero, confío en mí y confío en que tendré la valentía para enfrentar a cualquiera que se quiera meter con... —Hizo una pausa, luego alzó el puño con una sonrisa—. ¡Merritt Dankworth!
Catherine aplaudió entusiasmada, y su risa llenó el establo como una melodía. Archie, en cambio, sólo le dio un golpe en el brazo.
—¿Qué clase de nombre es Merritt? —preguntó frunciendo la mirada.
—El nombre de un joven valiente —respondió Merritt, enderezando la espalda.
—Y el de un hombre que lucha por su felicidad —apoyó la menor, posando una mano sobre el hombro de su amigo.
A pesar de no tener ningún tipo de lazo de sangre, los tres se consideraban familia. Hermanos. Y a veces, algo más.
—¿Tu también, Catherine?
Sin decir nada más, Merritt Dankworth salió del establo maloliente de su casa rumbo al pueblo que rara vez podía pisar solo, feliz, emocionado, con el olor a tierra húmeda llenando sus pulmones. Vulnerablepor lo que sea que le fuera a suceder en un mundo completamente diferente al que estaba acostumbrado.
Saliendo de un mundo, entraba a uno nuevo del cual sabía, gracias a su amigo, Archie, que no era nada como alguna vez lo idealizó, era más bien lo opuesto, inseguridad, necesidad, engaños, violencia. No le importaba, estaba seguro de poder vivir como alguien que pertenecía a ese mundo: como un hombre.
Archie, por otro lado, se debatía entre dejar ir a su amiga o seguirla para asegurarse de que no cometiera alguna tontería, su pie golpeaba constantemente con el suelo lleno de paja y tierra con impaciencia, arrugaba la tela de por sí maltratada de su ropa.
Catherine se dió cuenta de esto y lo tranquilizó al darle la mano y entrezalar sus dedos con los de él.
—Sé que estás nervioso —susuró la joven—, yo también lo estoy. Pero debemos de confiar en Marianne... ¿o debería decir Merritt?
Archie la miró con el ceño fruncido. Soltó un enorme suspiro.
—Esa tonta no conoce a la gente —Su voz temblaba de rabia contenida—. No sabe lo que podrían hacerle con sólo ver su apariencia, las cosas horribles que les obligan a hacer a jóvenes como ella. Los hombres...
—Él no es tonto —interrumpió Catherine con firmeza—. Le has enseñado como defenderse, sabes que no le tiene miedo a nada y si tiene que golpear a alguien, lo hará.
Catherine también estaba asustada por su amiga, si la descubrían no quería ni pensar en lo que le harían, pero no podía encerrarse en una burbuja de preocupación cuando podría estar feliz por ella. Apretó la mano de Archie con más fuerza, y él, después de un momento de silencio, bajó la guardia. Le besó la mano y ella le sonrió.
—Tal vez tengas razón —admitió.
Catherine se inclinó hacia él y depositó un beso casto en sus labios.
—Confía en mí —susurró.