Sólo soy yo

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Las madrugadas en los barrios de Pimlico siempre habían sido grises, la oscuridad del cielo comenzaba a esfumarse para dar paso a nubes que opacaban un azul que rara vez podía apreciarse a la perfección. La luz de los faroles de gas parecía ya no funcionar por la poca luz natural que cubría los caminos repletos de agua estancada, el olor a carbón y a humedad impregnaba el aire, mezclándose con el hedor de la basura amontonada en las esquinas y el alcohol barato que se había derramado durante la noche, convirtiendo lo que era una mañana tranquila para quienes aún descansaban en sus casas en un problemático caos de personas poco amables que caminaban apresurados por comenzar su día.

El aire matutino golpeaba el rostro con un hedor pesado a carbón quemado, estiércol de caballo y el rastro agrio del alcohol barato de las tabernas que cerraban tarde. Por las aceras estrechas ya caminaban los primeros obreros, hombres de rostros hundidos y manos callosas, con gorras planas y abrigos remendados, arrastrando los pies. En las esquinas, algunos borrachos madrugadores se tambaleaban buscando pelea con cualquiera que los mirara, carruajes elegantes pasaban de largo por las avenidas principales; carruajes cerrados donde viajaban caballeros de sombreros de copa y damas cuyos rostros permanecían ocultos tras velos de encaje, perfectas como trofeos.

Por supuesto que el mismo caos de la ciudad siempre había sido algo asfixiante para aquel joven con ropas sucias que corría calle abajo mientras sujetaba la boina de lana que tenía puesta para evitar que ésta cayera al suelo y se ensuciara más de lo que ya estaba. Vestía una camisa blanca, antes limpia que ya mostraba mancas amarillentas en el cuello y los puños; el chaleco gris, desabrochado en los últimos botones, ocultaba la forma de su torso, y sus pantalones remendados se arremangaban sobre unas botas gastadas que hacían un ruido sordo contra el empedrado. No levantaba la vista mientras corría. Había aprendido por las malas que mirar a los ojos equivocados podía costarle un golpe o un insulto. Su piel pálida, salpicada de pecas y su rostro redondo de facciones suaves lo hacían un blanco fácil. Los simples crueles no necesitaban una razón para señalar a alguien y preguntarse en voz alta si aquel muchacho era "hombre o mujer".

Empujó la pesada puerta de madera de la panadería y el tintineo de una pequeña campana de bronce anunció su llegada. Al instante el olor a pan recién hecho inundó sus fosas nasales, librándolo del asqueroso hedor a basura y humo de cigarrillos de la calle, al fondo del pasillo, cruzando el mostrador, estaba la cocina. Allí encontró a Raymond, su jefe, un anciano de espalda encorvada y rostro surcado por los años, cuyo bigote canoso estaba salpicado de harina, sostenía un pesado costal de yute cargado de trigo, con las venas del cuello hinchadas y el rostro peligrosamente enrojecido por el esfuerzo. Merritt rápidamente corrió a auxiliarlo.

—Déjeme, abuelo —dijo, colocándose bajo el costal.

—¡Quita, quita, flacucho! —protestó Raymond, pero su voz se ahogaba.

Con un esfuerzo conjunto, lograron acomodar el costal sobre la mesa de madera. El saco golpeó la madera liberando una nube blanca que los hizo toser a ambos.

Raymond se dejó caer en una silla cercana, jadeando.

—Maldita sea... Ya estoy demasiado viejo para estos trotes —gruñó Raymond mientras se pasaba el puño por la frente para limpiarse el sudor, dejando un manchón de masa en su piel arrugada.

Merritt soltó una risa suave.

—No diga sandeces, viejo, está mejor que yo —susurró Merritt, dándole un empujón ligero al costal para acomodarlo—. Ya le he dicho mil veces que me deje el trabajo pesado a mí.

Raymond lo miró de arriba abajo con una ceja alzada, soltando un resoplido que ofendió al joven, contemplaba sus hombros estrechos y las muñecas delgadas que bailaban dentro de las mangas de la enorme camisa.

—¿Tú? No me hagas reír, crío. Son sólo costales de harina, puedo con ellos sin ayuda de un alfiler. Además, estás más flaco que un arenque; si cargas esto entero vas a terminar escupiendo los pulmones en el suelo —El anciano sacudió sus manos cubiertas de polvo con brusquedad—. Anda, muévete y ve a cambiarte al fondo. Ya sabes el asco que le da a la gente del centro ver a alguien con la mugre de la calle encima. No quiero quejas.

Merritt asintió, acostumbrado a los modales ásperos del viejo, y se dirigió al pequeño cuarto del fondo que servía de almacén y baño. Allí, frente a un trozo de espejo agrietado y opaco por la humedad, se quitó la chaqueta.

Su rostro era redondo, enmarcado por una piel extremadamente pálida que parecía no haber visto el sol en años, cubierto de pecas cafés que se concentraban en el puente de su nariz y las mejillas. Sus ojos, oscuros y almendrados, lo observaban de vuelta. A pesar de que cuando se encontraba en su propia casa, sus pecas eran imperfecciones, a él le gustaba cómo se veían en ese instante. Se puso la camisa limpia de trabajo, una prenda de lino grisáceo más amplia de lo que le gustaría, junto con un cinturón de cuero gastado que su abuela Flora le había regalado, y que él apretaba hasta casi no poder respirar, solo para sentir que su cuerpo se ajustaba un poco mejor a la ropa. Se acomodó un delantal que cubría casi todo su cuerpo.

Se miró al espejo y sonrió.

Claro que su cuerpo tan delgado resultaba un problema, y su falta de fuerza se le hacía problemática cada vez que tenía una pelea que él, por supuesto, no había comenzado.

Salió de nuevo a la calidez de la cocina tras lavarse las manos. Su tarea principal consistía en limpiar los utensilios de hierro que el tan desorganizado anciano solía utilizar todos los días, barrer los restos de masa del suelo de tablones crujientes y acomodar las piezas de pan en las vitrinas de vidrio que daban a la calle principal del barrio. Raymond no le permitía amasar ni meter las manos directamente en la harina destinada a la venta; un chico de los suburbios, contratado por unas pocas monedas de cobre al día, no era considerado lo suficientemente higiénico o digno para preparar el alimento de los clientes habituales.




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