Sólo soy yo

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—¡Maldito idiota! —gritó un hombre de unos cuarenta años embrutecido por el alcohol que había bebido—. ¡Fíjate por dónde caminas!

Él, junto con otro hombre, pateaban a un chico que yacía en el suelo, cubriendo su rostro con sus brazos mientras ocultaba las lágrimas que salían sin parar de sus ojos.

¿Qué había hecho mal?

Su primer día, el cual creyó, sería uno de los mejores de su vida fuera de su casa y terminaba siendo golpeado por unos hombres que lo vieron como presa fácil. A pesar de haberse disculpado por un pequeño choque que, para su mala suerte, provocó que uno de ellos terminara dejando caer la botella de vidrio que tenía en la mano, y a pesar de haber ofrecido pagarla, ninguno dudó para lastimarlo.

¡Esto es lo menos que te mereces, estúpido niño!

El joven, alcanzó a sentir algo húmedo en una parte de su rostro que no pudo cubrir, no lo analizó demasiado para darse cuenta de que era la saliva de uno de los hombres, por el hedor que ésta tenía.

Por supuesto, nadie pensaba ayudarlo, lo poco que podía ver entre sus brazos eran las miradas de lastima de varias mujeres, las risas de otros hombres que se divertían con el espectáculo y a otras personas que pasaban de largo la escena como si no tuviera importancia.

Archie se lo había advertido.

Y justo en ese momento se dio cuenta de la razón que tenía.

[ . . . ]

El aire era distinto. Ya no olía a perfumes caros ni a té importado, el ambiente estaba saturado de hollín de las chimeneas industriales, el hedor a estiércol de caballo, agua estancada y el tufillo rancio del gin barato que emanaba de las tabernas. Las fachadas de ladrillo estaban ennegrecidas por el carbón, y la niebla de Londres, esa mortaja grisácea que todos llamaban "sopa de guisantes", comenzaba a bajar, devorando la poca luz de la tarde.

Merritt agachó la cabeza de inmediato al divisar a un grupo de hombres apostados en una esquina. Eran rostros conocidos del vecindario, buscapleitos embrutecidos que pasaban las horas maldiciendo y buscando excusas para desquitar su miseria. El tipo de sujetos que frecuentaban los peores burdeles de Whitechapel y veían el mundo como una carnicería donde los más débiles eran la presa.

Merritt apretó el paso, aferrando las manos al manubrio mugriento, intentando pasarlos de largo con la mirada clavada en el fango y el carrito pegado a la pared húmeda. Pero el callejón estaba atestado. Una marea hombres con chaquetas de pana raídas, mujeres con chales remendados y niños descalzos cargando periódicos bloqueaba el paso. En medio del tumulto, un empujón brusco por la espalda desvió el carro, que golpeó de lleno la pierna de uno de los hombres.

Un crujido seco resonó cuando una botella de ginebra barata resbaló de los dedos del hombre y se hizo añicos contra el suelo.

—¡Maldito alfeñique! —rugió el sujeto, un tipo robusto de unos cuarenta años con el rostro marcado por la viruela—. ¡Fíjate por dónde arrastras tu chatarra! ¡Me has tirado la botella!

—Lo siento —dijo Merritt de inmediato, deteniendo el carro y tragando saliva. El corazón le dio un vuelco—. Fue un accidente... la calle está abarrotada. Puedo pagar los peniques que costaba.

Antes de que pudiera meter la mano en el bolsillo, un agarre rudo lo sacudió por el hombro, jalándolo hacia el centro del semicírculo que los otros tres hombres habían formado.

—Miren lo que trajo la marea, muchachos —escupió uno de ellos, un tipo flaco que masticaba un trozo de tabaco podrido—. ¿Este no es el bicho raro del que hablaba la vieja del burdel? El que se cree muy caballero.

El hombre de la botella, a quien llamaban Frank, se acercó tambaleándose, entornando los ojos amarillentos mientras escudriñaba las facciones demasiado finas de Merritt. Una mueca divertida estiró sus labios llenos de costras.

—¡El mismísimo! —se mofó Frank, rodeando a Merritt como si fuera una atracción de circo—. Tú eres el engendro que se pasea por el mercado jugando a ser un caballero. Creí que la mujer exageraba, pero miren esta cara... ¡Si parece una maldita ramera disfrazada!. Mírenle las manos, si parecen de seda. ¿Qué pasa, primor? ¿Tuviste que robarle los pantalones a tu padre?

Los otros tres hombres estallaron en risas ruidosas, atrayendo las miradas de algunos transeúntes que solo pasaban de largo para no meterse en problemas.

—¡Oye, Frank! —gritó el flaco, dándole un empujón juguetón a Merritt por la espalda, haciéndolo tambalear hacia el frente—. Ten un poco de respeto. Aunque... con esa carita y esos ojos de cordero degollado, dudo que tenga lo que se necesita para llevar pantalones.

—¡Es verdad! —secundó otro, dándole un toquecito burlesco con el dedo en la barbilla a Merritt—. ¿Acaso la criatura no habla? ¿O es que te da miedo que se te salga la voz de niña si abres la boca frente a hombres de verdad? ¡Vamos, dinos algo, preciosa! Danos las buenas tardes.

—Cierra la boca —murmuró Merritt, con la voz temblando por la furia contenida, apretando los puños dentro de las mangas holgadas.

—¿Qué dices, muñeca? ¿Quieres que te enseñemos cómo trata un hombre de verdad a las chicas que juegan a vestir pantalones? —Frank soltó una carcajada y estiró una mano sucia con la intención de arrancarle la boina de un tirón.

—Déjalo—añadió otro, acercando su rostro sudoroso y apestoso a alcohol a escasos centímetros del de Merritt—. Seguro se le hace tarde para ir a trabajar. Las rameras de los muelles cobran por hora, ¿saben? ¿O es que trabajas en un burdel de categoría superior, muñeca? ¿Cuánto cuesta la hora para ver qué tienes ahí abajo?

—¡Sí!, seguramente se te hace tarde para trabajar, ¿en qué burdel trabajas?, ¿quieres que te acomp-

Y entonces, Merritt no supo de dónde sacó la fuerza para librarse del agarre del hombre. Explotó. No hubo pensamiento, no hubo prudencia. Solo una descarga de adrenalina pura nacida de años de desprecio. Se libró del agarre del hombro con un giro violento y, concentrando todo el odio de su existencia en los nudillos, lanzó un puñetazo directo a la mandíbula de Frank. El impacto fue limpio, un sonido sordo de hueso contra hueso. El hombre se tambaleó hacia atrás, atónito, soltando un quejido mientras un hilo de sangre brotaba de su labio partido.




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