Sólo soy yo

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La madrugada gris y cargada de neblina había dado paso, por fin, a una tarde despejada sobre los distritos altos de Londres. El sol se filtraba entre las rejas de hierro forjado de las grandes residencias. Decenas de personas de la buena sociedad transitaban por las aceras de adoquines limpios, y la mayoría de ellas no podían evitar mirar de reojo a la elegante dama que caminaba con una parsimonia imperturbable.

Hermosa y con paso firme, portaba un vestido de seda hecho a medida en un delicado tono rosa viejo. La falda, armada sobre una generosa crinolina, se desplegaba en amplios pliegues rematados con encajes de Flandes. El corsé, ceñido con rigidez, daba paso a un escote redondo que subía sutilmente hacia el cuello, enmarcando sus clavículas. La gracia innata que expresaba se transmitía con facilidad a través de sus manos, suavemente entrelazadas sobre el regazo del vestido, cubiertas por un par de guantes de cabritilla blanca que no revelaban una sola imperfección.

Marianne Hazel Loughty caminaba sola, un hecho que causaba murmullos discretos entre los caballeros y las matronas que paseaban con sus sombrillas. Una mujer de su alcurnia rara vez deambulaba sin una criada a tres pasos de distancia. Marianne, sin embargo, sostenía una pequeña sonrisa para los transeúntes que le cedían el paso cortésmente, perfectamente consciente de que las miradas inquisitivas se debían más a su audaz soltería callejera que a su innegable belleza.

Al llegar a su destino, una imponente fachada estucada, el aldabonazo de bronce resonó con eco seco. Una sirvienta abrió la puerta de inmediato, reconociendo al instante a la visitante con una reverencia afable. La mejor amiga de la señorita Catherine Berrycloth había llegado. La criada la guio a través del vestíbulo alfombrado, decorado con pesados retratos al óleo y jarrones de porcelana azul y blanca.

Justo cuando Marianne se disponía a doblar el pasillo principal que conducía a las escaleras del ala este, chocó de frente con un cuerpo alto y firme. El crujido de la seda contra el paño de una chaqueta de gala interrumpió el silencio de la casa. Antes de que Marianne pudiera pronunciar la disculpa, alzó la mirada y sintió que el corazón se le congelaba en el pecho.

—Oh, mil disculpas, señorita. No la vi venir. ¿Se encuentra bien? —preguntó el hombre. Su voz era un barítono, imbuida de esa fastidiosa seguridad. Sin embargo, al fijar sus ojos en el rostro de Marianne, Theodore Edevane se quedó serio de inmediato.

La joven se quedó petrificada. Sabía perfectamente que el prometido de su amiga estaba en la propiedad, pero su mente no había previsto un encuentro tan abrupto, cara a cara, bajo la implacable luz de los ventanales.

—Sí... no se preocupe, caballero... —inquirió ella, forzando un tono agudo, fingiendo demencia.

—Theodore Edevane, a sus pies —declaró él, sin apartar sus ojos de las facciones de la dama. Tomó la mano derecha de Marianne y depositó un beso levísimo, apenas un roce de cortesía, sobre el guante blanco. El gesto, cargado de una intensa formalidad, sobresaltó a la joven—. ¿Y tengo el honor de hablar con...?

Algo en las líneas de ese rostro, en la forma de sus cejas o en la fijeza de su mirada, despertó un destello de familiaridad en la mente de Theodore. Había un aire extrañamente conocido en la silueta de la mujer, pero por más que forzaba su memoria, no lograba encajar las piezas. Quizá solo fuesen fantasías nacidas del tedio de la tarde. En ningún momento, por supuesto, cruzó por su mente la absurda noción de que esta dama de alta sociedad pudiera ser el mismo muchacho andrajoso y altanero que lo había guiado esa misma mañana por los callejones de Pimlico.

Antes de que Marianne pudiera inventar un nombre o responder, los pasos apresurados de una mujer mayor rompieron la tensión. La señora Isabella Berrycloth se acercaba con el ceño levemente fruncido, vigilando la escena. Marianne aprovechó la interrupción para ejecutar una rápida reverencia hacia Theodore antes de girarse hacia la dueña de la casa.

—Buenas tardes, señora Berrycloth.

—¡Marianne, mi querida niña! —la mujer mayor extendió los brazos, envolviendo a la joven en un abrazo breve—. Veo que ya te has topado con el joven Theodore, el prometido de nuestra Catherine.

—Así es, nos acabamos de presentar —intervino Theodore. Por dentro, un deje de fastidio lo recorrió—. Por supuesto... debe ser la señorita Loughty. Catherine me ha hablado largo y tendido sobre su ingenio, señorita. Mencionó que vendría de visita, aunque no esperaba el privilegio de conocerla tan temprano.

—Catherine también ha sido muy generosa en sus descripciones sobre usted, señor Edevane. Es un placer conocerlo al fin —respondió ella con una sonrisa fingida, bajando la mirada para evitar que los ojos de Theodore continuaran escarbando en sus facciones.

—Mi hija me había comentado que pasarías la tarde aquí —añadió la señora Isabella, entrometiéndose en la conversación sutil tiranía—. Sería un auténtico deleite que nos acompañaras al señor Edevane y a mí en el comedor. Catherine, desgraciadamente, ha tenido una recaída en su delicada salud y no podrá bajar a la mesa. Espero que disculpes su ausencia, Marianne.

—No hay nada que disculpar, señora. La salud de Catherine es lo primero —respondió Marianne, manteniendo la compostura—. Sin embargo, si no es molestia, me gustaría subir a sus aposentos a saludarla antes de pasar al comedor.

—Oh, por supuesto, ya conoces el temperamento de mi hija; siempre está dispuesta a recibirte. Llamaré a un lacayo para que te escolte.

—No es necesario, señora Berrycloth. Conozco el camino a la perfección.

Marianne se despidió de ambos con una reverencia corta y caminó a paso ligero por el corredor alfombrado. Solo cuando dobló la esquina y los perdió de vista, se permitió exhalar un suspiro profundo y trémulo. El corsé pareció apretarle el triple. Su corazón latía a una velocidad alarmante; la ironía de la situación era casi macabra. Esa mañana había desafiado a Theodore Edevane bajo la identidad de Merritt Dankworth, un hombre de manos sucias y ahora se lo encontraba vestida de seda. Su única esperanza residía en el clasismo ciego de Theodore: un aristócrata de su calibre solía mirar a los trabajadores de los suburbios como simples sombras decorativas. Con suerte, Merritt había sido tan insignificante que Theodore jamás gastaría energía en recordarlo.




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