El local estaba en completo silencio. A través de los cristales empañados por el vaho de los primeros panes de la tarde, algunas personas pasaban por la acera sin prestar la menor atención a lo que sucedía dentro; envueltos en sus abrigos de lana basta y acosados por la prisa de los suburbios, realmente no les importaba la vida ajena. O quizá sí les hubiera importado, y mucho, si hubiesen sido testigos del insólito espectáculo que cobraba forma tras el mostrador de madera carcomida.
Theodore Edevane se consideraba a sí mismo un hombre intimidante. Dejando de lado la innegable influencia de su posición social como Oficial Jurídico de la Corona, creía poseer la suficiente hombría, la estatura e incluso la frialdad como para hacer que cualquiera lo pensara dos veces antes de osar cruzarse en su camino. En sus veintiocho años de vida, jamás cruzó por su mente la noción de verse doblegado ante un hombre menor que él, ni mucho menos permitiendo una afrenta a su dignidad.
Por eso, en ese preciso instante, lo único que su cuerpo le permitió hacer fue sostenerse la nariz con una mano apretada, intentando disminuir el dolor punzante y sordo que se expandía por sus facciones, mientras permanecía de pie, completamente atónito ante lo que acababa de pasar. Un hilo cálido comenzó a filtrarse entre sus dedos.
—¡¿Acabas de golpearme?! —gritó Theodore, con la voz rota por una furia sorda y una sorpresa que jamás había experimentado.
Se notaba que el menor era rebelde; su lenguaje rústico y su mirada desafiante ya lo habían advertido desde su primer encuentro, pero Theodore jamás imaginó que su insolencia alcanzara tal grado. Al grado de atreverse a propinarle un puñetazo limpio en el rostro a un magistrado sin el menor temor a las consecuencias legales o físicas. Y, por la forma en que el muchacho mantenía el puño cerrado y los hombros tensos, estaba al grado de estar a punto de darle otro golpe al mayor.
Theodore, con la mandíbula apretada y la rabia hirviendo en sus venas, estuvo a punto de gritarle de nuevo, de amenazarlo con los calabozos de Newgate o con la horca misma, pero se detuvo a secas cuando Merritt, por fin, se atrevió a levantar la cara por completo. En ese instante, Theodore sintió algo parecido a un golpe seco en el pecho.
El muchacho estaba llorando.
Claro que ver aquellas lágrimas dejó perplejo al mayor, pero el orgullo de un Edevane era una fortaleza rígida; no iba a detener su legítimo reclamo ni a olvidar la humillación de la sangre en su nariz sólo por ver un rostro bonito llorando por quién sabe qué razones mundanas.
O al menos eso era lo que su mente intentaba imponer de manera lógica.
Pues, extrañamente, un sentimiento de profunda preocupación lo inundó por completo, aplacando la cólera con la misma rapidez con la que el agua extingue una brasa. ¿Por qué demonios debía conmoverse si era él quien sangraba? ¿Por qué si tenía todos los motivos legales para destruir la vida de ese insolente repartidor? No lo sabía. Quería saber la razón, necesitaba una explicación para el vuelco que acababa de dar su propio temperamento, pero comprendió que ese no era el momento adecuado. A pesar de que su nariz punzara con una intensidad insufrible, la preocupación por el estado del menor fue súbitamente más grande que su propio dolor.
—¿Por qué estás...?
Theodore quiso tocarlo, extendiendo la mano izquierda en un ademán instintivo de protección, pero su guante fue apartado de manera brusca y violenta por Merritt, quien continuaba llorando con los dientes apretados, conteniendo un sollozo que amenazaba con desgarrarle la garganta.
—¿Piensa que parezco una mujer? —escupió Merritt, con una voz rota que temblaba por la humillación.
Theodore se quedó perplejo, la mano suspendida en el aire frío de la panadería.
—¿Qué? —alcanzó a decir con un hilo de voz, la elocuencia abandonándolo por completo—. ¿Yo cuándo dije eso?
De nuevo, movido por un impulso que no lograba descifrar, Theodore trató de tocar el hombro del más joven, buscando apaciguar una tormenta que no entendía, pero éste, sin más, lo miró con un odio tan puro que el magistrado retrocedió un milímetro.
Merritt, a pesar de que las lágrimas seguían cayendo incansables por sus mejillas ruborizadas y el nudo en su garganta aún no se esfumara, trató de hablar lo más firme que sus cuerdas vocales le permitieron. Se sentía tan profundamente mal consigo mismo, tan asqueado por la fragilidad que Theodore parecía haber detectado en él, que lo único que quería hacer era gritarle al hombre que tenía enfrente hasta quedarse sin aliento.
—Le voy a pedir que se vaya —y otra vez, su voz descendió a un susurro trémulo, casi una súplica—. Por favor.
Theodore estaba sumido en una confusión absoluta. Deseaba con vehemencia saber la razón por la cual el jovencito bonito estaba llorando con semejante desconsuelo. ¿Tanto lo había ofendido su comentario sobre su ropa y su delicadeza como para que él haya sido capaz de golpearlo de esa manera? ¿O es que acaso se encontraba ante un chico inestable, quebrado por la miseria?
—Oye... no sé qué dije, pero no fue mi intención ofenderte —susurró el mayor, dando un paso atrás, permitiendo que la distancia devolviera un poco de aire al lugar, pero manteniendo la mirada fija en el rostro humedecido de Merritt—. Sólo vine a pagarte como debía y...
—Llévese su dinero —cortó Merritt, señalando la bolsa de soberanos con un dedo tembloroso.
El menor ya no se atrevía a mirarlo a la cara; se ponía una mano sobre la frente para cubrirse los ojos, sintiéndose tan avergonzado de sí mismo y de su propia debilidad que lo único que podía hacer era mantener la mirada baja mientras le rogaba a Theodore que se fuera. El aristócrata, por su parte, parecía no querer marcharse a menos de que tuviera una razón válida, además del perturbador hecho de que el repartidor bonito estuviese llorando frente a él por su causa.