El tintineo de los cubiertos de plata contra la porcelana resonaba en el gran comedor de los Loughty con la cadencia de un reloj de arena. La cena en honor al regreso de Arthur se desarrollaba bajo la opulenta luz, que hacían brillar las copas de vino y los hilos de oro de los manteles, pero para Theodore, el ambiente resultaba asfixiante.
Sentado a la mesa, Theodore apenas había probado bocado. Su atención, aunque disimulada, estaba dividida. Por un lado, escuchaba las pomposas anécdotas de Arthur sobre el extranjero; por el otro, sus ojos no dejaban de desviarse hacia el extremo opuesto de la mesa, donde Marianne permanecía sentada en un silencio sepulcral.
La luz de las velas caía de lleno sobre el rostro de la joven, y Theodore sintió que una punzada de frustración le recorría la espina. Había algo, en la forma en que contenía la respiración, en la fijeza de sus ojos, algo que le provocaba una molesta sensación de familiaridad.
—...y le aseguro, que el orden en los distritos periféricos es la única barrera entre la civilización y el caos —la voz del señor Claude Loughty, densa, rompió los pensamientos de Theodore—. Esa escoria que habita en los suburbios, esos trabajadores e impertinentes que se creen con derecho a cuestionar a la Corona, no son más que alimañas que necesitan una mano de hierro que las devuelva a su lugar.
Arthur asintió con una sonrisa cínica, levantando su copa en un brindis silencioso hacia su padre. Theodore, sintiendo la herida en su orgullo, intervino con voz gélida.
—La insubordinación, señor Loughty, es una enfermedad contagiosa. Un solo elemento impertinente en las calles puede alborotar a toda una turba si no se le extirpa a tiempo. A veces, la mano de hierro debe aplicarse de forma muy personal.
En ese instante, el tintineo de una copa al ser depositada con demasiada fuerza sobre la mesa cortó el flujo de la conversación.
Marianne se había puesto en pie. El movimiento, aunque fluido, denotaba rígidez. Su rostro, habitualmente pálido, estaba encendido por una indignación que luchaba por no salir a la luz en forma de gritos. Sus ojos centellearon, clavándose por un milisegundo en Theodore con una intensidad que casi lo hizo enderezarse en su silla.
—Madre, padre... les ruego que me disculpen —dijo Marianne, modulando su voz con un esfuerzo supremo—. El calor de la sala y una repentina migraña me impiden seguir disfrutando de la cena. Con su permiso, me retiraré a mis aposentos.
La señora Amelia frunció el ceño, desaprobando el desplante frente a un invitado tan poderoso, pero Claude Loughty, asumiendo que el temperamento de su hija menor simplemente se había visto abrumado por la presencia de un pretendiente tan imponente como Theodore, asintió.
—Ve, mi niña. Que el servicio te prepare una infusión de lavanda —concedió el hombre.
Marianne no miró a nadie. Hizo una reverencia colectiva y salió del comedor con paso apresurado, buscando la penumbra de los pasillos laterales, lejos de la sofocante luz.
Apenas la portezuela se cerró tras ella, el silencio de la gran mansión la envolvió. Marianne caminó con el corazón desbocado hacia la biblioteca, un lugar donde rara vez podía mantener conversaciones largas con su padre o con su hermano Arthur pero que era el único refugio donde el aroma a cuero le permitía respirar sin sentir que se ahogaba. Sin embargo, no alcanzó a cruzar el umbral del salón.
Un crujido de botas sobre el parqué encerado la hizo detenerse en seco.
De la oscuridad del corredor que conectaba con la sala de fumar, una silueta robusta se cruzó en su camino. Marianne no tuvo que intuir de quién se trataba. Pues en cuanto sintió cómo el hombre atrapaba su muñeca para esconderla en aquella sala destinada a los hombres de la casa, un gesto de fastidio le torció el labio.
Edmund la arrastraba con manos cubiertas de manchas y dedos sucios que parecían las garras de un animal enfermo. El salón era un santuario de caoba y terciopelo rojo, iluminado por la luz anaranjada de una lámpara de araña. El aire, cargado con el aroma a tabaco se arremolinaba en la penumbra. Sobre la enorme chimenea de mármol, una pintura de una cacería parecía cobrar vida a la luz del fuego. Marianne se soltó a la fuerza en cuanto su espalda chocó con un estante de libros, no pudo evitar un escalofrío en cuanto se giró a mirar al hombre.
No podía precisar qué era exactamente lo que le causaba tanta repulsión. Quizá por cómo su rostro estaba lleno de cicatrices y protuberancias o quizá era que su aliento era una mezcla nauseabunda de tabaco y dientes podridos.
—Vaya, vaya… pero si es nuestra pequeña esquiva —susurró Edmund, con esa sonrisa untuosa que a Marianne le revolvía el estómago. Dio un paso hacia ella, acortando la distancia de una manera inapropiada para un cuñado—. ¿Realmente es una migraña, Marianne? ¿O simplemente no soportas la idea de que tu padre te entregue a ese estirado magistrado?
—Hágase a un lado, Edmund —respondió Marianne, manteniendo la voz firme a pesar del asco que la inundaba. Intentó rodearlo, pero el hombre se movió con rapidez, interponiéndose de nuevo y obligándola a retroceder contra la pared—. No tengo nada que hablar con usted. Regrese al comedor con su esposa.
Edmund soltó una risita baja. Se inclinó hacia ella, lo suficiente para que Marianne percibiera el pesado aliento a jerez.
—Adelaida está demasiado ocupada siendo la perfecta esposa que tu padre diseñó. Tú, en cambio... —Edmund extendió una mano, intentando acariciar el encaje del hombro de su vestido—. He estado observándote estas últimas semanas. Crees que nadie se da cuenta, pero sé que te escabulles de la casa muy temprano por las mañanas. Tan sola… tan desprotegida.
Marianne sintió un vuelco helado en el estómago.
—No sé de qué habla —mintió, intentando apartar la mano del hombre con un manotazo rígido, pero Edmund la sujetó de la muñeca con una fuerza desmedida, acorralándola por completo.