Sólo soy yo

Theodore se levantó de su sillón con un suspiro pesado. El caso había terminado, el tribunal se vaciaba lentamente, pero él no podía moverse. Las manos le temblaban ligeramente mientras recogía sus documentos.

—Señor Edevane —dijo una voz a su lado.

Era un abogado joven, de mirada nerviosa y bigote incipiente.

—¿Qué desea? —preguntó Theodore, con más brusquedad de la que había pretendido.

—Solo quería decirle que... su sentencia ha sido justa. El hombre era un delincuente.

Theodore lo miró con una frialdad que hizo que el joven diera un paso atrás.

—¿Y cree usted que la justicia consiste en castigar a los desesperados? —preguntó Theodore, y su voz era cortante como una cuchilla.

El joven abrió la boca para responder, pero Theodore ya se había dado la vuelta.

—No responda. Es retórico.

Y salió del tribunal sin mirar atrás, caminó con pasos rápidos, pero no tenía prisa por llegar a ningún sitio. Solo necesitaba alejarse. Se detuvo un momento en la escalinata del edificio, ajustándose el abrigo y alzó la vista hacia el cielo. Las nubes se acumulaban en el horizonte, densas y oscuras, como presagios de tormenta.

Podía sentir el peso de la sentencia que acababa de dictar en los hombros, como una carga que no lograba sacudirse. No era la primera vez. No sería la última. Pero cada vez que condenaba a un hombre por desesperación, una parte de él se preguntaba si estaba haciendo lo correcto.

Theodore no estaba avezado a su residencia de soltero. Una propiedad más de las muchas que poseía en Mayfair; un edificio de tres plantas en una calle silenciosa con fachada de ladrillo rojo y ventanas altas que daban a un jardín descuidado. No se había molestado en contratar a un jardinero. No veía el sentido, optaba por evitar permanecer demasiado tiempo en un solo lugar, así que las flores morirían igual.

La casa estaba ordenada, pero abandonada en realidad. Los muebles permanecían llenos de una fina capa de polvo, heredados de su padre, piezas macizas de roble y caoba. No había contratado a suficiente gente de servicio porque detestaba las miradas curiosas y el murmullo de la servidumbre a sus espaldas; no le importaba el descuido. Las cortinas pesadas de terciopelo verde bloqueaban la mortecina luz de la tarde, sumiendo los salones en una penumbra perenne que le recordaba al ambiente sombrío de los juzgados. Los cuadros en las paredes, retratos de antepasados con miradas severas, lo miraban desde las alturas con la misma frialdad con la que su padre lo había mirado a él durante toda su infancia.

Theodore entró a su despacho, donde se sentó detrás de un monumental escritorio de caoba, con las piernas estiradas y los brazos cruzados. Estaba exhausto, un cansancio que no conseguiría aliviar con horas de sueño. El aire de la habitación parecía asfixiarlo, impregnado del aroma a madera, tabaco y cera que utilizaba para sellar las cartas a su madre. Frente a él, un montón de documentos oficiales esperaban su firma; contratos de arrendamiento, actas judiciales, cartas de su madre, invitaciones a bailes a los que no deseaba asistir. El tintero permanecía abierto, con la pluma de ganso descansando a un lado, la punta negra y seca. Pero su mirada estaba perdida en algún punto entre las grietas del papel tapiz descolorido y el recuerdo persistente de un par de ojos cafés llenos de un desafío.

Había llegado a Londres hacía dos semanas, con la cómoda excusa de visitar a Catherine y atender sus propios asuntos legales en los tribunales. En realidad, su madre lo había presionado sutilmente para que se acercara a la que sería su futura familia, para asegurar el compromiso que tanto creía que lo beneficiaría en su ascenso. Sabía que su madre no toleraba los retrasos ni las vacilaciones cuando se trataba de asegurar el linaje y el patrimonio. Sin embargo, Theodore no había pensado en Catherine ni una sola vez en los últimos días; al menos no desde que había conocido a ese indómito muchacho.

Merritt Dankworth.

No era como que había investigado el nombre del muchacho de forma oficial, o tal vez sí, utilizando sus influencias para revisar los registros parroquiales de Pimlico bajo la burda excusa de saber en dónde buscarlo para amenazarlo o procesarlo por todas las groserías que le había hecho. Se justificaba a sí mismo ante el espejo diciendo que debía conocer la identidad de los criminales potenciales que deambulaban por sus distritos. El nombre le había parecido ridículo la primera vez que lo escuchó, un nombre de teatro que parecía ser falso. Ahora, sin embargo, no podía dejar de repetirlo en su cabeza como una oración.

Claro que aún estaba profundamente enojado por el golpe que le había puesto ese joven de rostro bonito. Al tocarse el puente de la nariz con la yema de los dedos, todavía creía percibir la punzada del impacto que lo había dejado atónito tras el mostrador de la panadería. Su orgullo, una armadura que creía impenetrable, se había quebrado con un puño. Pero desconocía por qué, en lugar de desear verlo encerrado en una celda oscura, sentía que algo lo atraía a buscar al muchacho con tanta vehemencia.

Tal vez porque le gustaban los retos intelectuales, y Merritt era el enigma más intrincado que había cruzado su camino. Tal vez porque quería poner en su lugar al panadero, recordarle con el peso implacable de la ley y de su estatus quién poseía el verdadero control de la situación. O tal vez, pensó con un ramalazo de amargura, solo estaba aburrido de la lisonja barata de los salones de baile y la docilidad predecible de la aristocracia.

Theodore se levantó del sillón y caminó hacia la ventana con paso lento. Desde allí, apartando apenas el borde de la pesada cortina, podía ver las calles de Mayfair, limpias y ordenadas, libres del fango pastoso y del olor a miseria. Era un desfile de carruajes elegantes de ruedas relucientes, lacayos de librea impecable y damas con sombrillas de encaje que caminaban del brazo de caballeros que buscaban cortejarlas con versos ensayados. Era el mundo que le pertenecía, el mundo que le habían enseñado a controlar, defender y heredar. Una parte de él, de porcelana fina donde cada pieza conocía su lugar exacto y cualquier desviación era considerada una aberración.



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En el texto hay: romance, violencia, epocavictoriana

Editado: 18.07.2026

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