Sólo soy yo

La noche se había posado sobre la casa Berrycloth, un manto negro y silencioso. En el ala este, donde los aposentos de Catherine se mantenían alejados del bullicio de los salones principales, el único sonido era el crepitar de la chimenea y el rumor del viento entre las ramas que golpeaban las ventanas.

La puerta de la alcoba estaba asegurada. Una precaución que Catherine había aprendido a tomar desde la primera vez que Archie había trepado por la enredadera de la fachada trasera. Aquella noche, sin embargo, no había sido necesario trepar. Archie la había esperado en el jardín, oculto entre los rosales, tiritando bajo su abrigo raído hasta que ella, con el corazón desbocado y las manos heladas por el pánico, lo había guiado en silencio por la entrada de servicio mientras los sirvientes terminaban de recoger la vajilla del comedor.

Ahora estaban juntos en la penumbra del dormitorio.

Archie no esperó un solo segundo. En cuanto el pestillo encajó en su marco con un chasquido, tomó a Catherine entre sus brazos con urgencia. La mantuvo acorralada contra la puerta, presionando todo el peso de su cuerpo contra el de ella. Sus manos se enredaron con desesperación en el cabello suelto de la joven, desordenando los mechones rojizos que caían sobre sus hombros.

Sus labios devoraban la suavidad de los de ella como si cada caricia fuera la última, creyendo que el tiempo era el enemigo que intentaba robársela de las manos.

—Archie... —alcanzó a susurrar Catherine entre beso y beso, inclinando la cara hacia atrás para lograr tomar una bocanada de aire—. Por favor... debemos tener cuidado. Si algún mozo sube a reponer las brasas, o si a mi madre le da por enviar a mi doncella...

Él no la dejó terminar. Volvió a sellarle la boca con un beso más profundo, bajando progresivamente por la línea tensa de su mandíbula.

—Que vengan si tienen agallas, mi vida —murmuró él contra la piel tibia de su cuello, mientras la apretaba más fuerte hacia sí—. Que venga toda la casa si quieren. Me importa un bledo.

—A mí no —replicó ella en un suspiro, apoyando las palmas de las manos sobre el pecho ancho y firme de Archie para obligarlo a guardar apenas un centímetro de distancia—. A mí sí me importa, Archie. No puedo perderte. No así... No por un descuido.

Archie se detuvo. Cerró los ojos y se quedó inmóvil un momento, respirando con dificultad contra el cuello de Catherine. Luego, inclinó la cabeza despacio hasta apoyar la frente contra la suya. El aire entre ambos olía a una mezcla extraña; el perfume de agua de rosas de Catherine frente al aroma a lluvia y paño mojado que Archie traía del exterior.

—Perdóname —susurró él, pasándose una mano por la nuca con frustración—. Es solo que... cada vez que te tengo así, tan cerca que puedo sentir cómo te late el corazón, me entra un miedo por dentro. Me da rabia pensar que tengo que volver a soltarte. Quiero que solo seamos tú y yo, Catherine.

Las manos finas de Catherine subieron despacio hasta acunar las mejillas de Archie, sintiendo la textura áspera de la barba de un par de días. Recorrió con los pulgares los pómulos marcados de él, delineando el rostro del único hombre que había elegido sobre sí misma.

—Sé que es difícil... —dijo ella suavemente, mirándolo a los ojos—. Pero aquí solo estamos tú y yo.

Archie la miró, y la fiereza de su propia expresión se suavizó, convirtiendose en una de absoluta devoción. La buscó de nuevo, pero esta vez el beso no tuvo nada de brusco. Fue un encuentro lento, apenas un roce. Sus dedos, que solían ser toscos, comenzaron a deshacer con paciencia la hilera de cordones que sujetaban el ajustado vestido de Catherine.

El vestido crujió suavemente antes de aflojarse, deslizándose sobre los hombros de la joven hasta caer en un montón de tela sobre la alfombra. Catherine ahogó un leve jadeo cuando el aire de la habitación tocó la piel al descubierto de sus hombros y sus clavículas, provocándole un escalofrío que le erizó la espalda.

Antes de que el frío pudiera instalarse, las manos cálidas de Archie la envolvieran de nuevo. La caricia de sus palmas curtidas sobre la piel lisa y cuidada de Catherine, le producía una sensación electrizante.

—Eres hermosa... Santo Dios, Catherine, eres tan hermosa que da miedo tocarte —susurró él con la voz quebrada, recorriendo con la yema del pulgar la curva de su garganta hasta la clavícula.

—No lo digas así —respondió ella, inclinando la cara hacia su toque—. Me duele cada segundo que paso teniendo que pretender que no existes.

Archie la tomó en brazos con una soltura que le quitó el aliento a Catherine, cargándola con el cuidado de quien sostiene un diamante. Cruzó la habitación y la depositó sobre la cama con extremo cuidado. La recostó sobre las sábanas de lino. La luz de las últimas brasas de la chimenea proyectó destellos dorados sobre la piel de la joven, dibujando sombras suaves que se movían al ritmo acelerado de su respiración.

Catherine, con las manos temblando y sus ojos brillantes fijos en el torso de Archie, dudó apenas un segundo antes de que sus dedos tropezaran con el aspero tejido basto de la camisa de él. Sin embargo, no retrocedió. Comenzó a desabrochar uno a uno los botones, torpe y con una urgencia que le aceleraba el pulso.

Quería sentirlo. Al abrir la tela, el calor que emanaba del pecho de Archie la envolvió de golpe; deslizó las palmas sobre la piel de su amado, fascinada por la amplitud de sus hombros y el estrépito de su corazón. Archie ahogó un suspiro al sentir el roce de las manos suaves de Catherine, quedándose inmóvil, casi sin atreverse a respirar, temiendo que cualquier movimiento rompiera la adoración con la que ella lo desnudaba.

No había prisa, solo una necesidad profunda de entregarse por completo. Archie se inclinó sobre ella y comenzó a recorrer su cuerpo con sus labios; besó la sien de Catherine, el lóbulo de su oreja, la línea curva de su cuello, sus senos y el vientre, deteniéndose en cada tramo para adorarla como si fuera lo único sagrado que le quedaba en el mundo. Catherine ahogaba ligeros gemidos en la almohada, pasando los dedos por el cabello alborotado de Archie, recorriendo su espalda, fascinada por la firmeza de sus músculos y la calidez de su cuerpo.



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En el texto hay: romance, violencia, epocavictoriana

Editado: 16.08.2026

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