Sólo soy yo

El sol de la mañana no iluminaba la residencia de los Edevane; más bien solo se filtraba a través de los pesados visillos de encaje de Bruselas. Aquella mañana, la morada de Theodore no respiraba con el orden que había mantenido desde que había llegado a londres después de años en sus viajes por Europa. Había un ajetreo sofocante que no dejaba respirar al hombre.

Los sirvientes se desplazaban como sombras azoradas sobre la moqueta, retirando el polvo de años de los marcos de caoba y sacudiendo el terciopelo de los retratos que observaban la escena con su habitual desdén congelado en óleo.

En el centro de todo el caos, Theodore permanecía sentado tras el gran escritorio de su despacho. Tenía la mirada perdida en el vacío de la estancia, sosteniendo el peso de una resaca feroz que le martilleaba las sienes. Era el tributo inevitable a una noche desastroza en la que había buscado ahogar en brandy tanto el recuerdo de cierto muchacho de modales imposibles y voz de seda como la fijación que le había dejado la señorita Marianne en el baile.

Aún podía sentir en la yema de los dedos el fantasma de la seda de su vestido y la audacia de aquella joven que no había bajado la mirada ni un solo segundo ante él. Una irritación y un desconcierto que no lograba sacudirse lo invadia cada vez que veía a la hermosa señorita Loughty. La había observado de reojo durante todo el baile, cada vez que reía, cada vez que inclinaba la cabeza algo en su gesto lo dejaba en un estado de inquietud que no podía disipar. Se había sorprendido a sí mismo siguiéndola con la mirada, reteniendo el aliento cada vez que un caballero se le acercaba a pedirle un vals.

Suspiraba con cada recuerdo que no podía olvidar. Sin su chaqueta impecable que solía ser una especie de armadura para él, con la camisa levemente desabrochada en el cuello y el cabello castaño arreglado con torpeza, Theodore ignoraba descaradamente la reprimenda que resonaba al otro lado del escritorio.

—...y esta falta absoluta de decoro no habría alcanzado semejantes proporciones si pasaras más tiempo cultivando a Catherine Berrycloth —declamaba Georgina Edevane, ajustándose el guante mientras paseaba de un extremo a otro del salón.

Georgina vestía el luto riguroso que había adoptado desde hacía cinco años tras la muerte del anciano señor Edevane. Sus ojos, verdes, encendidos por una mirada fría que Theodore había heredado con precisa desgracia, fustigaban a su hijo a cada paso.

Theodore dejó escapar un suspiro denso que no pasó desapercibido para su madre, mientras se frotaba los nudillos contra las sienes.

—He procurado a la señorita Berrycloth con la frecuencia que exige su familia, madre —respondió él, con la voz desgastada por la falta de sueño—. He visitado su residencia, he asistido a sus cenas familiares, la he cuidado en cama y he mantenido las conversaciones requeridas. Su madre jamás pareció insatisfecha con mi presencia.

—La complacencia de una madre no garantiza la firmeza de un acuerdo —sentenció Georgina, deteniéndose frente a él y entornando la mirada con desprecio—. Además, tu desinterés era tan evidente que hasta los criados lo comentaban.

—No entiendo por qué te muestra una sorpresa tan falsa —añadió Theodore, reclinándose contra el cuero de la silla sin molestarse en erguir la postura—. Desde que descubriste la condición de Catherine, estabas esperando que el compromiso no llegara a buen puerto.

—¡Lo que no esperaba era enterarme de la disolución de una alianza de nuestra alcurnia mediante un pedazo de papel enviado por un mozo! —espetó la señora Edevane.

Con un gesto impropio de su pulcritud, sacó una nota arrugada de su retículo y la arrojó sobre la mesa de caoba.

Theodore la tomó con lentitud. Conforme desplegaba el papel y sus ojos recorrían la caligrafía temblorosa de Isabella Berrycloth, la rigidez de su rostro comenzó a fracturarse. Una sonrisa lenta se dibujó en la comisura de sus labios hasta que dejó escapar una risa amena.

—Fueron lo bastante corteses, hay que reconocerlo —dijo, releyendo una línea—. La señora Berrycloth sugiere que la salud de Catherine ha estado 'frágil' últimamente. Es una excusa sumamente oportuna, por supuesto. Una forma educada de preparar el terreno antes de que el distanciamiento sea de dominio público.

—La joven Berrycloth carece de la templanza que requiere nuestra casa, Theodore —dictaminó su madre, desestimando el asunto con un ademán de la mano—. Es dulce, sí, pero absolutamente incapaz de sostener la mirada de la corte o de dirigir un patrimonio.

—Catherine es una buena mujer, madre —respondió él en voz baja, alzando finalmente los ojos para sostener la mirada pesada que le daba su madre.

—Una 'buena mujer' no es necesariamente una esposa adecuada para un futuro magistrado de la Corona —sentenció Georgina—. En cualquier caso, el asunto está prácticamente liquidado. No podemos permitir que la casa Edevane figure como la parte rechazada en los murmullos de los clubes.

Theodore se levantó por fin. No para acercarse a ella, sino para caminar hacia el ventanal que daba a la calle. Apoyó la frente contra la madera fría del marco, sosteniendo una taza de té que llevaba una hora helándose entre sus manos. Contempló las calles inundadas de carruajes y a las mujeres que paseaban del brazo de algún caballero.

—Deberías celebrar esto, madre. Has obtenido exactamente lo que querías.

Georgina ignoró el comentario.

—He estado revisando la lista de la temporada con tu tía —continuó, desdoblando una pequeña libreta de marfil—. La hija menor del Conde de Westmorland ha hecho su entrada este año. Las conexiones de su padre en el Ministerio de Asuntos Exteriores serian de un valor inestimable para tu ascenso en las cortes. También está la señorita Loughty, si buscamos una estirpe más tradicional y una dote libre de cargas...

El chasquido del porcelánico al chocar contra la mesa de centro cortó el aire de la estancia. Theodore había dejado la taza con excesiva firmeza.



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En el texto hay: romance, violencia, epocavictoriana

Editado: 25.08.2026

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