La oscuridad me envuelve, un manto pesado y silencioso. No hay imágenes, solo la sensación de caer en un vacío helado. Cuando finalmente la conciencia regresa, es como si una lámpara parpadeante intentara iluminar una cueva: lentamente y con dolor.
Mis párpados se sienten pesados, pegados. Un gemido escapa de mis labios al intentar moverme; cada músculo protesta, especialmente la piel quemada de mis brazos y abdomen. El frío persiste, pero ahora se combina con el tacto áspero de la madera bajo mi mejilla. Estoy en el suelo de la cabaña.
Me obligo a abrir los ojos. La luz de la luna que se filtra por la ventana ilumina débilmente el interior. La cabaña está en silencio, solo se escucha mi respiración irregular y superficial. Intento incorporarme, apoyándome en los codos, pero el dolor me hace desistir y caigo de nuevo.
—Levántate, Erith.
La voz es tranquila, fría y no tiene eco. Pertenece a Lyca.
Me giro con dificultad. Él está sentado en el sillón que antes ocupaba Koel. Sus piernas están cruzadas y el cigarro, que parece ser una extensión de su mano, humea tranquilamente. La máscara parece aún más enigmática bajo la luz plateada.
—¿Qué eres?
Mi voz es apenas un susurro áspero.
—Verme es el castigo querida, quería asegurarme de que asimiles la lección.
Da una calada.
—No se corre. No de mí.
Las palabras de Koel resuenan en mi mente: «Te tortura ra y te usará a su beneficio.»
—Koel me dijo que no es la primera vez que estoy aquí.
Digo, logrando que la rabia le dé algo de fuerza a mi voz.
—Y que yo también puedo... convertirme en algo.
Lyca exhala el humo lentamente.
—Ese inbecil habla demasiado.
Sus ojos, ese amarillo dorado inquietante, me taladran.
—Pero sí. Él no mintió en eso. La Therianthropie, como le llaman, es una bendición para nosotros. Una maldición para los que no la controlan.
—¿Y yo? ¿Qué soy?
Pregunto, sintiendo una extraña mezcla de terror y curiosidad desesperada.
Si soy un animal, tal vez tengo una oportunidad de defenderme, o al menos de entender.
—Ya lo sabrás. Pero no por boca de Koel, ni por la mía.
Se levanta, acercándose a mí. Me encojo instintivamente.
Él se arrodilla a mi lado, su olor a tabaco y algo metálico me inunda. Su mano enguantada roza mi brazo quemado. Un escalofrío de dolor y repulsión me recorre.
—Tu cuerpo está herido, Erith. Tu alma, rota. Pero te curarás.
Me mira fijamente.
—Es la única manera de que recuerdes.Cada cicatriz es un ancla, un recordatorio de que aquí perteneces.
—Estoy cansada.
Murmuro, con la voz a punto de quebrarse.
—Solo déjame dormir. Déjame irme a casa.
—Tu casa está aquí, conmigo.
Se quita la máscara lentamente.
Contengo la respiración. Bajo ella, no hay un rostro monstruoso, sino uno inquietantemente hermoso: pómulos afilados, una mandíbula fuerte y ojos que, sin la máscara, son de un color ámbar profundo, casi rojizo. Es el rostro de un depredador camuflado.
—Y me vas a odiar por esto.
Continúa, su voz ahora suave, casi melancólica.
Toca su frente con la mía.
—Pero es la única forma de garantizar que no me olvides de nuevo.
Un mareo súbito me golpea, más fuerte que el anterior. La cabaña gira a toda velocidad. Siento un tirón violento en mi cabeza, como si algo estuviera siendo arrancado de mi mente. Un dolor agudo me atraviesa los ojos. Lyca se aleja, volviendo a ponerse la máscara.
"Duerme, mi Erith," dice. "Cuando despiertes, serás un poco más mía."
Mi visión se nubla por última vez, y esta vez, el vacío me consume por completo.
Al recuperar mi conciencia, tengo mis tobillos y muñecas atadas a una especie de rueda.
—Con esto.
Tiene una jeringa con algún especie de líquido en el.
—Sabras un poquito de ti, de mi, de nosotros.
Termina por decir Lyca
Quería gritar, quería decirle que no, que le tengo miedo a las inyecciones, pero el malito trapo que tenía en la boca me lo impedía. El pánico se apodera de mí.
Mis ojos se abren de par en par, intentando encontrar una salida, un escape, pero solo veo la oscuridad de la cabaña y la imponente figura de Lyca. La jeringa brilla ominosamente bajo la escasa luz.
Mis músculos se tensan, luchando contra las ataduras, pero son inútiles. La rueda me mantiene prisionera, y el trapo en mi boca ahoga cualquier intento de súplica o protesta.
Lyca se acerca, su rostro enmascarado es impasible. Sus ojos ámbar, ahora visibles a través de los orificios de la máscara, me observan con una intensidad que me hiela la sangre.
No hay piedad en su mirada, solo una determinación fría y calculadora. Siento el pinchazo, un dolor agudo y punzante que se extiende por mi brazo. El líquido frío se introduce en mis venas, y un calor extraño comienza a recorrer mi cuerpo, mezclándose con el miedo y la desesperación.
Mi visión se vuelve borrosa, los contornos de la cabaña se distorsionan. Siento un zumbido en mis oídos, y las palabras de Lyca se vuelven distantes, como si vinieran de un túnel.
"Pronto lo entenderás todo, Erith," parece decir, su voz resonando en mi mente. "La verdad te liberará, o te consumirá."
La oscuridad vuelve a reclamarme, pero esta vez, no es un vacío helado, sino un torbellino de sensaciones y visiones que se agolpan en mi mente, prometiendo revelar los secretos de mi pasado y mi verdadera naturaleza.
⟨Soy yo por los aires, con unas pequeñas alas, a mi lado está Koel, con alas tornasol es muy bello, de bajo de nosotros va corriendo un zorro acentos rojizos muy marcados en las puntas del cuerpo.⟩