El silencio no era incómodo. Era denso, tangible, como una manta pesada que envolvía a dos extraños en un pacto tácito de no agresión. Minutos pasaron. Podía sentir el calor de su brazo a unos centímetros del mío, un punto casi imperceptible en la fría tarde. El aire olía a tierra húmeda y a las flores del magnolio, un contraste brutal con el ambiente estéril del interior.
No me atrevía a mirarlo de nuevo. Sentía su presencia con una intensidad que erizaba mi piel. Era como si una corriente silenciosa fluyera entre nosotros, cargada con todo el dolor no dicho, con todas las preguntas sin respuesta.
Finalmente, fue él quien rompió el hechizo. Su voz no era suave, sino áspera, como desgastada por el desuso o por gritar en silencio.
—El magnolio—dijo, sin volver la cabeza—. Mi madre decía que son las primeras flores en atreverse, cuando todavía puede helar por las noches.
Sus palabras me atravesaron. Eso era exactamente lo que sentía: una helada constante en el alma, un invierno que no cedía.
—Es una temeridad—respondí, mi voz sonando extraña y ronca después de horas de silencio—. Un error de cálculo que puede costarle caro.
Él emitió un sonido, algo entre un suspiro y un risa amarga.
—O una fe increíble.
Por primera vez, giré la cabeza para verlo de perfil. Tenía la mandíbula fuerte, apretada, y una pequeña cicatriz que le atravesaba la ceja izquierda. No era guapo al uso, pero su rostro tenía una fuerza quieta, una historia tallada en cada línea.
—¿También estás…?—no supe cómo terminar la pregunta. ¿Enfermo? ¿Visitas a un enfermo? ¿Atrapado en este infierno?
Él captó mi duda.
—Mi hermano—dijo lacónicamente, y en esas dos palabras cabía un universo de preocupación—. Leucemia. Trasplante fallido. Estamos esperando… a ver.
No dijo "esperando un milagro", pero lo sentí flotar en el aire entre nosotros. "A ver". Esas eran las palabras que definían nuestras vidas ahora. A ver si mejora. A ver si aguanta. A ver si sobrevive.
—Mi padre —confesé, como si al devolverle su verdad, selláramos un pacto—. Cáncer. Pensamos que lo habíamos vencido.
—Siempre regresan —murmuró, y sus puños se cerraron sobre sus rodillas—. Los fantasmas siempre regresan.
Una brisa fría agitó las ramas del árbol, haciendo llover unos pétalos sobre nosotros. Un estremecido me recorrió el cuerpo sin que pudiera evitarlo.
—Toma —dijo él, desabrochándose su chaqueta de cuero. Antes de que pudiera protestar, la colocó sobre mis hombros.
La prenda estaba caliente por el calor de su cuerpo y olía a café, a cuero viejo y a algo indefiniblemente masculino. Era un gesto simple, práctico, pero me envolvió en una ola de protección que no sentía desde que todo empezó. Por un instante, me permití sentirme cuidada.
—No hace falta… —balbuceé, aunque mis dedos, traicioneros, se aferraron a los bordes de la chaqueta.
—Lo sé —dijo él—. Pero a veces, hace bien.
Nos miramos entonces, realmente nos miramos. Sus ojos grises ya no parecían tormentosos, sino profundos como un lago en otoño. Podía ver las huellas del cansancio, igual que en los míos, pero también una fortaleza quieta, una resistencia a toda prueba.
—Soy Adriel —dijo.
—Megan.
El sonido de mi nombre en sus labios me pareció extrañamente íntimo, como si al pronunciarlo, me estuviera reafirmando, recordándome que aún existía más allá de la hija angustiada, la hermana fuerte.
—¿Cuánto llevas aquí, Megan? —preguntó, como si el tiempo dentro de estas paredes fuera una unidad de medida diferente.
—Demasiado —susurré.
—Siempre es demasiado —asintió él.
De repente, un sonido de pájaros que se alzaban en el jardín nos hizo volver a la realidad. El hechizo se rompió. El mundo exterior, con sus horarios y sus obligaciones dolorosas, nos reclamaba.
—Tengo que… —dije, haciendo un gesto vago hacia el hospital.
—Yo también —él se puso de pie, estirando su cuerpo alto y delgado. Recogió su libro, un ejemplar desgastado de "Cien años de soledad". Irónico.
Me quité su chaqueta y se la devolví. El frío de la tarde me golpeó de inmediato.
—Gracias —dije, y la palabra se me antojó pequeña para todo lo que había sucedido en ese banco.
Él asintió, guardándose el libro en el bolsillo interior de la chaqueta.
—Hasta luego,Megan.
No dijo "adiós". Dijo "hasta luego", como si supiera, como yo lo sabía en las entrañas, que nuestros caminos, forjados en el dolor, estaban destinados a cruzarse de nuevo.
Lo vi alejarse, su silueta absorbiendo la luz del atardecer. Y cuando entré de nuevo en el hospital, el zumbido de los fluorescentes me sonó un poco menos ensordecedor. Llevaba conmigo el calor de su chaqueta en la piel y el eco de su nombre en la mente. Adriel. Un misterio. Un aliado. Una isla en la misma niebla.
Al regresar a la habitación, mi padre estaba despierto. Sus ojos, vidriosos por la fiebre, se posaron en mí.
—Hija—murmuró, con una voz que era solo un susurro—. Has vuelto.
Y por primera vez en días, al coger su mano, no sentí que me estaba aferrando a un fantasma, sino sosteniendo una vida. Frágil, sí. Quebradiza, también. Pero una vida al fin. Y en algún lugar de este edificio, sabía que Adriel estaba haciendo lo mismo. Luchando, esperando, resistiendo.
Nuestras batallas eran paralelas, pero por un momento, en ese banco, se habían tocado. Y eso, me di cuenta con un escalofrío, lo había cambiado todo.