Solo Tres Meses

La Fuga

La mano de Adriel en la mía era un ancla, tirando de mí lejos del zumbido de los fluorescentes, del olor a antiséptico, del peso inmenso de la habitación de mi padre. No dijo una palabra, solo me guió con una determinación feroz a través de los pasillos, bajó las escaleras y empujó la puerta pesada que daba al estacionamiento. La noche, fría y húmeda, me golpeó el rostro. Era la primera bocanada de aire exterior que tomaba conscientemente en semanas.
—Adriel, no puedo… Jennifer… mi padre… —protesté débilmente, mis pies arraigados al asfalto.
—Sí, puedes —su voz no era una súplica, era una afirmación. Sus ojos grises, bajo la luz de los faros, brillaban con una intensidad que no admitía réplica—. Por una hora. Solo una hora. No nos vamos a derretir. Y ellos… —hizo un gesto vago hacia el edificio—… estarán exactamente igual cuando volvamos. El mundo no se va a acabar porque respiremos.
Sin soltarme, abrió la portezuela de un coche antiguo, un sedán con pintura desgastada que parecía contener mil historias. Me cedió el paso y, antes de que mi sentido común pudiera rebelarse, ya estaba dentro. El interior olía a él: a cuero viejo, a café y a ese algo indefinible que ya asociaba a la seguridad.
Condujo en silencio. No encendió la radio. El único sonido era el runrún del motor y el susurro de los neumáticos sobre el asfalto mojado. Apoyé la frente contra el cristal frío de la ventanilla, viendo cómo las luces de la ciudad se desdibujaban. No me preguntó a dónde ir. Simplemente condujo, alejándonos del infierno blanco, y eso era exactamente lo que necesitaba.
Paró al borde de un mirador desierto, desde donde se veía la ciudad extendiéndose como un collar de luces a nuestros pies. Apagó el motor. El silencio fue absoluto, y por primera vez, no era opresivo. Era paz.
—Habla —dijo él, sin mirarme—. O no hables. Pero deja de pensar por un maldito minuto.
Un sollozo, seco y áspero, se escapó de mi garganta. Y luego otro. Y de pronto, el dique se rompió. Lloré. Lloré por mi padre, por Jennifer, por el miedo, por la rabia, por la injusticia. Lloré por todas las lágrimas que me había tragado para ser fuerte. Él no intentó abrazarme. Solo extendió su brazo sobre el respaldo del asiento, dejando que su presencia fuera un muro contra el que mi dolor pudiera estrellarse sin caer al vacío.
Cuando los sollozos amainaron, convertidos en temblores residuales, me sequé la cara con las mangas, sintiéndome vacía y extrañamente liviana.
—Soy un desastre —murmuré, con la voz pastosa.
—Somos un desastre —corrigió él, con un atisbo de sonrisa—. Hay una diferencia.
Miré su perfil recortado contra la oscuridad. La cicatriz en su ceja, la línea firme de su mandíbula.
—¿Quién te hizo eso?—pregunté, señalando la cicatriz con un gesto de la cabeza.
Él se tocó la ceja instintivamente.
—Un recordatorio de que algunas batallas se pelean con los puños,y otras… otras te destrozan por dentro sin dejar un solo moretón visible. —Su mirada se perdió en la ciudad—. Mi hermano y yo… no tuvimos un comienzo fácil. Esto fue un regalo de nuestro querido padre, antes de que se largara para siempre.
Un nuevo pedazo de su rompecabezas encajaba en su lugar. El arquitecto con los nudillos cicatrizados. El protector que había aprendido a pelear demasiado pronto.
—Yo quería pintar —confesé, de pronto—. Llenar cuadernos con color. Ahora… ahora solo veo tonos de gris y blanco. El gris del miedo y el blanco de las paredes del hospital.
Él giró la cabeza para mirarme. La luz de la luna se reflejaba en sus ojos.
—Píntame esto—susurró—. Píntame esta noche. Los colores están ahí, Megan. Solo has dejado de mirarlos.
Su mano, que había estado sobre el asiento, se movió y sus dedos acariciaron mi mejilla, empapada de lágrimas. Fue un contacto tan leve, tan lleno de una ternura que no creía posible, que contuve la respiración. El aire en el coche se cargó de electricidad. El espacio entre nosotros se volvió insignificantemente pequeño.
—Esto es una locura —susurré, mis labios a centímetros de los suyos.
—Totalmente —asintió él, sin apartar la mirada—. Pero es la única cosa sensata que he hecho en meses.
Y entonces, cerró la distancia.
Su beso no fue suave ni exploratorio. Fue un beso de necesidad, de desesperación, de dos náufragos compartiendo el último aliento de aire. Sabía a lágrimas saladas, a café amargo y a una esperanza feroz y renovada. Sus manos se enredaron en mi pelo, tirando con una urgencia dulce, mientras las mías se aferraban a su chaqueta, temiendo que si lo soltaba, todo esto resultaría ser un sueño.
Fue un cataclismo. Un terremoto que derrumbó todas las barreras que habíamos construido alrededor de nuestros corazones. Cuando nos separamos, jadeantes, el mundo había cambiado. Ya no éramos dos islas. Éramos un continente nuevo, recién formado por el fuego y la presión.
—Esto… esto cambia todo —logré decir, con el corazón martilleándome en el pecho.
—Lo sé —respondió él, apoyando su frente contra la mía—. Y da miedo.
—Muchísimo.
Permanecimos así, respirando el mismo aire, durante lo que pareció una eternidad y un instante. El refugio ya no era solo un lugar. Era esto. Este coche, esta noche, este hombre que me besaba como si yo fuera su último aliento de vida.
La paz, sin embargo, es un artículo de lujo en una guerra. Y nuestra guerra nos esperaba. El sonido estridente del teléfono de Adriel, cortando el silencio como un cuchillo, nos hizo separarnos de un salto.
Él miró la pantalla. Toda la sangre se escurrió de su rostro.
—Es el hospital—dijo, su voz convertida en hielo.
La fuga había terminado. La tormenta, una vez más, llamaba a la puerta. Pero esta vez, no la enfrentaríamos por separado. El beso aún ardía en mis labios, una promesa tácita y aterradora. Lo que viniera ahora, lo enfrentaríamos juntos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.