Los días que siguieron al beso fueron una mezcla extraña de anhelo y una culpa punzante. Cada paso por el pasillo del hospital me recordaba la prohibición tácita de mi propio corazón. Mi mente, antes consumida por el miedo por mi padre y la preocupación por Jennifer, ahora tenía un nuevo inquilino: Adriel. Su rostro, sus manos, la forma en que sus ojos grises me miraban, se repetían en un bucle constante.
Nuestros encuentros en el jardín del magnolio cambiaron. Había una nueva capa de conciencia entre nosotros, un hilo invisible que vibraba con cada mirada, con cada roce accidental. El silencio que antes era de consuelo, ahora estaba cargado de la electricidad del deseo contenido. Hablábamos menos, pero nos mirábamos más, buscando en los ojos del otro una confirmación, una excusa, una razón para lo incomprensible.
Adriel también parecía atrapado en la misma vorágine. Sus chistes sarcásticos sobre "la teobromina" y "los estimulantes" habían desaparecido. En su lugar, había una seriedad palpable, una tensión en su mandíbula que no era solo por la salud de su hermano. Un día, lo encontré sentado en el banco, el libro de "Cien años de soledad" cerrado sobre sus rodillas. No me miró cuando me senté, pero sentí su presencia, su batalla interna.
—Mi hermano está un poco mejor hoy —dijo finalmente, su voz áspera—. La fiebre bajó del todo. Parece que lo peor ha pasado, por ahora.
—Me alegro mucho, Adriel —respondí sinceramente, sintiendo una punzada de alivio que no era solo por él, sino por mí misma, por el peso que se levantaba de sus hombros y, por extensión, de los míos.
Nos quedamos en silencio, el tenue aroma de las flores de magnolio mezclándose con el olor a humedad de la tierra. La paz, efímera como siempre, flotaba en el aire. Pero debajo, el eco del deseo seguía resonando.
—No deberíamos haber hecho eso, Megan —dijo Adriel de pronto, su voz baja, casi inaudible.
Mi corazón dio un vuelco. Sabía a qué se refería.
—¿El qué? ¿Respirar por una hora? ¿Recordar que somos humanos? —mi voz sonó más defensiva de lo que pretendía.
Él giró la cabeza para mirarme, y en sus ojos vi una tormenta de emociones. Culpa, confusión, y ese deseo innegable que compartíamos.
—Besarnos. Entregarnos a eso, aquí. Con ellos… —hizo un gesto hacia el hospital, hacia nuestros padres y hermanos enfermos.
La culpa me invadió con una fuerza abrumadora. Tenía razón. ¿Cómo podíamos permitirnos sentir placer, o siquiera la promesa de él, mientras nuestros seres queridos luchaban por sus vidas? Era una traición. Una frivolidad.
—Lo sé —murmuré, mi mirada perdida en las flores—. Es… es imperdonable.
Adriel suspiró, un sonido que salió de lo más profundo de su pecho. Su mano se movió, y por un instante pensé que iba a tomar la mía. Pero se detuvo, sus dedos apenas rozando la madera del banco entre nosotros.
—Pero lo hicimos —dijo, su voz más suave ahora—. Y no puedo… no puedo fingir que no pasó.
Sus palabras fueron un alivio y una condena. Me sentía atrapada, dividida entre la moralidad que me dictaba el dolor y la abrumadora necesidad de sentirme viva, aunque fuera por un instante fugaz.
En los días siguientes, la situación de mi padre se mantuvo en una meseta inestable. No mejoraba, pero tampoco empeoraba drásticamente. Era una espera suspendida, agotadora. Jennifer seguía preguntando por su padre, y mis mentiras piadosas se hacían cada vez más difíciles de sostener.
Una tarde, mientras estaba en la cafetería del hospital comprando una tarta para Jennifer, vi a Adriel hablando con una mujer. Era alta, elegante, de cabello oscuro y ojos severos. Lo tenía cogido del brazo, y su postura era de una intimidad que me dolió más de lo que quise admitir. No hablaban en voz alta, pero la intensidad de su conversación era evidente. La mujer miró hacia la puerta del ala de hematología, luego a Adriel, y él asintió con una expresión de resignación.
Algo se encogió en mi estómago. ¿Quién era ella? La idea de que Adriel tuviera otra vida, otra persona, una que no conociera el infierno del hospital como yo, era un golpe inesperado. Me sentí estúpida, ingenua. ¿Qué esperabas, Megan? Él es un hombre. Tiene una vida.
Me di la vuelta antes de que pudieran verme, la tarta de Jennifer apretada en mi mano. La culpa que sentía por nuestro beso se mezcló con un nuevo y amargo sabor: los celos. Y en ese instante, el refugio que creíamos haber construido entre los dos se sintió de repente frágil, expuesto a los vientos de un mundo que no entendía nuestra geografía del dolor. El eco del deseo ahora también traía consigo una dolorosa punzada de realidad.