La imagen de Adriel con aquella mujer se incrustó en mi mente como una astilla. La cena con Jennifer esa noche fue un blur. Respondí a sus preguntas con monosílabos, mi mente aún en la cafetería del hospital, reviviendo la escena una y otra vez. ¿Quién era ella? ¿Su esposa? ¿Una ex? ¿Una hermana? La última posibilidad me pareció la más plausible, pero el gesto de intimidad, esa mano en su brazo, me atormentaba.
Al día siguiente, bajé al jardín del magnolio más tarde de lo habitual, casi arrastrándome. La idea de encontrarme con él, de tener que enfrentar lo que fuera que había visto, me producía náuseas. Pero la necesidad de verlo era más fuerte que mi miedo. Necesitaba respuestas, o al menos, la confirmación de que no habíamos imaginado todo lo que había pasado entre nosotros.
Él ya estaba allí, sentado en el banco, leyendo su libro. Alzó la vista cuando me acerqué. Sus ojos grises, por primera vez, no eran de tormenta ni de abismo, sino de una inquietud que casi podía sentir. El magnolio, ajeno a nuestras miserias, seguía floreciendo.
—Hola —dije, mi voz sonando extrañamente plana.
—Megan —respondió, cerrando el libro. Su voz era grave, contenida.
Nos quedamos en silencio, la tensión entre nosotros más densa que nunca. El aire que antes era un bálsamo de consuelo, ahora parecía cortarse con un cuchillo.
—Ayer… te vi en la cafetería —solté, el reproche apenas velado en mi tono.
Adriel apretó la mandíbula.
—Ah —fue todo lo que dijo, sin evasivas, sin negación.
—¿Quién era ella? —la pregunta salió antes de que pudiera frenarla.
Él me miró fijamente. No había sorpresa en su rostro, solo una resignación cansada.
—Mi hermana —respondió, y el alivio que sentí fue tan potente que casi me caigo de rodillas. Era su hermana. Por supuesto. ¿Qué otra cosa podría ser?
—Ah —dije yo ahora, sintiéndome estúpida y aliviada a partes iguales. Mis mejillas ardieron.
Adriel esbozó una sonrisa ladeada, la primera en días, que me hizo temblar por dentro.
—¿Celosa, Megan?
La pregunta me tomó por sorpresa. No la esperaba, no así, tan directa. Me hizo reír, un sonido seco y nervioso.
—¿Celosa? En este manicomio, Adriel, estoy más preocupada por si mi padre va a vivir o morir que por tus conquistas amorosas.
La sonrisa de Adriel se desvaneció, reemplazada por una expresión de dolor.
—Lo sé —dijo, su voz suave—. Tienes razón. Lo siento.
Otro silencio. Más cómodo ahora, pero aún cargado.
—Estaba… preocupada —confesé finalmente, sintiendo cómo el rubor subía a mis mejillas. La verdad era que sí había sentido celos. Una punzada intensa que no esperaba.
Él asintió.
—Sara es… complicada. Siempre ha sido la más dura. Pero es mi familia. Estaba discutiendo conmigo sobre si trasladar a mi hermano a otra clínica con un protocolo de investigación diferente. Ella siempre busca el siguiente paso, la siguiente cura. Es la que nunca se rinde.
—Y tú, ¿te rindes? —pregunté, mirándolo a los ojos.
Adriel negó con la cabeza, una sombra de tristeza en su mirada.
—No. Pero a veces, Megan, la esperanza es más dolorosa que la verdad.
Nos quedamos en silencio, contemplando esa dura realidad. La esperanza. Una droga, un veneno.
—¿Y tú, Megan? —preguntó Adriel, rompiendo el silencio—. ¿Qué te pasa? Te veo… diferente.
La pregunta me tomó por sorpresa, y un escalofrío me recorrió el cuerpo.
—Mi padre… los médicos dicen que está estable. Que la respuesta al tratamiento es… lenta. Pero es una respuesta.
El alivio inundó su rostro, genuino, sincero.
—Eso es bueno, Megan. Es muy bueno.
Asentí, pero el peso en mi pecho no se aligeraba del todo.
—Lo es. Pero… siento una culpa extraña. Como si no tuviera derecho a sentirme aliviada. Como si tuviera que estar sufriendo cada segundo para demostrar que lo quiero.
Adriel extendió su mano y la colocó sobre la mía, esta vez sin dudar. Su toque fue cálido, envolvente.
—Megan —dijo, su voz un susurro que me penetró hasta el alma—. No te disculpes por sentir. Ni por el alivio, ni por la esperanza, ni por… —se detuvo, y sus ojos se clavaron en los míos—… ni por nada más.
La intensidad de su mirada me dejó sin aliento. Mis dedos se entrelazaron con los suyos. En ese toque, en esa conexión que habíamos intentado negar, la culpa se desvaneció un poco, dejando espacio para algo más primordial. No éramos perfectos. Éramos dos seres humanos heridos, buscando consuelo en el único lugar donde lo habían encontrado. Y en este infierno personal, no había lugar para el juicio. Solo para la supervivencia. Juntos.
El eco del deseo no había desaparecido. Se había transformado. Ahora era una melodía más compleja, teñida de sombras y de las difíciles revelaciones que nos unían. El magnolio seguía floreciendo, y nosotros, de algún modo, también lo hacíamos.