El sobre que el Dr. Aris me entregó no contenía una receta, sino una sentencia de desalojo emocional. Las deudas del hospital habían alcanzado un punto crítico y el seguro de papá se había lavado las manos. Me senté en el suelo del pasillo, con la espalda contra la pared fría, sintiendo que el mundo se cerraba sobre mí.
—Esa posición no es buena para la columna, y mucho menos para alguien que pretende ser fuerte —la voz de Adriel resonó en el corredor vacío.
Levanté la vista. Llevaba un traje gris que parecía costar más que toda mi vida. Se detuvo frente a mí, bloqueando la luz de los focos del techo.
—¿Qué quieres, Adriel? No estoy de humor para tus lecciones de arquitectura —le espeté, intentando ocultar el sobre tras mi espalda.
Él se agachó, quedando a mi altura. Por primera vez, no vi burla en sus ojos, sino una curiosidad analítica.
—He visto a gente derrumbarse de muchas formas, Megan. Tú te desmoronas hacia adentro, como un edificio que implosiona. ¿Cuánto necesitas?
—No es tu problema. No somos amigos, solo somos dos personas que coinciden en un jardín.
—Somos socios en una tragedia —corrigió él, extendiendo la mano para quitarme el sobre. Lo leyó en segundos—. Esta cifra es calderilla para mi familia, pero para ti es el fin del mundo. Te propongo un trato.
Me puse de pie, limpiándome el polvo de los pantalones.
—No estoy en venta.
—No te estoy comprando. Quiero que pintes un mural en el nuevo vestíbulo de mi estudio. Algo que no sea de cristal. Algo que tenga sangre y tiza. Si lo haces, esto desaparece —señaló el sobre—. Tómalo como un adelanto por tu arte, no como caridad.
Lo miré con desconfianza. Sabía que aceptar significaba entrar en su mundo, un lugar donde yo no sabía caminar sin romper nada. Pero el monitor de papá seguía pitando al otro lado de la puerta, recordándome que el orgullo no paga el oxígeno.
El sobre que el Dr. Aris me entregó no contenía una receta, sino una sentencia de desalojo emocional. Las deudas del hospital habían alcanzado un punto crítico y el seguro de papá se había lavado las manos. Me senté en el suelo del pasillo, con la espalda contra la pared fría, sintiendo que el mundo se cerraba sobre mí.
—Esa posición no es buena para la columna, y mucho menos para alguien que pretende ser fuerte —la voz de Adriel resonó en el corredor vacío.
Levanté la vista. Llevaba un traje gris que parecía costar más que toda mi vida. Se detuvo frente a mí, bloqueando la luz de los focos del techo.
—¿Qué quieres, Adriel? No estoy de humor para tus lecciones de arquitectura —le espeté, intentando ocultar el sobre tras mi espalda.
Él se agachó, quedando a mi altura. Por primera vez, no vi burla en sus ojos, sino una curiosidad analítica.
—He visto a gente derrumbarse de muchas formas, Megan. Tú te desmoronas hacia adentro, como un edificio que implosiona. ¿Cuánto necesitas?
—No es tu problema. No somos amigos, solo somos dos personas que coinciden en un jardín.
—Somos socios en una tragedia —corrigió él, extendiendo la mano para quitarme el sobre. Lo leyó en segundos—. Esta cifra es calderilla para mi familia, pero para ti es el fin del mundo. Te propongo un trato.
Me puse de pie, limpiándome el polvo de los pantalones.
—No estoy en venta.
—No te estoy comprando. Quiero que pintes un mural en el nuevo vestíbulo de mi estudio. Algo que no sea de cristal. Algo que tenga sangre y tiza. Si lo haces, esto desaparece —señaló el sobre—. Tómalo como un adelanto por tu arte, no como caridad.
Lo miré con desconfianza. Sabía que aceptar significaba entrar en su mundo, un lugar donde yo no sabía caminar sin romper nada. Pero el monitor de papá seguía pitando al otro lado de la puerta, recordándome que el orgullo no paga el oxígeno.