El estudio de Adriel era exactamente como lo imaginaba: un templo de orden, líneas rectas y un silencio que parecía costoso. Me sentí como una intrusa con mis manos manchadas de grafito y mis botas desgastadas pisando aquel mármol inmaculado. Él me esperaba frente a una pared de doble altura, completamente blanca, que dominaba el vestíbulo principal.
-Es demasiado grande -susurré, sintiendo un nudo en el estómago-. La tiza no se detiene en estas superficies, Adriel. Se resbala.
-Entonces usa algo más permanente -respondió él, entregándome una caja de carboncillo profesional-. Pero mantén la esencia. Quiero que la gente que entre aquí sepa que los edificios los habitan personas, no solo sombras.
Me puse a trabajar. Durante horas, el único sonido fue el roce del carbón contra la pared. Adriel se quedó en su despacho, con la puerta de cristal entreabierta. A veces, cuando levantaba la vista, lo sorprendía mirándome, no como un jefe observa a un empleado, sino como alguien que intenta descifrar un idioma extranjero.
A media tarde, salió con dos vasos de café y se sentó en el suelo, a unos metros de mí. Sus pantalones de mil dólares se llenaron de polvo negro, pero no pareció importarle.
-¿Por qué me ayudas realmente? -pregunté, deteniendo el trazo de una figura que se parecía demasiado a mi hermana Jennifer.
Adriel observó el mural. Había dibujado una estructura que se deshacía en pájaros.
-Porque mi mundo es demasiado rígido, Megan. Todo tiene un cálculo, un peso, un límite de carga. Tú eres la única cosa en mi vida que no puedo predecir con una regla. Y eso me aterra tanto como me fascina.
Se acercó y, por un segundo, su mano rozó la mía para quitarme un poco de polvo de la mejilla. El contacto fue eléctrico, una descarga de realidad que nos recordó que, aunque estuviéramos rodeados de lujo, seguíamos siendo los mismos dos náufragos del hospital.
-No te acostumbres a esto -le advertí, aunque mi voz tembló-. Mañana volveré a ser la chica del jardín y tú el arquitecto que se esconde tras sus muros.
-Los muros están hechos para ser derribados, Megan -susurró él-. Solo hay que saber dónde golpear.
Esa noche, cuando salí del edificio, el sobre de las deudas ya no pesaba en mi bolso. Pero el peso en mi pecho era nuevo: era la sospecha de que estaba empezando a depender de un hombre que solo sabía construir castillos en el aire