Solo Tres Meses

Inercia de Sangre

La lluvia no cesaba. Se había convertido en una cortina gris que desdibujaba los límites entre el hospital y el resto del mundo. Adriel y yo permanecimos bajo el magnolio, empapados, sintiendo cómo el agua helada nos recordaba que aún teníamos cuerpos capaces de sentir frío, a pesar del entumecimiento del alma.
​Él no se apartó. Sus manos, antes firmes, ahora se aferraban a mis hombros con una presión que dolía, pero no me importó. Ese dolor era real; el dolor de dentro era una abstracción insoportable.
​-Jennifer me vio -solté de repente, rompiendo el silencio-. Sabe que estás aquí. Sabe que eres mi... no sé ni cómo llamarte, Adriel.
​Él soltó una risa seca, sin rastro de humor.
-Dile que soy otro paciente. Uno que no tiene cama, pero que está igual de enfermo que el resto.
​-Tiene miedo -continué, ignorando su cinismo-. Cree que el hospital huele a final. Y tiene razón. Cada vez que entro en la habitación de papá, siento que estoy robando minutos a un reloj que no me pertenece.
​Adriel bajó las manos y se alejó un paso, dándome la espalda. Se pasó los dedos por el pelo mojado, sacudiendo el agua.
-Mi hermana Sara quiere que firmemos los papeles para el tratamiento experimental mañana. Dice que es la inercia de la sangre, Megan. Que somos Vance, y que los Vance no dejamos de pelear hasta que el corazón se detiene. Pero yo miro a mi hermano y solo veo a un niño que quiere dejar de ser pinchado.
​Se giró hacia mí, y la luz de las farolas del jardín le dio un aspecto fantasmal.
-¿Y si pelear es, en realidad, una forma de egoísmo? ¿Y si lo mantenemos aquí solo porque no somos capaces de imaginar un mundo sin él?
​No supe qué responder. Era la pregunta que me hacía cada noche frente a la silueta de mi padre. ¿Lo hacía por él, o por mi incapacidad de ser huérfana?
​-Tengo que volver arriba -dije, sintiendo el peso de la responsabilidad como una losa-. Jennifer me espera.
​-Megan -me llamó antes de que diera un paso.
​Me detuve.
-Dibuja algo diferente esta noche. No dibujes las máquinas. No dibujes las paredes. Dibuja lo que hay debajo de la piel. La inercia. Lo que nos obliga a seguir aquí.
​Subí a la habitación con el corazón pesado. Jennifer se había quedado dormida en el sillón de la esquina, con el libro sobre el regazo. Su rostro, en el sueño, recuperaba la suavidad de la infancia, libre por un momento de la sombra del hospital. Me senté a su lado y saqué el cuaderno que Adriel me había dado.
​Miré a mi padre. Miré sus manos, las mismas que me habían sostenido tantas veces. Empecé a trazar, pero esta vez el lápiz no buscaba la forma de los cables. Buscaba el pulso. Una línea que no era recta, sino sinuosa, como un río que se niega a secarse. Dibujé la conexión invisible que nos unía a los tres: a mi padre, a Jennifer y a mí. Una red de venas y afectos que nos mantenía anclados al suelo frío de ese hospital.
​Era la inercia de la sangre. Un motor ciego que nos obligaba a amar incluso cuando el amor era sinónimo de agonía.
​Cerré el cuaderno cuando una enfermera entró para cambiar la bolsa del suero. No nos miramos. En este piso, el silencio era la única cortesía que nos quedaba. Me tapé con mi propia chaqueta, que aún conservaba un rastro casi imperceptible del olor de Adriel, y cerré los ojos, esperando que el sueño fuera tan compasivo con mi mente como lo estaba siendo con la de mi hermana.




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