La mañana siguiente nació con una luz cruda, de esas que no dejan rincón donde esconderse. El hospital parecía haber cobrado una energía maníaca; el cambio de turno trajo consigo un desfile de carritos metálicos y el eco de órdenes médicas que rebotaban en las paredes.
Jennifer no me habló mientras desayunábamos un sándwich de máquina en la sala de espera. Sus ojos seguían fijos en sus zapatos, pero esta vez, al levantar la vista, me entregó un papel doblado. Era un dibujo suyo: un sol negro y una casa sin ventanas.
—Toma —dijo—. Es para que lo guardes en tu cuaderno de "testigos".
Esa palabra, la misma que Adriel había usado, me dolió más que cualquier reproche. Ella lo sabía todo, incluso lo que yo intentaba no admitir.
Bajé al jardín antes de irme al trabajo, huyendo de la mirada de mi hermana y de la respiración mecánica de mi padre. Necesitaba a Adriel. Necesitaba que me dijera que la inercia de la sangre no nos iba a destruir. Pero cuando llegué al banco, no estaba solo el magnolio.
En el suelo de cemento, junto a sus pies, había trozos de tiza de colores. Adriel no estaba sentado; estaba de rodillas, trazando líneas frenéticas sobre el suelo gris. No eran edificios, no eran planos de arquitecto. Eran manchas de color, explosiones de azul cobalto, rojo sangre y amarillo chillón que contrastaban violentamente con la sobriedad del hospital.
—¿Qué haces? —pregunté, asombrada.
Él no se detuvo. Sus nudillos estaban manchados de polvo de tiza.
—Me pediste que te pintara la noche, Megan. Pero la noche ya pasó. Así que estoy pintando el "mientras tanto".
Me arrodillé a su lado. El olor a tiza me recordó a la escuela, a una época en la que los problemas se borraban con un borrador de fieltro.
—Sara ha firmado —dijo sin mirarme, su voz vibrando con una rabia contenida—. Han empezado el tratamiento experimental hace una hora. Mi hermano es ahora un tubo de ensayo.
Tomé un trozo de tiza amarilla. Mis dedos temblaban.
—No es un tubo de ensayo, Adriel. Es tu hermano.
—¿Y qué diferencia hay? —se giró hacia mí, con el rostro manchado de azul—. Aquí dentro nos convertimos en datos. En porcentajes. En "casos de éxito" o "fallos orgánicos". Solo somos nosotros, aquí fuera, los que recordamos que él odia el brócoli y que yo solía dibujar casas de cristal para que él pudiera ver las estrellas.
Empecé a pintar junto a él. Mis trazos eran erráticos, pero se mezclaron con los suyos. Por un momento, el banco y el jardín dejaron de ser un lugar de espera para convertirse en un lienzo de protesta. Estábamos manchando la pulcritud del hospital con nuestra desesperación.
—Esto se irá con la lluvia —susurré, viendo cómo los colores se asentaban sobre el cemento frío.
—Como todo lo demás —respondió él, dejando caer la tiza y sentándose en el suelo, con la espalda contra el banco—. Pero por ahora, el suelo es menos gris.
Nos miramos, con las manos sucias y el corazón a flor de piel. El refugio se estaba volviendo un lugar donde ya no solo nos escondíamos, sino donde empezábamos a reclamar nuestra humanidad. En medio de los diagnósticos y las máquinas, esos colores de tiza eran nuestro único grito de guerra.
—No dejes que Jennifer vea el sol negro —dijo de pronto, como si hubiera leído mis pensamientos—. Píntale uno nuevo. Aunque sea con tiza.
Asentí, sintiendo que, por primera vez, el peso del "mientras tanto" era un poco más ligero porque él sostenía el otro extremo del pincel imaginario.