Solo Tres Meses

El Martillo de la Realidad

El lunes llegó con la sutileza de un golpe de hacha. El mundo exterior, ese que había quedado suspendido en el aire viciado del hospital, reclamó su deuda. Me encontraba frente a la puerta de la oficina del señor Crawford, sintiendo que mi ropa de trabajo era un disfraz que ya no me quedaba bien. Mis dedos, aún con rastros de tiza amarilla bajo las uñas a pesar de habérmelos frotado hasta que la piel dolió, se cerraron en un puño.
​—Pasa, Megan —dijo Crawford sin levantar la vista de su pantalla. El aire de su oficina olía a café caro y a una eficiencia que me resultaba ofensiva—. Siéntate.
​No me senté.
—Señor Crawford, sobre el informe de ventas...
​—Olvida el informe —me interrumpió, alzando por fin la mirada. Sus ojos eran fríos, dos cuentas de plástico—. Megan, he sido paciente. Entiendo que tu situación personal es difícil, pero esta empresa no es una organización de caridad. Has faltado más de lo que has trabajado este mes. Tu productividad ha caído un 60%.
​—Mi padre está en cuidados intensivos —respondí, mi voz sonando extrañamente hueca en aquella habitación alfombrada.
​—Y lo lamento. De verdad. Pero los clientes no compran lamentos. Compran resultados. —Hizo una pausa, acomodando unos papeles con una simetría perfecta—. He decidido ponerte en una excedencia no remunerada. Efectiva a partir de hoy.
​El mundo se inclinó. El dinero. El seguro médico. El alquiler. Las clases de Jennifer. Todo lo que sostenía nuestra vida material se estaba desmoronando mientras yo me dedicaba a pintar con tiza en un jardín. Salí de allí sin decir nada, con una caja de cartón entre los brazos que contenía mi planta de escritorio muerta y un par de carpetas.
​Caminé hacia el hospital, pero mis pies me llevaron directamente al banco del magnolio. Necesitaba que Adriel estuviera allí. Necesitaba su cinismo o su esperanza, cualquier cosa que no fuera este silencio administrativo.
​Pero el banco estaba vacío. Y lo peor no era eso. La lluvia de la noche anterior había borrado los colores de tiza. El suelo volvía a ser gris, un lienzo limpio y cruel que recordaba que nada de lo que hacíamos aquí dejaba una marca permanente.
​Me derrumbé en el banco, la caja a mis pies. La risa que brotó de mi garganta fue amarga. Estaba perdiendo mi trabajo, mi padre se desvanecía, mi hermana me miraba como a una extraña, y mi único refugio se lo había llevado el agua.
​—Megan.
​Me giré. Adriel estaba a unos metros, pero no venía del hospital. Venía de la calle, vestido con una camisa limpia y cargando un maletín de cuero que no le había visto antes. Se detuvo al ver la caja a mis pies. No necesitó preguntar.
​—Bienvenidos al club de los "prescindibles" —dijo, sentándose a mi lado. Dejó su maletín con un golpe seco—. He cerrado mi estudio hoy. He vendido mi parte a mi socio.
​Lo miré, horrorizada.
—Adriel, ¿por qué? Tú amabas tu trabajo.
​—No se puede diseñar casas para gente que cree que el futuro es infinito cuando tú vives midiendo el tiempo en gotas de suero —respondió, mirando el suelo donde ayer hubo color—. Necesito el dinero en efectivo para el tratamiento de mi hermano. Sara tiene razón; es la inercia. Vendemos el futuro para comprar un presente que duele.
​Extendí mi mano y busqué la suya. Sus dedos estaban fríos, pero se cerraron sobre los míos con una fuerza desesperada. Estábamos allí, dos desempleados en un banco mojado, viendo cómo el martillo de la realidad terminaba de romper los cristales de nuestra celda.
​—¿Qué vamos a hacer? —susurré.
​Adriel me miró, y por primera vez vi el cansancio absoluto en sus ojos grises.
—Sobrevivir a la tarde, Megan. Solo eso. Mañana será otro problema.
​En ese momento, el hospital ya no era solo un lugar de enfermedad; era el único lugar que nos quedaba. Nos habían despojado de todo lo demás. Ahora solo éramos nosotros, el magnolio sin tiza y la batalla final que se avecinaba.




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