El aire en la habitación de papá se sentía más pesado de lo habitual, como si el oxígeno se hubiera transformado en plomo. Tras perder mi trabajo, las paredes del hospital ya no eran un refugio temporal; eran mi residencia permanente. El sonido de los monitores, ese "bip" rítmico e incesante, se había convertido en el latido de mi propio corazón.
Esa tarde, Jennifer no vino. Se quedó en casa de una tía, alegando que tenía demasiada tarea, pero yo sabía la verdad: el olor a "final" se había vuelto insoportable para ella. Me quedé sola, sosteniendo la mano de un hombre que estaba presente físicamente pero cuya alma parecía estar explorando otros continentes.
—¿Sabes qué es lo peor, papá? —susurré, sabiendo que no habría respuesta—. Que afuera el mundo sigue girando. La gente compra pan, se queja del tráfico, se enamora en las esquinas... y aquí el tiempo es una habitación estancada.
Sentí una presencia en la puerta. No era una enfermera. Era Adriel. No llevaba su chaqueta de cuero; vestía una camisa gris marengo con las mangas enrolladas, revelando los tendones tensos de sus antebrazos. Parecía haber envejecido diez años desde nuestra charla en el banco.
—Sara ha decidido que no podemos esperar más —dijo, entrando sin pedir permiso. Se detuvo al pie de la cama de mi padre, mirando las máquinas con una mezcla de respeto y odio—. Mañana le hacen la punción definitiva a mi hermano. Si los marcadores no han bajado, el tratamiento experimental habrá sido solo un veneno caro.
Me puse de pie, sintiendo que mis piernas eran de gelatina.
—¿Y si funciona?
—Si funciona, ganamos tiempo. Si no... —dejó la frase en el aire, pero sus ojos terminaron por él.
Se acercó a mí y, por primera vez dentro de esa habitación, me rodeó con sus brazos. Fue un abrazo de supervivencia, uno que buscaba el calor necesario para no congelarse. Apoyé mi cabeza en su pecho y escuché su corazón, rápido, desacompasado, tan humano que me dieron ganas de llorar.
—Megan, el silencio es lo que nos está matando —murmuró contra mi cabello—. El silencio de los médicos, el silencio de tu padre, el silencio entre nosotros cuando no estamos en ese banco.
—Tengo miedo de que, si hablamos demasiado, la realidad se vuelva real de verdad —respondí, aferrándome a su camisa.
Él me separó un poco para mirarme a la cara. Sus ojos grises estaban fijos en los míos, buscando algo, una señal, un permiso.
—Esta noche me quedo aquí. No en hematología. Aquí, contigo. No quiero que pases este silencio sola.
Pasamos las horas en una vigilia compartida, sentados en el suelo, apoyados contra la pared fría, debajo de la ventana que daba a la ciudad iluminada. No hubo besos, ni promesas de futuro. Solo hubo la presencia física del otro, una barrera de carne y hueso contra el vacío.
De vez en cuando, Adriel tomaba mi cuaderno y trazaba líneas abstractas, sombras que parecían nudos. Yo miraba sus manos, pensando en cómo esas mismas manos habían diseñado edificios y ahora solo intentaban sostener los pedazos de una vida rota. El peso del silencio seguía ahí, pero por esa noche, al menos, estaba repartido entre dos pares de hombros.