Solo Tres Meses

La Fragilidad de Cristal

La madrugada nos encontró todavía en el suelo, con las espaldas entumecidas y la luz azul de los monitores bañando la habitación. Adriel se había quedado dormido con la cabeza apoyada en su hombro, pero despertó de golpe cuando la puerta se abrió. Una enfermera entró para revisar los niveles de oxígeno de mi padre. El intercambio de miradas fue breve, casi clínico: nosotros éramos parte del mobiliario, sombras que el hospital aceptaba con una mezcla de lástima y resignación.
​—Tengo que bajar —dijo Adriel, su voz era un hilo ronco—. Empiezan con mi hermano en media hora.
​Lo acompañé hasta el pasillo. El hospital a las cinco de la mañana es un lugar espectral; los pasillos parecen más largos y el zumbido de los fluorescentes suena como un grito contenido. Al llegar al ascensor, se detuvo y me tomó de las manos. Sus dedos estaban helados.
​—Si no salgo al jardín a la hora de siempre —murmuró, sin mirarme a los ojos—, significa que las noticias no son las que esperábamos. No me busques en la habitación, Megan. No quiero que me veas así.
​—Adriel, no puedes pasar esto solo —protesté, apretando sus manos—. Dijimos que éramos un refugio.
​—Los refugios también se derrumban, Megan. Y a veces, los escombros hieren a los que están dentro.
​Me dio un beso rápido, un roce de labios que sabía a café amargo y a despedida anticipada, y se subió al ascensor. Me quedé allí, viendo cómo los números descendían en el panel digital, sintiendo que una parte de mi propia estructura se iba con él.
​Subí a la planta de oncología, pero no pude entrar en la habitación de mi padre. Me sentía asfixiada. Fui hacia la ventana del final del pasillo, la que daba al jardín. Desde allí, el magnolio parecía una mancha oscura y solitaria. Saqué mi cuaderno y busqué una hoja en blanco, pero mis manos no respondían. El lápiz se sentía como un objeto extraño, un peso muerto.
​De repente, un ruido me hizo girar. Jennifer estaba allí, de pie al final del corredor. Llevaba su pijama de estrellas y sostenía a su oso de peluche viejo. Mi tía debía de haberla traído temprano, incapaz de manejar sus pesadillas.
​—Megan —dijo, y su voz pequeña rompió el cristal del silencio—. He soñado que papá se convertía en pájaro y salía por la ventana. Pero no podía volar porque estaba atado a los cables.
​Me arrodillé y la abracé con una fuerza que me asustó a mí misma.
—Es solo un sueño, Jenny. Solo un sueño.
​—No lo es. Tú también quieres volar, ¿verdad? Con el hombre de la chaqueta de cuero. Quieres irte lejos de aquí.
​Me quedé helada. La percepción de los niños es un bisturí que corta sin anestesia. No supe qué responderle. La realidad era que sí, una parte de mí deseaba huir, pero no por egoísmo, sino por puro instinto de conservación. Porque si me quedaba mucho más tiempo en este limbo, temía que yo también acabara conectada a una máquina, respirando por inercia.
​Esa mañana, el cristal que nos separaba del mundo exterior se sintió más delgado que nunca, a punto de estallar bajo la presión de todo lo que no decíamos. Y en algún lugar del piso de abajo, la moneda de Adriel estaba en el aire, girando, decidiendo el destino de su mundo y, de paso, del mío




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